Daft Punk y el poder artístico del anonimato

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¿Por qué Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas Bangalter utilizaban cascos de robot? Explicaciones desde el punto de vista del mercadeo, las artes y las relaciones humanas.

Con la noticia de la separación de Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas Bangalter, integrantes de la agrupación Daft Punk, volvió la pregunta. ¿Por qué los cascos? Y con ella, de nuevo, la respuesta o mejor, las respuestas.

Algunas apuntan a que el uso de los cascos robóticos formó parte de una estrategia de mercadeo que les permitió treparse a la cima del “French Touch”, como se conoce a los discos de música electrónica producidos por artistas franceses que seducen a los anglosajones.

Otras, hacen referencia a la puesta en escena de un concepto temático: música electrónica hecha por robots. También hay explicaciones, menos elaboradas, que señalan que a Bangalter y a de Homem-Christo, simplemente, no se les dio la gana mostrar su rostro durante los 27 años que conformaron la agrupación. La respuesta, como su música, que pasó las fronteras del rock, el pop y la electrónica, no es absoluta. No es concluyente.

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Sin embargo, en todas, se tocan los linderos de la necesidad del anonimato, del ser incógnito, del misterio. De la necesidad apremiante de desaparecer mientras se está presente. Del derecho a la intimidad.

“Eso es algo que me gusta de las máscaras. No tengo gente constantemente deteniéndome para recordarme lo que hago. Es agradable ser capaz de olvidarse de eso a veces”, dijo Thomas Bangalter en para con The Rolling Stone en 2016.

En un artículo de El Mundo de España, en el que se preguntan ¿Quiénes están detrás de los cascos de Daft Punk?, se explica: “Lo cierto es que todo era un problema de timidez. Algunas veces hasta una timidez obscena, porque se suelen esconder con sus cabezas de robots hasta para ir a una radio a promocionar su último disco. Con la aparición del tercer álbum, ‘Human After All’ (2005) decidieron no mostrarse jamás públicamente con sus verdaderos rostros. Algo que llevan a rajatabla, pero con el éxito de ‘Get Lucky’, una media docena de fotos sin sus cascos de robots circulan fácilmente por la red”.

El recurso no es nuevo en la música o en la literatura. Podemos hacer referencia, por ejemplo, al sonado caso de la escritora Elena Ferrante, el seudónimo que durante más de dos décadas ha utilizado algún escritor o escritora, que ha pretendido -sin éxito- que se hable de su obra, no de su identidad. Y decimos que sin éxito porque vale la pena recordar que en 2016 se armó todo un escándalo mediático en torno a la verdadera identidad de Ferrante.

Ese año, el periodista Claudio Gatti escribió una investigación que fue publicada en varios medios internacionales, entre ellos, The New York Review of Books y la web francesa de noticias Mediapart, sobre la verdadera identidad de la escritora en mención. Que según Gati, le pertenece a la traductora italiana Anita Raja.

Para develar su identidad, Claudio Gatti rastreó las cuentas de la editorial Edizione E/O y encontró que, en 2014, cuando las novelas de Ferrante se empezaron a leer en todo el mundo, la cuenta de Anita Raja empezó a recibir millonarios desembolsos producto de regalías literarias.

En su momento Silvia Querini, directora literaria de Lumen y editora del trabajo de Ferrante en España, dijo en una entrevista con El País de Madrid: “Su idea es que el texto es lo que importa y lo que ha hecho el periodista es hurgar en su anonimato, en los nombres. En lugar de investigar en el fraude fiscal, se ha dedicado a buscar en las cuentas de una escritora. A mí el nombre verdadero no me importa ni como editora, ni como lectora”.

La pregunta recurrente fue y sigue siendo: ¿Por qué Gatti develó el misterio en torno a la identidad de la escritora si su deseo fue mantenerse en el anonimato? Esta fue la respuesta que dio a la BBC: “Es una figura pública, ha vendido millones de libros y los lectores tienen derecho a saber algo sobre la persona que los escribió. Raja era la sospechosa número uno y yo solo he encontrado la evidencia”.

Para con Elena Ferrante, el grafitero Banksy o Daft Punk, la pregunta es recurrente. ¿El anonimato refleja una voluntad de destacar ante todo las obras? ¿O es una forma de llamar la atención? Es una manera de “reinyectar un poco de misterio en una época necesitada de ficción”, estima el sociólogo Stéphane Hugon.

Ocultar su identidad es también, según este experto de la cultura pop, un acto de “resistencia” frente a una sociedad que reivindica la transparencia.

Pero no todos los artistas que buscan el anonimato lo hacen por los mismos motivos, destaca Philip Auslander, profesor de literatura y de comunicación en el Instituto de Tecnología de Georgia (Estados Unidos). Hay quienes no quieren aparecer en público y quienes se muestran con máscaras, como el grupo Daft Punk.

Los artistas que no pueden eludir su aparición en público “necesitan recurrir a diferentes estrategias para lograr un anonimato relativo”, explica, refiriéndose sobre todo a los músicos franceses.

“La música electrónica es propicia para los artistas que quieren presentarse detrás de una máscara, como Daft Punk, Deadmau5, Marshmallow (...) Quizás porque (este género) es una forma de negación del individualismo en favor de la experiencia colectiva, la identidad del DJ no importa”, explica Auslander.

En su texto “Del camuflaje en el arte contemporáneo a la privacidad en el Net-Art”, el director de arte Jorge Dueñas Villamiel reseña: “Uno de los tópicos más recurrentes entre los artistas y los críticos de Arte de la modernidad es aquel que afirma que la función del Arte es hacer visible lo invisible. Desde los simbolistas representando lo espiritual y lo sobrenatural, los futuristas pintando el movimiento, los cubistas haciendo visible y descomponiendo la retícula geométrica ideal del modelo pictórico, o los surrealistas materializando el subconsciente y los sueños. Visto así podríamos llegar a la conclusión de que la historia del Arte moderno tiene como uno de sus principales motores eso que definía Juan Antonio Ramírez (2009, p. 39) como una “pulsión oscura y ancestral que nos domina: la que empuja al ser humano hacia la ‘visión total’, la mítica ubicuidad característica de la divinidad”.

En el mismo texto, Dueñas habla del artista anónimo como una aspiración poco razonable porque depende en parte de la popularidad social para tener un mayor o menor éxito comercial. Sin embargo, explica que aristas como Warhol o Dalí, “en realidad escondieron su verdadera identidad tras la máscara de su personaje construido, como avatares analógicos de sí mismos. Estos artistas representan otro tipo de camuflaje, otro tipo de distorsión de la identidad propia de la sociedad del espectáculo”.

Aún es muy temprano para establecer el futuro de Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas Bangalter y de la propia Daft Punk, entre tanto, vale la pena esta reflexión final de Jorge Dueñas Villamiel.

“En la hipervigilada sociedad contemporánea ocultarse y camuflarse socialmente puede resultar un alivio, o un capricho incluso, pero también puede ser un posicionamiento político, una reivindicación, un intento de recuperar el anonimato arrebatado tras la mecanización, no sólo industrial, sino también social”.

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Daft Punk se estrenó en 1997 con el álbum “Homework” y rápidamente conquistó las pistas de baile con temas como “Around the world” y “Da Funk”.

En 2001, el dúo francés lanzó “Discovery”, un álbum todavía más popular con canciones como “One more time” y “Harder, better, faster, stronger”.

Pero su mayor éxito fue el “single” “Get lucky”, de 2013, interpretado junto a Pharrell Williams y del que se vendieron millones de copias en el mundo.

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