De escritores y fantasmas

Presentamos la última entrega de nuestra serie sobre el estado actual de las artes, sus tendencias, sus modas, la crítica, lo esencial y lo trivial.

Escritores y fantasmas, buceadores de sucesos y de emociones, instigadores silenciosos, provocadores, rastreadores de culpas y justificadores de conductas. Hombres sin bien ni mal, poseedores de su verdad, una verdad nada más entre miles de millones de verdades, y sin embargo, dueños de las verdades de sus personajes. Escritores o fantasmas, eternos buscadores de tragedias, del detalle que marca una vida, de gestos, de costumbres y de excepciones. Amargados. “Hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado, que yo también voy cargado de amargura”, como escribía León Felipe en los años 20 del siglo pasado, refiriéndose a un caballero derrotado, escrito y descrito cuatrocientos años antes por Miguel de Cervantes, con sus quimeras y sus derrotas.

Nombres. Nombres de escritores sin tiempo y de todos los tiempos, ayer, hoy y mañana, porque el hombre ha sido el mismo siempre, más allá de la luz, de los satélites y las computadoras, de los rayos láser y las naves espaciales, de la televisión, la radio, los autos, el capitalismo o el socialismo; el mismo que 1.000, 2.000 o 50.000 años atrás sufría, lloraba, era ínfimamente feliz y a veces amaba, un ser que deambulaba en busca de sentido, al estilo Fito Páez a finales del siglo XX: “Vivir atormentado de sentido, creo que esta, sí, es la parte más pesada”. Un espíritu caminante que inventaba dioses para que los dioses le respondieran lo que no entendía y aquello que lo desbordaba; un escritor, nada más que eso, nada menos que eso, el notario de los sentimientos y las acciones de los otros y de los suyos propios.

Así fue ayer, y así será por los siglos de los siglos. “El eterno retorno” que pregonaba Nietzsche, la infinita convicción de Borges sobre un hombre que era todos los hombres, y sobre un libro que era todos los libros. “Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres —escribía en La forma de la espada, de boca de John Vincent Moon—. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tenga razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon”. Escritores y fantasmas. Testigos y jueces. Miserables y dioses, que pasaron de describir sus percepciones de la realidad a crearlas, y luego a transformarlas, y más tarde, a involucrarse en ellas. Sufrieron, padecieron, jugaron, inventaron, tergiversaron y regresaron a la esencia, el Hombre.

Algunos se extraviaron en medio de la forma, atormentados por las modas, por los “ismos” y el concepto siempre renovable de las vanguardias. Dejaron de escribir. Escritores del No, como los llamó Enrique Vila-Matas, descendientes todos de Bartleby, el escribiente de Melville. Se sintieron avasallados. La crítica los hundió. Se esfumaron, quizás, y esencialmente, porque buscaban un nombre en lugar de una historia, porque la vanidad estaba por encima de la necesidad, y con la vanidad herida se les murió la necesidad. Unos persistieron. Escribieron porque escribir era una manera de recrear el mundo, pintarlo a su imagen y semejanza o según sus ideales, o porque necesitaban decir algo, gritar algo, más allá de las letras de molde, de los comentarios y los señalamientos. Ante todo, perseveraron, convencidos, aunque se les hubiera ido la vida en ello.

“Cuando apareció el primer tomo de Proust (después de que Gide tirara los manuscritos al canasto) —decía Ernesto Sábato—, un cierto Henri Ghéon escribió que ese autor se había ‘encarnizado en hacer lo que es propiamente lo contrario de una obra de arte, el inventario de sus sensaciones, el censo de sus conocimientos, en un cuadro sucesivo, jamás de conjunto, nunca entero, de la movilidad de los países y las almas’. Es decir, ese presuntuoso critica lo que es la esencia del genio proustiano (…). ¿No dictaminó Lope que El Quijote era el peor libro que había leído en su vida? ¿No silenciaba Goethe a poetas que eran tan notables como él, mientras elogiaba a otros de tercera categoría, con lo cual ponía por debajo de ellos a espíritus que en el fondo envidiaba?”.

Otros, como Rafael Humberto Moreno-Durán, se aferraron a la literatura para no matar en la realidad. “En el fondo todo escritor, como todo jugador de ajedrez, esconde un asesino. Un escritor es un ajedrecista, está moviendo figuras, personajes y poderes en un tablero, que es la realidad. Tarde o temprano todo ello termina en el triunfo de algo sobre algo o de alguien sobre alguien, y el jaque mate final es la muerte de alguien para que otro triunfe. Por eso, escribir con buenos sentimientos sólo produce mala literatura. La gran literatura, toda, está hecha con lo peor de la condición humana”. De allí surgieron los personajes, las sociedades, los dramas y las tragedias que la literatura inmortalizó. No de las modas, no de las tendencias, no de las vanguardias. Rayuela fue himno, canto, suceso, dolor, humor, angustia, música y muerte por Julio Cortázar y sus personajes, no porque tuviera una y mil formas de leerla. Crimen y castigo fue culpa, soberbia, remordimiento, paranoia, salvación y condena por Dostoievski, y por Raskolnikov y Marmeladov, y fue un tratado sobre la condición humana, sobre “lo peor de la condición humana”, en el siglo XIX, aunque hubiera podido ser del XXI o del XXV.

Borges decía que “la idea de que la literatura es sólo un juego de palabras, que fue lo que sostuvieron Gracián, Góngora y, a veces, Quevedo, es radicalmente falsa. Lo fundamental es la carga de pasión del pensamiento que se transmite a través del lenguaje y, diría, a veces, a pesar del lenguaje”. John Dos Passos aclaró que escribía porque “es una actividad que parezco necesitar para sobrevivir”. Flaubert explicaba que “la única forma de soportar la existencia es aturdirse en la literatura como en una orgía perpetua”. Pessoa confesó: “Para mí, escribir es despreciarme; pero no puedo dejar de escribir. Escribir es como la droga que me repugna y tomo, el vicio que desprecio y en el que vivo”. Kafka escribió: “Con ayuda de mis garabateos huyo de mí mismo, para llegar a atraparme a mí mismo en el punto final. No logro escapar de mí”.

Pasión, pulsión, huir y encontrarse. “Es entonces —para volver a Sábato— cuando además del talento o del genio necesitarás de otros atributos espirituales: el coraje para decir tu verdad. La tenacidad para seguir adelante, una curiosa mezcla de fe en lo que tenés que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas, una combinación de modestia antes los gigantes y de arrogancia ante los imbéciles, una necesidad de afecto y una valentía para estar solo, para rehuir la tentación pero también el peligro de los grupitos, de las galerías de espejos. En esos instantes te ayudará el recuerdo de los que escribieron solos: en un barco, como Melville; en una selva, como Hemingway; en un pueblito, como Faulkner. Si estás dispuesto a sufrir, a desgarrarte, a soportar la mezquindad y la malevolencia, la incomprensión y la estupidez, el resentimiento y la infinita soledad, entonces sí, querido B., estás preparado para dar tu testimonio”.

Amar, odiar, caer, levantarse, bajar a los infiernos y subir a una simple hoja de papel. Creer que el mundo y la vida sólo existen si están escritos, y creer que la vida es como una novela que, en últimas, fue escrita desde tiempos inmemoriales por el mismo hombre: un fantasma, o algo así.

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