De Caquetá para el mundo

La Escuela Audiovisual de Belén de los Andaquíes es un taller para contar la vida de un pequeño pueblo desde la mirada de sus niños.

La regla es clara: sin historia no hay cámara. Una especie de mantra para un lugar que produce pequeños documentales, animaciones e incluso una corta serie de televisión desde un pueblo de 6.000 habitantes. No hay un gran estudio ni ejecutivos de corbata expertos en mercadeo. Hay historias.

“La alegría es nuestro principio político y sobre eso construimos”, dice Alirio González, entusiasta del video de día, renegado de día y de noche. “Hay un discurso de país que dice que los jóvenes de la periferia sólo tienen opciones como el narcotráfico o los grupos armados (legales e ilegales). Uno no se puede quedar con ese lamento”.

En el tránsito del lamento a los hechos, González ha estado involucrado con la fundación de una emisora comunitaria (Radio Andaquí) y una especie de templo multimedia en el que los niños de Belén de los Andaquíes, municipio de Caquetá con 6.000 habitantes, saben más acerca de cómo realizar un proyecto audiovisual que muchos graduados universitarios de Bogotá.

Escuela Audiovisual Infantil es el nombre formal de la resistencia, un grupo de más de 15 niños de este pueblo que cuentan su cuento: la pesca en el río, la hechura de la huerta... Pequeñas historias distantes de la grandilocuencia y el ego. Relato y ya está.

González se declara un no graduado. No es irreverencia, sino un orgullo. Su visión de la educación es la de un sistema hecho más para la formalidad que para la vida diaria.

“Colombia en general es muy cruel con las periferias: tienen mosquitos, su música es fea, quedan lejos”. La Escuela lleva siete años contando el quehacer de un pueblo distanciado de las grandes ciudades y los centros del poder. Sus historias, más que fascinantes, son reales: relatos humanos desde los ojos de niños que, detrás de la cámara y los computadores, llegan primero a su mundo más inmediato.

Uno de los pilares del proyecto es algo así como el rescate del relato local como un vehículo para conectar a toda una generación de menores con la realidad. No es televisión, no es ficción, no es ensoñación: es el mundo después de la ventana.

El objetivo de González era claro: “Lo que observamos es que la gente se pierde si se desconecta de su territorio, sobre todo en pequeñas comunidades. Y otra de las cosas que vimos es que si los pelados empezaban a hacer películas, esto se podía volver un proyecto de largo aliento para ellos, una iniciación de vida”.

La Escuela tuvo un proceso de cocción similar a un caldo espeso y complicado, una labor que requiere de muchas manos, de un esfuerzo colectivo. La nivelación tecnológica fue paralela a la creación de historias: saber operar las herramientas, pero también aprender acerca del oficio de hacer cine. Cuadro a cuadro, literalmente.

Hoy en día, la primera generación del proyecto ya va a la universidad, unos a perseguir carreras afines con la industria audiovisual, otros no; algunos de ellos becados, y así.

Uno de los grandes resultados de la Escuela es que los niños hablen por sí solos, no a través de la máscara de la niñez con la que todos dicen que quieren la paz y un medio ambiente sano, como las reinas de belleza. “A mí me preocupa ver niños militantes, políticamente correctos. Nos interesa que ellos hagan sus trabajos con la mayor relajación posible”.

En 2010, la Escuela fue ganadora de uno de los premios del Ministerio de Cultura a la producción infantil. Telegordo es el resultado de ese reconocimiento, una serie de ocho capítulos rodada el año pasado y emitida este año, en principio a través de la franja Metro del Canal Capital. Televisión nacional hecha por niños.

Belén de los Andaquíes es hoy más que un punto en una geografía entregada primordialmente a la selva. Es un municipio con amplia representación en el mapa vasto de la red; su vida transcurre a través de Youtube y Vimeo, con una audiencia potencial de miles de millones de personas. De Caquetá para el mundo.

 

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