Cuatro décadas de fuego y rock and roll

Se reunieron en la primera mitad de los extravagantes años setenta en Nueva York. Desde el primer día creyeron que sus vibrantes canciones debían ser interpretadas en un espectáculo digno del mejor club de Las Vegas o en un circo de talla internacional.

Cada una de las paradas de la banda Kiss por ciudades de Norteamérica, Europa o Japón agota boletería. /Cortesía: Autopistarock.com

Lo primero que viene a la cabeza cuando se piensa en Kiss es el aspecto de sus integrantes: enfundados en singulares trajes de cuero y taches, con zapatos de plataforma y rostros cubiertos de maquillaje, su imagen es un afiche recurrente en las paredes de bares y en las habitaciones de millones de seguidores del hard rock. Sin embargo, el cuarteto que integran Paul Stanley, Gene Simmons, Eric Singer y Tommy Thayer trasciende una postal o un show musical cargado de pirotecnia. Son, en síntesis, una de las expresiones más influyentes del género, con veinte discos de estudio y una capacidad a toda prueba para seguir entreteniendo.

Muchas teorías se tejen alrededor del surgimiento del grupo. Pasado el fragor de la revolución hippie de los años sesenta y con nombres británicos como Pink Floyd, Deep Purple y Led Zeppelin llenando grandes estadios, el guitarrista y cantante Paul Stanley, acompañado por el bajista y vocalista Gene Simmons, creó la banda Wicked Lester. Sin embargo, no pasó mucho para que se percataran de que su propuesta no los llevaba a ninguna parte y optaron por un cambio radical: sumaron a los músicos Peter Criss en la batería y el extraordinario guitarrista Ace Frehley, se rebautizaron Kiss (beso) y tomando prestada la imaginería del cómic se transformaron en cuatro personajes con un solo propósito: poner a rockear al planeta.

En el comienzo nada resultó fácil. Los primeros conciertos captaron la atención de la gente por el uso de fuego, humo y modernos sistemas de luces y porque los músicos estaban dispuestos a dejarlo todo en el escenario. No obstante los tres primeros álbumes fueron un fracaso en ventas. La apreciación de muchos apuntaba entonces a que Kiss era un mero divertimento sin peso artístico. Bill Aucoin, su mánager, productor de cine y televisión, supo explotar la principal virtud del grupo: la experiencia en concierto. En 1975 se editó Alive!, un doble vinilo grabado parcialmente en vivo en el que se apreciaban las explosiones de pólvora y la histeria de los asistentes. El disco entró inmediatamente en los diez primeros de los Estados Unidos.

Kiss pasó a convertirse en un referente de lo que representa un auténtico show de rock. Cada una de sus paradas por ciudades de Norteamérica, Europa o Japón agotó boletería. Pero ahora también sus álbumes se vendían muy bien gracias a la calidad compositiva, con un balance entre temas con gancho comercial y piezas más pesadas que dieron pie a un sinnúmero de subgéneros en los años siguientes. Para una nueva generación de músicos y melómanos, Kiss se constituyó en una escuela sin detalles al azar: una cuidadosa estética, monumental producción técnica y el derroche de carisma de sus integrantes. A finales de los setenta reinaban en su propio trono, marca Kiss.

Justamente la venta de innumerables objetos, accesorios y souvenires ha hecho de Kiss una máquina que factura millones de dólares. Si las primeras bandas vendían sus camisetas, ¿por qué no agregar zapatos, correas, chaquetas, tazas, cubrecamas, lámparas, maletas, condones y hasta un ataúd a la colección? El grupo es inalcanzable con más de quinientas referencias de productos licenciados con su logo e imagen. Un hecho que incomoda a algunos, pero que para el bajista Gene Simmons significa ser uno de los empresarios más celebres del espectáculo.

En los años ochenta la banda sufrió la salida de sus recordados miembros Peter Criss y Ace Frehley. También vendría una etapa de presentaciones con la cara lavada y nuevos músicos, que cosecharía grandes éxitos radiales. No obstante, la fascinación de sus seguidores por la propuesta original los llevaría a finales de la década de los noventa a volver a la alineación original y usar sus clásicos atuendos. Una apuesta que, pese al éxito en taquilla, reviviría los viejos conflictos entre Criss y Frehley con los líderes Simmons y Stanley.

En lo que va del siglo XXI la agrupación ha venido trabajando con estabilidad. El guitarrista Tommy Thayer y el baterista Eric Singer se han encargado de reencarnar al Hombre del Espacio y el Gato —apodos con los que se conocen sus personajes—, mientras que Gene Simmons y Paul Stanley se mantienen como el Demonio y el Chico Estrella cada noche.

El disco Sonic Boom trajo al grupo a Bogotá por primera en 2009. Una actuación en la que la pertinaz lluvia no impidió a miles de espectadores contemplar esta leyenda ni que tocaran su archifamosa canción Forever como parte de un pedido especial. En 2012 salió Monster, trabajo fonográfico que gozó de credibilidad entre la prensa especializada y que les ha permitido renovar sus credenciales como uno de los actos que hay que ver en la vida.

El año pasado Kiss cumplió cuarenta años desde la publicación de su primer disco. La celebración vino acompañada del ingreso al celebre Salón de la Fama del Rock and Roll y de una gira mundial que terminó en el estadio El Campín. Públicos de todas las edades no desean perder detalle de lo que será un fascinante repaso por cada uno de sus éxitos en la que podría ser la última visita al país de uno de los estandartes del rock teatral, pesado y festivo.

 

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