Danzando la vida

La biodanza, creada en la década de 1960 por el psicólogo chileno Rolando Toro Araneda, tiene como propósito rescatar el potencial vital, sexual, creativo y afectivo de las personas que la practican. ¿Por qúe sigue vigente?

Es jueves, el día está a punto de terminar y diez personas llegan a la Fundación Escuela Colombiana de Biodanza, en el norte de Bogotá, para “danzar la vida”. La pista es grande y se ve impecable, las luces tenues le dan un toque de misticismo y sensualidad. Ponen unos cojines en el suelo, se sientan y, sin saber nada sobre la vida de los otros, comienzan a dialogar. Con sorprendente confianza comentan cómo transcurrieron sus jornadas de estudio y trabajo. Luego, se toman de las manos, respiran profundo, suena un blus y empiezan a danzar en una ronda de absoluta complicidad en la que cada uno pone su movimiento y enriquece el de los demás.

“La danza es un espejo de nosotros mismos. En ella se reflejan las historias de nuestras vidas, nuestros más profundos temores, pero también nuestras más intensas alegrías. Por eso existe una gran diferencia entre el baile y la danza: el primero implica una técnica adquirida, la segunda es una manifestación de nuestro interior”, dice Myriam Sofía López, pionera de la biodanza en Colombia.

Y tiene razón. Como su nombre lo indica, la biodanza es la danza de la vida: no hace falta un atuendo especial ni un método de movimiento específico. “Nada en la biodanza es predecible, como sí lo es una clase de baile folclórico o una sesión de aeróbicos”, anota Myriam Sofía.

Integración afectiva, renovación orgánica, impulso vital: todo eso sucede cuando dejamos que nuestros cuerpos se conecten con la música. El movimiento es la mejor fuente de liberación, pues nos permite exteriorizar todos esos sentimientos y sensaciones que, por diferentes motivos, preferimos represar en nuestro interior.

El gestor de la biodanza es el chileno Rolando Toro Araneda, un psicólogo que descubrió el poder sanador de la danza mientras trabajaba en el Hospital Psiquiátrico de Santiago. Su propuesta no consiste sólo en danzar, sino en activar, a través del movimiento, el potencial afectivo y comunicativo con el que cuenta cada ser humano para conectarse consigo mismo, con el semejante y con la naturaleza.

Según Toro, esos potenciales se expresan en cinco funciones universales que la biodanza pretende rescatar. Vitalidad, sexualidad, creatividad, trascendencia y afectividad son cualidades que tendemos a rezagar en función de la monotonía de nuestras rutinas cotidianas.

Una clase de biodanza dura aproximadamente dos horas y cuenta con el acompañamiento de una persona profesional que, si bien orienta los movimientos de los participantes, no incide en la libertad y espontaneidad de los mismos. La música que suena durante cada sesión varía de género y ritmos. “Puede que muchos conozcan las canciones que están danzando, pero lo más posible es que, en otras circunstancias, no hayan establecido una conexión profunda con ellas”, dice Myriam Sofía López.

Los movimientos que en total autonomía propone cada participante le permiten establecer vínculos consigo mismo y con los demás. “Estos espacios permiten reecontrarnos con el otro en la diferencia, celebrar su presencia y el encanto del encuentro”, señala López.

Según ella, la biodanza tiene una gran cantidad de beneficios sobre la salud mental y física de las personas que la practican constantemente. La elevación de la autoestima, la eliminación de síntomas psicosomáticos, el crecimiento de la energía vital, el aumento de la resistencia inmunológica, la conciencia ambiental, la integración motora y el despertar del sentido de la solidaridad y de la creatividad, son algunos de ellos.

“Esta es una actividad que tiene efectos terapéuticos. Al actuar positivamente sobre el sistema límbico-hipotalámico es capaz de modificar las emociones, el pensamiento y la conducta del ser humano respecto de sí mismo y de la sociedad”, explica.

La clase termina como empezó: en una ronda. Esta vez suena la voz de John Lennon. Los participantes se despiden satisfechos. Aún no se conocen, pero después de la sesión tienen la suficiente confianza para abrazarse.
“La biodanza se propone restaurar la vinculación originaria entre los seres humanos. Es una abierta transgresión a los valores individualistas de la cultura contemporánea”, concluye Myriam Sofía López.

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