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De la angustia y lo trágico en Kierkegaard y Miguel de Unamuno

La angustia parte de la inocencia, que desde Kierkegaard es también ignorancia; lo trágico, según Unamuno, surge de hacernos conscientes del peso de nuestra existencia. Ambos conceptos nos ayudan a entender este presente que engendra incertidumbre.

Miguel de Unamuno, filósofo español (izquierda) y Soren Kierkegaard, filósofo danés perteneciente al existencialismo. Archivo particular

Sartre habló de que la angustia aparece en casos donde el ser humano se hace responsable de algo o alguien. El temor, la incertidumbre de estos tiempos proviene, en parte, porque hemos carecido de responsabilidad por todos. No hemos entendido que el acto propio es el acto de toda la humanidad, que todo lo que hacemos representa a la especie y tiene repercusiones en ella. Ahora, ¿somos siempre conscientes que la responsabilidad tiene implícito el hecho de conocer aquello sobre lo que recae nuestro deber? ¿La responsabilidad no es sinónimo de culpa?

Si está interesado en seguir leyendo sobre la angustia desde la filosofía, le recomendamos: Jean Paul Sartre y una reflexión sobre la angustia en tiempos de aislamiento

En El concepto de la angustia, Soren Kierkegaard agrega un elemento importante: la inocencia, que también es vista como ignorancia. ¿Qué pasa cuando se reconoce entonces esa falta de conocimiento. Para el filósofo existencialista, en el estado de inocencia “hay paz y reposo; pero hay al mismo tiempo otra cosa, que, sin embargo, no es guerra ni agitación”, pues no hay nada con que guerrear. ¿Qué es ello? Nada. Pero ¿qué efecto ejerce? Nada. Engendra angustia. Este es el profundo misterio de la inocencia: que es al mismo tiempo angustia.

Es entonces la inocencia de no saber actuar en estos tiempos de responsabilidad la que conlleva a la angustia, a la incertidumbre de no comprender si las medidas que toma un Estado frente a la economía y la salud pública son las correctas, si cada acto individual es correcto o es riesgoso para la protección de toda la sociedad. Ese desconocimiento engendra la angustia y provoca pensar en la culpa, en esa que también menciona Kierkegaard cuando dice que “Adán perdió la inocencia por medio de la culpa, así la pierde también todo hombre”.

“Ni, pues, el anhelo vital de inmortalidad humana halla confirmación racional, ni tampoco la razón nos da aliciente y consuelo de vida y verdadera finalidad a esta. Mas he aquí que en el fondo del abismo se encuentran la desesperación sentimental y volitiva y el escepticismo racional frente a frente, y se abrazan como hermanos. Y va a ser de este abrazo, un abrazo trágico, es decir, entrañadamente amoroso, de donde va a brotar manantial de vida, de una vida seria y terrible. El escepticismo, la incertidumbre, última posición a que llega la razón ejerciendo su análisis sobre sí misma, sobre su propia validez, es el fundamento sobre que la desesperación del sentimiento vital ha de fundar su esperanza” afirmaba Miguel de Unamuno en El sentimiento trágico de la vida.

Otro malestar en tiempos de aislamiento es la incertidumbre, la zozobra ya mencionada. El escepticismo surge entonces luego de varios razonamientos sin respuesta, sin certeza, y aunque ya Descartes hablaba del “pienso, luego existo”, de la duda como método, en estos tiempos donde la tecnología nos acostumbró a tener la respuesta a todo en un click, olvidamos el manejo de la incertidumbre, de los sucesos que no tienen aún una explicación y que nos hacen pensar que la duda es un espacio para el pánico y no una oportunidad de repensar el modo en que estábamos concibiendo la existencia y la convivencia.

“Y ese escepticismo salvador de que ahora voy a hablaros, ¿puede decirse que sea la duda? Es la duda, sí, pero es mucho más que la duda. La duda es con frecuencia una cosa muy fría, muy poco vitalizadora, y, sobre todo, una cosa algo artificiosa, especialmente desde que Descartes la rebajó al papel de método. El conflicto entre la razón y la vida es algo más que una duda. Porque la duda con facilidad se reduce a ser un elemento cómico”, señaló Unamuno.

Enfrentarse al absurdo es caer en la angustia, es volver al temor por reconocer la inocencia, la inexperiencia. Confrontar la pausa del mundo como una distopía, como un escenario jamás pensado es un choque con una realidad que nunca se había pensado y que por ser tan desconocida provoca el temor al error, a asumir la culpa de ser salvador o de ser verdugo. Y todo este escenario no nos lleva a otro sentimiento más que al de la tragedia, al de ver la realidad con cierta mirada trágica, al de comprender que hacerse consciente del peso de la existencia y de la convivencia con los otros puede ser una condena, una actitud noble, pero también enfermiza, y que por aspirar a esa trascendencia de ayudar a los demás, de hacer parte de un legado, termina siendo difícil, desgastante, con ciertos tintes de desesperanza, pero también con el anhelo de aferrarse a la valentía y de ver estos malestares como partes  del sentimiento trágico que también apuntó Miguel de Unamuno.

“Hay algo que, a falta de otro nombre, llamaremos el sentimiento trágico de la vida, que lleva tras sí toda una concepción de la vida misma y del universo, toda una filosofía más o menos formulada, más o menos consciente. Y ese sentimiento pueden tenerlo, y lo tienen, no sólo hombres individuales, sino pueblos enteros. Y ese sentimiento, más que brotar de ideas, las determina, aun cuando luego, claro está, estas ideas reaccionan sobre él, corroborándolo. Unas veces puede provenir de una enfermedad adventicia, de una dispepsia, verbigracia, pero otras veces es constitucional. Y no sirve hablar, como veremos, de hombres sanos e insanos. Aparte de no haber una noción normativa de la salud, nadie ha probado que el hombre tenga que ser naturalmente alegre. Es más: el hombre, por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o a un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad”, concluyó el filósofo español.

 

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

De la angustia y lo trágico en Kierkegaard y Miguel de Unamuno

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