De Fredonia a México

En febrero de 1955 publicó un perfil del escultor colombiano Rodrigo Arenas Betancourt. Fragmento.

El escultor Rodrigo Arenas Betancourt (1919-1995), frente al ‘Monumento a la Raza’, en Medellín.
El escultor Rodrigo Arenas Betancourt (1919-1995), frente al ‘Monumento a la Raza’, en Medellín.

En 1953 un grupo de artistas de México visitó en comisión al presidente Ruiz Cortines. Uno de ellos vestía un polvoriento y gastado overol. Entre el grupo de pintores y escultores, el pequeño y sólido visitante del overol parecía el más mexicano de todos, un indio puro, con su cabello indómito y su indescifrable rostro de cobre. Sin embargo, ese era el único de los comisionados que no había nacido en México, sino en la fracción rural del Uvital, en el departamento colombiano de Antioquia. Muy pocos compatriotas suyos sabían entonces que se llamaba Rodrigo Arenas Betancourt, y acaso ninguno lo admiraba tanto como el presidente Ruiz Cortines, quien había pasado una tarde completa contemplando el monumental Prometeo de siete metros de altura que el sencillo colombiano del overol había levantado frente a la Torre de las Ciencias Exactas, en Ciudad de México.

Ya en ese momento Arenas Betancourt estaba considerado como el escultor más vigoroso del país, como uno de los grandes intérpretes de la raza, capaz de desentrañar de un bloque de piedra volcánica el más intrincado secreto de la personalidad azteca. Pero no por eso visitó al presidente en overol. Lo hizo porque estaba en su taller a las dos de la tarde cuando le dijeron que la audiencia era a las dos y media y no tuvo tiempo de cambiarse. “Hay que conocer a México para saber que allá el presidente no califica a nadie por el vestido”, explica Arenas Betancourt ahora que está en Colombia en una visita de 15 días, con una buena cantidad de gloria, de dinero y de prestigio, pero sin corbata.

Antes de volver en carne y hueso, Arenas Betancourt había vuelto a Colombia en los periódicos y las revistas de arte mexicanos, casi siempre trepado como un mico, con su cara de mico, en el hombro de su Prometeo, cuya sola pupila es más grande que la cabeza del escultor. Allí se le veía, con una gorra ajustada a la cabeza y un laberíntico saco sin mangas que es la única prenda parecida a un chaleco que ha usado desde cuando se fugó, a los 13 años, del seminario de misiones de Yarumal.

Al verlo retratado a semejante altura, junto a una cosa tan grande, muchos de quienes lo conocieron en Colombia, viviendo pobremente en Medellín, en 1938, en una sórdida habitación de “El hueco de ña Rafaela”, o un año después en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, pensaron que el del retrato no era el mismo Rodrigo Arenas Betancourt que habían conocido. El de aquí, pequeño y conflictivo, no parecía capaz de llegar a la oreja de un monumento que tuviera siete metros de altura. Pero lo que se ignoraba era que cuando el Rodrigo Arenas Betancourt de Colombia no pudo obtener su diploma de maestro en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, porque Luis Vidales lo calificó con 2,0 en la clase de historia, ya había recorrido, a tropezones, muriéndose de hambre a pedacitos, por lo menos la cuarta parte del camino que lo conduciría al hombro de su Prometeo.

Cuando vino a Bogotá, en 1939, todavía no había pasado lo peor. Pero ya había pasado una parte, desde esa madrugada de 1919 en que respiró por primera vez el aire oloroso a tierra cuarteada, a leche caliente y a bramido de vaca, en la fracción del Uvital, a dos kilómetros de Fredonia. Nació el 24 de octubre, bajo el signo de Escorpión, pero en su casa nadie tenía con los astros relaciones distintas de las puramente agrícolas. Sus padres eran, cuando nació Rodrigo, dos campesinos antioqueños como esos de carriel y alpargates que llegan los domingos a través de un bambuco a vender frutos de la tierra en la plaza del pueblo. Pero antes de cumplir los cinco años, sin proponérselo y sin recordarlo ahora con mucha precisión, Rodrigo los obligó a cambiar de oficio, a abandonar la áspera fracción del Uvital y a instalarse en Fredonia, para que el niño pudiera ir a la escuela. Nadie había pensado entonces que cuando fuera hombre sería escultor. Pero habiendo sido agricultor desde niño, tampoco habría pensado su padre que sería albañil en Fredonia para que el hijo de cinco años pudiera asistir a la escuela. Fue una casualidad, pero ahora parece más lógico que sea escultor el hijo de un albañil.

Rodrigo Arenas Betancourt tiene un personaje inolvidable: don Miguel Yepes, el robusto y paternal maestro de la escuela primaria de Fredonia, que le puso un tres en historia patria —a pesar de que nunca pudo entender el libro de Henao y Arrubla— porque hizo a lápiz, a los seis años, una copia de Bolívar en el ocaso, que el maestro clavó en la pared para ejemplo de los otros niños. Entre ellos, el actual gerente del Instituto Colombiano de Seguros Sociales, doctor Gabriel Barrientos Cadavid.

El maestro Miguel Yepes, convencido de que el pequeño Rodrigo no tenía vocación para la historia, pues sólo abría el texto para copiar tres Bolívares al día, decidió empujarlo en las otras materias, para que continuara dibujando a Bolívar. Mientras el maestro leía en voz alta Corazón, de Edmundo de Amicis, que fue su primera emoción literaria, Rodrigo seguía dibujando a Bolívar. Al finalizar el cuarto año el salón de clases estaba empapelado con la imagen del Libertador. Acaso a eso se deba que en la actualidad en nada desea trabajar tanto Rodrigo Arenas Betancourt como en un monumento a Bolívar.

Cuando abandonó la escuela primaria, Rodrigo no tenía otra aspiración que permanecer en casa, jugando con esos articulados muñecos de madera, de colores vivos, que su padre fabricaba para entretenerlo. Pero su padre pensaba otra cosa. Pensaba que el niño sería cura, en segundo término porque era de carácter suave, hogareño y piadoso, a pesar de que era el único de su grupo que no había sido ni fue nunca monaguillo, y en primer término porque el párroco de Fredonia le ofreció una beca para el seminario de misiones de Yarumal. Y al seminario se fue, como la mayoría de los niños antioqueños, con un vestido que no tenía nada de particular, salvo el chaleco. Por eso, y por la inflexibilidad de la disciplina, no le gustó el seminario. En 18 meses perdió la devoción y una madrugada, en lugar de ir a misa, salió a la carretera y abordó un camión cargado de cerdos que lo llevó por cuarenta y cinco centavos a Fredonia. En la primera vuelta de la carretera quedó tirado el chaleco.

Su regreso fue una catástrofe doméstica, pero para Rodrigo fue un acontecimiento inolvidable. Porque mientras su madre le cantaba la tabla de las recriminaciones y su padre abandonaba el palustre para empuñar un cinturón, Rodrigo, silencioso, sentado en el banquillo, pensaba sin saber por qué, con una extraña delectación, deseaba tallar en madera un Cristo bárbaro, ulcerado y sangriento.

En 1935 regresó de España Ramón Elías Betancourt, un remoto pariente de la madre de Rodrigo que tallaba y vendía cabezas de Cristo. Pero a nadie le llamó la atención en Fredonia, porque el pueblo estaba invadido por los destrozados Cristos de Rodrigo. Eran unos crucifijos tremendos, embadurnados de pintura roja y monstruosamente martirizados, que ningún párroco quiso bendecir por la implacable concepción de su tortura. Todos esos Cristos habían salido de la estrecha y confusa oficina de estadística de Fredonia, donde Rodrigo tallaba santos arbitrarios y en cuyos libros no se registró el catastro, ni los degüellos ni las defunciones en los dos años en que Rodrigo estuvo de oficial, ganando veinte pesos mensuales.

Antes había sido cartero por doce pesos. Después de repartir el correo, tallaba santos. Y nada distinto hizo hasta ese día en que cayó en sus manos un ejemplar de la revista Pan, que dirigía el ingeniero Enrique Uribe White, donde vio la fotografía de una escultura del colombiano Tobón Mejía, Rodrigo la reprodujo en barro, sin preocuparse de que fuera la estatua de una mujer desnuda. Pero en Fredonia se preocuparon los vecinos y luego las congregaciones de damas católicas y, por último, el concejo municipal. Los vecinos y las damas católicas le hicieron destruir la escultura, pero los concejales le cambiaron el puesto en la oficina de estadística por un auxilio de quince pesos mensuales y lo mandaron para Medellín, a que se perfeccionara —antes de José Horacio Betancourt, autor de Bachné— en el arte de hacer mujeres desnudas.

El 29 de marzo de 1944 llegó Rodrigo Arenas Betancourt al aeródromo de México, con dos vestidos y un par de maquetas en una deteriorada maleta de cartón. Pero entonces tenía la ventaja de ser extranjero y de haber conocido en Bogotá al embajador de Colombia en México, Jorge Zalamea. Pero seis años antes, cuando llegó por primera vez a Medellín— donde pagó diez pesos mensuales por vivir en “El hueco de ña Rafaela”— era apenas un desconcertado muchacho que parecía sacado a lazo de Fredonia. Su principal desventaja era ser colombiano. Lo mismo en Medellín que en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, y lo mismo otra vez en Medellín, en 1942, cuando regresó derrotado por el 2.9 de Luis Vidales. Pero entonces conoció al pintor Pedro Nel Gómez y al grupo de estudiantes que dirigían el suplemento literario de El Colombiano. Algunos de ellos eran conservadores en política, pero revolucionarios en arte: Miguel Arbeláez, Otto Morales Benítez, Hernán Merino, Belisario Betancourt y Alberto Durán Laserna. Este grupo escribió notas en el suplemento literario de El Colombiano, con el seudónimo común de PRAB, que significaba: “Para Rodrigo Arenas Betancourt”. Las notas publicadas con esa firma eran liquidadas por la gerencia del periódico y abonadas a un fondo especial, que le fue remitido a México a Arenas Betancourt. El escultor recuerda haber recibido un cheque de cien dólares durante su época más difícil. Por primera vez alguien se dio cuenta de que Rodrigo Arenas Betancourt era capaz de hacer algo de lo que decía. Entonces su nombre apareció por primera vez en letras de molde y por primera vez en un cheque: 1.000 pesos que le pagaron por su trabajo en la exposición industrial de Medellín.

Su primer cheque y Pedro Nel Gómez —en un país que podría salvarse con cinco Pedroneles, según dice ahora Arenas Betancourt— le abrieron las agallas. Los muchachos de El Colombiano ayudaron a abrírselas. Y Ramón Jaramillo Gutiérrez, director de Educación de Antioquia, hizo una maroma presupuestal y lo sentó en un avión para México. De no haber sido así, se habría ido de fogonero en un barco.

De todo, como en botica

Cuando en Colombia se supo que un colombiano era uno de los mejores escultores de México, hacía ocho años que Arenas Betancourt había salido del país. Todavía no entiende por qué no se murió de hambre, desde cuando Jorge Zalamea lo instaló con otros estudiantes colombianos en República de Chile, número 38, hasta cuando vendió sus primeros 450 pesos de terracota, cuatro años después, en una exposición colectiva en el bosque de Chapultepec. Durante esos años no hubo en México ocupación u oficio que Arenas Betancourt no desempeñara. Por largo tiempo su amigo más solvente fue el escritor Manuel Zapata Olivella, que había llegado sobre las suelas de sus zapatos y con quien compartía la camilla de operaciones en el consultorio de un médico cubano.

Alternativamente fue ayudante del escenógrafo de La reina de la opereta, una mala película con la colombiana Sofía Álvarez, que le produjo 200 pesos semanales. Fue obrero del escultor colombiano Rómulo Rozo, por 100 pesos mensuales; tallador de falsas miniaturas aztecas para descrestar, por cuenta del patrón, a los turistas norteamericanos; redactor del Diario de Sureste, en Mérida, y allí mismo asistente ocasional a la casa de diversión de “La nena alpuche”. Una noche de 1947 lo encontró en este lugar un borracho que le ofreció un contrato como profesor de dibujo. Arenas Betancourt aceptó, por llevarle la corriente al borracho, y veintinueve días después viajó a enseñar dibujo en Quintana Roo, un territorio en la selva, en el extremo sureste del país, donde lo único que llevó, por recomendación del contratista, fue “un calabazo con bastante agua”.

La historia se hace de pronto

En Quintana Roo, que es el único nombre pronunciable en una región donde se encuentran Yaxcaba, Kanabsonot y Taxhibishen, el pequeño y aindiado antioqueño se dio cuenta de que llevaba tres años de vivir en México y en realidad no conocía México. Misteriosamente, viviendo entre los indígenas, enseñándoles dibujo por 218 mensuales como profesor de la misión rural número 5, comiendo otra vez fríjoles y arepa como en Fredonia, empezó a entender retrospectivamente toda la historia que no entendió al maestro Miguel Yepes. Cuando regresó a Ciudad de México volvió a ser ilustrador de revistas; fue el muchacho que le cargó las cámaras y los trípodes al fotógrafo colombiano Leo Matiz; escribió reportajes, comió cuando pudo y durmió como pudo, hacinado en una casa de vecindad, hasta cuando le permitieron participar en la exposición colectiva del bosque de Chapultepec. Allí vendió dos esculturas que había hecho en Quintana Roo. Y esa venta fue como un milagro. Tres meses después era amigo de Diego Rivera, José Clemente Orozco y de todo lo que vale y pesa en el arte mexicano. En 1949 participó en la exposición colectiva del palacio de Bellas Artes, con Mujer maya torteando, que el ingeniero José Domingo Lavín adquirió por 1.000 pesos. Fue allí donde conoció al arquitecto Raúl Cacho, quien iba a construir la Torre de las Ciencias Exactas. Raúl Cacho conversó con Arenas Betancourt, se pusieron de acuerdo en la necesidad de “incorporar la escultura a la arquitectura” y pidió que le llevara un proyecto. Arenas Betancourt, que mide un metro con sesenta y dos centímetros, se le presentó con un impresionante monstruo de siete metros de altura: Prometeo, dos toneladas de bronce que en seis meses lo hicieron famoso en medio mundo.

El mexicano de Fredonia

Ahora Rodrigo Arenas Betancourt vive bien en México, casado con Lidia Rosas, y con un hijo de tres años, José Patricio. Su casa, centro ocasional de reuniones artísticas, es el número 18 de la calle del doctor Río de la Loza, a pocos metros de un coliseo de lucha romana, donde los luchadores se rompen los huesos para comer. En el palacio de comunicaciones, donde trabajó la plana mayor de los artistas mexicanos, está su monumental Homenaje a Coauthémoc y la patria, más grande, más imponente y mejor logrado —según el autor— que su famoso Prometeo. Una obra incorporada ya al patrimonio artístico e histórico de México, que le produjo 40.000 pesos, y que para ser trasladada fue preciso desarmarla en piezas y desarmar después el taller, para que salieran las piezas mayores.

Al volver a Colombia, los amigos de Rodrigo Arenas Betancourt se han dado cuenta de que sigue siendo sencillo, emotivo y cordial, como si acabara de llegar de Fredonia, pero más optimista y maduro. Atribuye más importancia al conocimiento de sus límites que al de sus posibilidades. Ha leído mucho, novela especialmente, y especialmente novela americana. No es fumador, salvo cuando trabaja. Considera que es capaz de expresarse adecuadamente en dibujo y fotografía, que cultiva como entretenimiento, y va al cine tres veces a la semana, cuando menos, de preferencia a las películas italianas, y de preferencia a las de su amigo personal, César Zavattini, a quien conoció en México y a quien visitó recientemente en Italia.

Rodrigo Arenas Betancourt tiene el pasaje de regreso en el bolsillo y varios compromisos en México. Pero sus amigos aspiran a que demore un poco más en Colombia. Aspiran a que haga en Bogotá el monumento a Bolívar que de todos modos hará en cualquier parte del mundo, pensando en sus primeros y olvidados monigotes de Fredonia.

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