Ensayo

De estatuas, conquistadores, y colonialismo

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Un aporte al debate sobre la presencia del pasado en el presente.

Estatuas derribadas, monumentos intervenidos, pasados resignificados… en los últimos meses hemos sido testigos de una profunda reflexión sobre las formas de interpretar la historia y su relación con el presente. La imagen de la acción de los y las indígenas del pueblo Misak sobre la estatua de Sebastián de Belalcázar, emplazada en 1937 en el cerro Tulcán de la ciudad de Popayán, tiene un eficaz efecto simbólico, y más aún en una sociedad tan fuertemente diferenciada como lo es la payanesa; por su parte, la poderosa intervención de la escultura de Isabel la Católica en La Paz (Bolivia), en la que el colectivo Mujeres Creando, pinta y viste de chola a la monarca de Castilla y Aragón, nos habla también de que el colonialismo sigue siendo una tensión contemporánea en las sociedades latinoamericanas, un proceso que nos habita en la cotidianidad y, por tal motivo, lo que está en juego en estos actos simbólicos no es solo el pasado sino el presente mismo de nuestras sociedades. Más allá de hacerle un juicio a los conquistadores, de lo que se trata es de observar y transformar la profunda herencia de desigualdad y jerarquización que ha constituido el hecho colonial.

Los actos simbólicos llevados a cabo por parte de los pueblos indígenas y de los sectores populares, a lo largo y ancho del continente, se han interpretado de diferente manera por parte de académicos y políticos. En particular, nos llama la atención un tipo de interpretación que ha sido reiterada por algunos intelectuales cercanos al gobierno actual. En un artículo titulado ¿Debería España pedirle perdón a América?, publicado en El Tiempo el 30 de septiembre del presente año, el historiador Agustín Irazola, docente de la Universidad Sergio Arboleda, señala la importancia de las instituciones coloniales y su incidencia en lo que él comprende como desarrollo económico. Para explicar este argumento, afirma que “entre las instituciones que impulsó la Iglesia católica está, en primer lugar, la familia monógama, nuclear, que juntamente con las instituciones educativas permitió la creación de capital humano e incrementar el capital físico transmitido por la herencia”; a lo cual agrega: “otras instituciones importantes para la economía fueron las diversas asociaciones, como gremios, fraternidades, sociedades mercantiles. Además, los hospitales, desconocidos con anterioridad, y las universidades se crearon durante la Edad Media bajo el manto de la Iglesia”. Argumentos como los expuestos por Irazola hacen relevante, justamente, la necesidad de seguir cuestionando la idea de que existe un único modelo de instituciones, de familia o de saberes a partir del cual fundar lo que él define como bienestar económico. La pregunta que nos surge con respecto a tales afirmaciones es pertinente tanto para el presente como para el pasado: ¿a quiénes ha beneficiado dicho bienestar económico, a la sociedad en su conjunto o a unos grupos minoritarios? y, ¿acaso todos tenemos las mismas nociones de lo que significa tal bienestar? ¿acaso el camino que hemos recorrido y que nos lleva al presente no hace necesario que nos cuestionemos todas esas nociones y abramos paso a modelos alternativos?

Por su parte, el escritor y actual director del Archivo General de la Nación, Enrique Serrano, en la entrevista que le realizó María Isabel Rueda para El Tiempo, publicada el 27 de septiembre, alude a argumentos similares a los de Irazola. Cuando Rueda le pregunta ¿para qué se construye una estatua? él responde: “es una forma de rememorar lo que definió a una sociedad determinada, y se construye fundamentalmente para que las generaciones posteriores tengan un referente, incluso material, que les sirva de patrón de identificación”. Pero ¿qué tipo de patrón de identificación constituye un conquistador como Belalcázar, entronizado por la élite payanesa en una estatua realizada en el siglo XX? Quienes decidieron mandar a hacer la estatua de Belalcázar, y situarla en el cerro de Tulcán, estaban dándole un significado particular a la historia de la ciudad, celebraban su fundación española a la vez que invisibilizaban la historia anterior del territorio, presente en el cerro en el que la estatua fue instaurada, y las tensiones existentes entre las elites criollas y los diferentes pueblos indígenas de la región.

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Serrano se niega a admitir la existencia de una nación multiétnica y pluricultural al señalar que el país se identifica mayoritariamente con una herencia criolla. Al respecto, el novelista argumenta: “probablemente los patrones de identificación para los grupos indígenas no son exactamente iguales que los del resto. El problema es que la inmensa mayoría del país, 98 %, 99 %, es criollo. Somos más parecidos a los que vinieron, que a los que estaban aquí. Nos identificamos más con el caballo, con el penacho, con la espada, que con el traje del indígena, que con las plumas, que con el bastón”. Serrano pretende convertir su identificación personal como criollo en la identificación del país y olvida las profundas contradicciones que representa el concepto de criollo, la manera como dicha identificación ha sido problematizada por diferentes sectores sociales y en investigaciones académicas, e incluso se aparta de la forma como las personas se identifican a sí mismas en el último censo nacional: 87.58% blancos y mestizos, un 9.34% afrocolombianos (negros, mulatos, palenqueros y raizales), un 4.4% indígenas y un 0.006% Rom (Gitanos).

Nos resulta sorprendente que, en pleno siglo XXI y después de amplios procesos políticos y sociales relacionados con el reconocimiento del país como nación multiétnica y pluricultural, Serrano repita, aunque parezca increíble y casi al pie de la letra, los argumentos que esbozaba, hace más de un siglo, el sacerdote Rafael María Carrasquilla para legitimar el proyecto hispanista y católico de nación: “dos cosas forman la patria: el suelo en que vivimos i la raza á que debemos nuestro origen; i más cerca nos pertenece el linaje que el territorio. Más satisfacción nos causa á nosotros el recuerdo de las glorias españolas que el de las hazañas de cualquiera de los caciques que mandaron en estas tierras antes de descubiertas por Colón”. Tanto Carrasquilla como Serrano conciben la identificación nacional en relación con la herencia hispana y patriarcal (caballo, penacho, espada, gloria, gallardía) e invisibilizan la vitalidad, diversidad y riqueza de la historia indígena y afrocolombiana, de los libres de todos los colores, no solo del período anterior a la Conquista sino durante la configuración de la sociedad colonial y la vida republicana. Tal invisibilización ha constituido una brutal violencia simbólica que Serrano elude al adjudicar la violencia a los grupos indígenas del presente y no a la manera como se configuró la historia colonial y republicana por parte de las elites locales. Esto es particularmente preocupante si tenemos en cuenta que Serrano dirige la institución “encargada de formular y liderar la Política de Archivos y de Gestión Documental en el territorio nacional, referente de la gestión pública para salvaguardar y difundir el patrimonio documental como herramienta para la transparencia y el acceso a la información pública”.

Esta lectura en clave hispanista de la historia está estrechamente articulada a una concepción estática, despolitizada y acrítica del patrimonio cultural. Si bien en su entrevista Serrano acierta al afirmar que las estatuas establecen un lazo de identidad entre generaciones y un sentido de pertenencia con el territorio en el que se ubican, las considera inherentemente como buenas e incuestionables desde un punto de vista moral, sin dar cuenta de su contexto de creación, de su propia historia, y de las políticas públicas que las hicieron posibles en su momento. Al deshistorizarlas de esta forma, desconoce sus silencios y exclusiones –aquello y aquellos que quedan por fuera de la representación monumental, de la historia que narra la estatua–, así como los disensos o desacuerdos que generaron en el pasado o continúan generando hoy.

Los ataques al patrimonio monumental, sean por parte de fundamentalistas islámicos en el Medio Oriente o de los indígenas en Colombia, denotan para Serrano “una relación enfermiza con el pasado” propia de sujetos que supuestamente carecen “de un patrón sólido de pertenencia […] que es endeble en buena medida, pues se reinventa constantemente y rompe o ignora el pasado del modo más ramplón”. A estas acciones, el director del AGN, opone, desde una postura eminentemente eurocentrada, la idea hegemónica de patrimonio occidental: “en cambio, mira que en Europa lo que se hace es restaurar, conservar, se obsesionan por un pedazo de ladrillo, por un mosaico, y el Estado responde inmediatamente y la sociedad además aprueba”.

En este sentido, los actos de intervención e incluso de destrucción de imágenes, objetos artísticos o incluso monumentos que resultan problemáticos en la medida en que encarnan pasados colonialistas o racistas, son percibidos desde esta perspectiva, en el mejor de los casos, como reproches sin ningún sentido; y en el peor, como violencia injustificada. Para Serrano, “los radicales iconoclastas sí triunfan, se imponen por la vía de hecho, brutalmente, sin consultar a quien pudiera no estar de acuerdo, pero en el caso de Colón, pues habría incluso que quitar el nombre del país. Se puede esconder la estatua, trasladarla a un lugar más discreto, pero no con ello se borra la esencia de la pertenencia de país”. Para los detractores del derrumbe de la estatua de Belalcázar esta acción denota radicalismo y violencia, por lo cuál fácilmente puede ser señalada como “vandalismo” o “iconoclasia”, pero cabría preguntarse si la imposición de ciertos monumentos en el espacio público no representaría también un tipo de violencia simbólica o iconoclasia (en el sentido de que impiden la presencia de otras imágenes e historias). Adicionalmente, no nos parece una coincidencia que estos señalamientos, que buscan criminalizar la protesta social y las intervenciones de historia pública de carácter crítico, ganen visibilidad mediática poco tiempo después de las manifestaciones contra la violencia y la corrupción policial del 9-11 de septiembre en Bogotá y la desmedida reacción de la fuerza pública, que terminó con la vida de 13 civiles en la capital y sus alrededores. Precisamente, durante esta coyuntura, las autoridades legitimaron el accionar de la policía como garante del orden y del patrimonio público amenazado por los “vándalos”.

¿Cuáles son las violencias que se hacen visibles, repudiables, para esta clase intelectual oficialista que aparenta neutralidad y una posición políticamente correcta? Claramente no la violencia del racismo y la desigualdad estructural, tanto de antaño como de ahora. Tampoco la ejercida por grupos armados en masacres a lo largo del territorio nacional, ni los asesinatos de la policía contra civiles. Aquello que amenaza la “concordia nacional”, que crea “una sensación de confusión que contribuye a la polarización” es la persecución a los símbolos de la tradición hispánica y católica colombiana. Pero además, este es un estigma que no recae únicamente sobre los indígenas, sino también en los y las jóvenes, pues según Serrano, en el fondo todo esto se trata de una “guerra generacional”, “porque la laicidad radical y esta iconoclastia contra las imágenes históricas es de una generación, es de personas en general menores de cuarenta años. A los de cuarenta para arriba, incluso muchos de treinta para arriba, no se les ha ocurrido nunca semejante cosa”.

Habiendo dejado en claro cuál es la interpretación hispanista y conservadora frente a la historia y el patrimonio, así como las razones por las cuáles nos distanciamos de ella, vuelve a emerger la pregunta ¿cómo podemos entonces enfrentarnos en la actualidad a los relatos históricos y a los patrimonios problemáticos por su carga de representación colonialista, esclavista y/o racista? En primer lugar, consideramos que la respuesta de “no atacar porque es anacrónico” es insuficiente. Según la Academia Colombiana de Historia (ACH), la escultura de Belalcázar, obra del escultor español Victorio Macho, “representa un testimonio de los tiempos y así hay que aceptarla”, negarla “en nada contribuye a la evolutiva formación de la nacionalidad” y sería un error caer en el anacronismo de aplicar “percepciones actuales a los comportamientos de gentes de hace 500 años, sobre todo ante el cataclismo de un choque de civilizaciones como lo fue la Conquista”. De manera similar, Irazola plantea que los españoles no deberían pedir perdón a los americanos por lo que hicieron sus antepasados en la Conquista, como sugirieron López Obrador “y secuaces”, y dado el caso, deberían pedir excusas los descendientes de los criollos, culpables de echar a perder el “exitoso” laboratorio colonial establecido por los españoles tras la Independencia.

Lo que este tipo de argumentos pierde de vista es que no se trata de juzgar el pasado –colonial, violento, racista, desigual, jerarquizado– con los ojos y valores del presente, o de “borrar” el pasado al destruir un símbolo material que representa alguna de sus facetas o protagonistas. Lo que tratan de demostrar acciones como las de Richmond, Bristol, La Paz o Popayán que hemos presenciado este 2020, es que justamente las herencias del colonialismo y racismo de siglos anteriores siguen vigentes en la sociedad contemporánea, se expresan por ejemplo a partir de la violencia policial diferenciada por criterios étnico-raciales, y que por lo tanto no es posible ya convivir con símbolos materiales, con lugares de memoria que legitiman y reproducen esos legados en el espacio público. Los monumentos no son sólo cuestión de arte, son ante todo cuestión de política. No son tema del pasado, sino del presente (y del futuro). Al respecto, en torno a los debates por la conmemoración del 12 de octubre como fecha de fiesta nacional en España, reflexiona el historiador Miguel Martínez: “es frecuente escuchar el argumento de que no debemos juzgar el pasado en función de los valores del presente. La cautela contra el presentismo –la interpretación del pasado ciega a la diferencia irreductible y contingente de los tiempos– es saludable, pero engañosa. Los partidarios de celebrar públicamente los descubrimientos o el encuentro, también lo hacen en función de los valores del presente. No se celebra a Colón por ser el mejor hombre de su tiempo sino precisamente porque se quieren trazar ciertas continuidades entre los resultados de su acción histórica y las realidades de lo que hoy consideramos nuestro tiempo. Pero hay todavía un argumento más contundente en contra de esa precaución pretendidamente historicista: nosotros también somos hombres y mujeres de nuestro tiempo, y como tales somos soberanos para decidir qué pasado nos representa mejor”. Adicionalmente, estatuas como las de Belcázar, los Reyes Católicos o Colón, no fueron proyectadas, construidas y colocadas en espacios públicos por sus contemporáneos, sino que son el resultado de políticas de la memoria establecidas en sociedades posteriores, en la mayoría de los casos republicanas.

Otra de las posiciones, incluso avalada por los sectores más conservadores, que se presenta como alternativa a la destrucción de las estatuas, es la construcción de nuevas obras escultóricas junto a aquellas que resultan controversiales, de tal suerte que pudiera propiciarse un diálogo entre diversas memorias en un mismo espacio monumental. “No está muy lejos el día en que frente a la estatua de Belalcázar se ubique la representación de un indígena guambiano en actitud desafiante, sin que borremos de un tajo los hechos históricos que han forjado la nacionalidad”, dice el comunicado de la ACH. “Sería mucho más pertinente e inteligente agregar personajes indígenas, no sé, destacarlos en la misma condición honorífica de los personajes hispánicos”, opina Serrano. De la misma forma, un grupo de intelectuales caleños realizaron la propuesta de instalar una serie de esculturas que representaran las culturas indígenas y afrodescendientes del Valle del Cauca, para que establecieran un contrapunteo con la estatua pedestre de Belalcázar, antes de que se tumbara la ecuestre de Popayán. Días después de que la estatua del comerciante esclavista Edward Colston fuera tirada al agua en Bristol, el artista londinense Marc Quinn esculpió una estatua de una de las manifestantes de Black Live Matters de la ciudad, la estilista Jen Reid, y la colocó sobre el vacío pedestal, lo cual a su vez generó una polémica entre los manifestantes, algunos de los cuales cuestionaban que se rendía homenaje a un individuo (y no a un colectivo) y se reproducían estereotipos (sobre lo negro, la protesta social, etc.).

Si bien este tipo de propuestas pueden ser significativas, consideramos que obedecen al lenguaje estético de la escultura conmemorativa de los siglos XIX y XX, que probablemente fue significativo para la sociedad de su momento, pero ya no lo son, o al menos no en la misma medida, para las sociedad contemporáneas. La escultura conmemorativa se dedicó a la consagración de una historia oficial, obra de grandes personajes (usualmente blancos y masculinos): conquistadores, próceres, militares, etc. Además, desde el punto de vista de la historia del arte, es un género que se inscribía en los cánones del neoclasicismo y el academicismo más tradicional, con una clara orientación eurocéntrica (no es gratuito que la mayoría se encargaran a franceses, italianos o españoles en detrimento de los artistas colombianos, como es el caso de la estatua de Belalcázar, esculpida por el palentino Victorio Macho). Las exclusiones de clase, raza, género y región, se hacen evidentes en este tipo de monumentos, razón por las que no creemos que sean las manifestaciones culturales más idóneas para representar la pluralidad artística e histórica de nuestra sociedad actual. Así mismo, al reiterarse como la opción válida y por excelencia –así sea con unos nuevos contenidos semánticos, con sentidos históricos alternativos–, la forma estatuaria prohíbe o marginaliza otras posibilidades de conmemorar el pasado en el espacio público, como el performance, el antimonumento o el grafiti.

Como historiadores interesados en la historia pública y las disputas por la memoria colectiva en el espacio público, consideramos que es más poderoso estimular nuevas formas de conmemoración, más allá de la monumentalización tradicional, e intervenir creativa y simbólicamente los objetos culturales ya existentes. Un par de ejemplos inspiradores pueden ser las modificaciones temporales de los nombres y logotipos de las estaciones del metro de la Ciudad de México adelantados por el grupo Redretro; la intervención con pelucas afro a las estatuas de los notables cartageneros realizada por el artista Nelson Fory, titualada La historia nuestra caballero; y la ya mencionada acción del colectivo boliviano Mujeres Creando, quienes renombraron la Plaza Isabel la Católica como Plaza Chola Globalizada y vistieron la estatua de la Reina con prendas y accesorios propios de las comunidades indígenas de la región, como acto de protesta en el marco de una doble conmemoración: el día de la mujer (11 de octubre) y el de la descolonización (12 de octubre).

Referencias

· Academia Colombiana de Historia, “El derribo de la estatua de Sebastián de Belalcázar en Popayán”. El Tiempo, 19 de septiembre de 2019. Disponible en: https://www.eltiempo.com/colombia/cali/academia-colombiana-de-historia-lamenta-derribo-de-estatua-de-sebastian-de-belalcazar-en-popayan-538737

· Archivo General de la Nación, “Misión y Visión”. Disponible en: https://www.archivogeneral.gov.co/Conozcanos/mision-vision

· Bland, Archie. “Edward Colston statue replaced by sculpture of Black Lives Matter protester Jen Reid”. The Guardian, 15 de julio de 20. Disponible en: https://www.theguardian.com/world/2020/jul/15/edward-colston-statue-replaced-by-sculpture-of-black-lives-matter-protester

· Carrasquilla, Rafael María (1953), Sermones de discursos escogidos, Bogotá: Kelly.

· Departamento Administrativo Nacional de Estadística (2018), Resultados del Censo Nacional de Población y Vivienda 2018. Disponible en: https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/demografia-y-poblacion/grupos-etnicos

· Irazola, Agustín, “¿Debería España pedirle perdón a América?”, El Tiempo, 30 de septiembre de 2019. Disponible en: https://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/espana-deberia-pedirle-perdon-a-america-por-la-conquista-540830

· Miguel Martínez, “Por qué necesitamos otra fiesta nacional”, Contexto y Acción, 12 de octubre de 2018, en https://ctxt.es/es/20181010/Firmas/22260/12-de-octubre-cambiar-fiesta-nacional-historicismo-miguel-martine.htm

· Pau, Alejandra (2020), “Mujeres Creando pinta y viste de chola la escultura de Isabel la Católica”, 12 de octubre de 2020. Disponible en: https://www.paginasiete.bo/nacional/2020/10/12/mujeres-creando-pinta-viste-de-chola-la-escultura-de-isabel-la-catolica-271247.html?fbclid=IwAR1r9TaCCGzh9kud4LEocHn3sTAiwALhyXn15zMrVAdno5tCIFM_pf8sxS0

· Páramo, Andrés, “La brutalidad policial en Colombia no puede ser comparada con la ira de la población que debe proteger”, The Washington Post, https://www.washingtonpost.com/es/post-opinion/2020/09/11/la-brutalidad-policial-en-colombia-no-puede-ser-comparada-con-la-ira-de-la-poblacion-que-debe-proteger/?utm_campaign=wp_post_opinion

· Rueda, María Isabel, “¿Tumbar una estatua es atentar contra la historia o contra el arte?”. El Tiempo, 27 de septiembre de 2019. Disponible en: https://www.eltiempo.com/cultura/arte-y-teatro/cuando-se-tumba-una-estatua-se-atenta-contra-la-historia-o-contra-el-arte-540245

· Vargas, Sebastián (2017), “Una cartografía histórica: usos públicos de la historia en el metro de Ciudad de México”. En: Histori(a)fuera. Ensayos sobre políticas de la memoria y usos públicos de la historia, Bogotá: La Sorda. 209-242.

· Vivas, Gustavo. “Dos estatuas y una propuesta”. Las Dos Orillas. 6 de agosto de 2020. Disponible en: https://www.las2orillas.co/dos-estatuas-y-una-propuesta/

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