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De locos y de garrinchas (Como de cuento)

Eran, fueron la locura que se fue perdiendo con tanta profesionalización y tanta división del trabajo. Jugaban. Sacaban un par de conejos de un pedazo de arena, y eran capaces de hacer que saliera el sol en medio de una borrasca.

Garrincha, la pelota, la mirada clavada en el rival, y el rival tratando de adivinar qué iría a hacer el brasileño. Le decían Mané, tenía una pierna seis centímetros más corta que la otra. Era imprevisible. Cortesía

Jugaban. Inventaban y se inventaban cada tarde de domingo, en medio de los gritos, los chiflidos, las órdenes y lo que “debía ser” y lo que “debía hacerse”. Eran, fueron vida. Cada vez que la pelota llegaba a sus pies, la tribuna se levantaba, y del cemento y de las tablas y de los clavos surgían el asombro y la ovación, y en algunas canchas, el canto, y entre tantos cantos, uno en especial que decía “Si se calla el cantor, calla la vida…”. Eran, fueron la fantasía, y eran y fueron la magia. Solían decirles “locos” en un tiempo en el que no había quién pudiera medir su locura. Y seguro eran un poco locos.

Seguro, hoy los habrían tildado de bipolares o esquizofrénicos, como tildaban de enajenado mental y otras cosas a Garrincha, uno de aquellos locos del potrero, a quien casi dejan por fuera del Mundial del 58 porque el informe médico del especialista médico de la Selección de Brasil decía que era un trastornado, o algo por el estilo, y que no podía jugar. Y seguro, si no hubiera sido porque el fútbol estaba por encima de la ciencia y de los informes, por lo menos en aquellos tiempos, Oswaldo Brandao, el técnico, lo habría dejado por fuera del equipo, y la historia hubiera sido otra, muy otra, porque Garrincha fue esencial para que en aquella copa Brasil ganara su primer título del mundo. Y lo fue por loco, por mágico, por esquizofrénico, por atreverse a ser él, por inventar sobre la marcha, por hacerse el tonto cuando le ordenaban que hiciera esto o aquello.

La historia hubiera sido otra, imposible de comprobar, por supuesto, si los locos del fútbol no hubieran salido a la cancha, porque allí donde había especialización, fuerza, relevos, orden, planes y estrategias, ellos eran los únicos que podían desbaratar los esquemas. Con  una gambeta corta, un enganche, un toque de primera, un volver a gambetear, lograban atraer una, dos, tres marcas y liberar el resto del campo para el resto. Eran la promesa permanente de desordenar al rival, y esa característica jamás tuvo precio. Eran locos, les decían locos. Garrincha dijo mucho tiempo después del Mundial del 58, inmerso en la ruina y el alcohol, suplicando para que le pagaran unos cuantos cruzeiros a cambio de ponerse la camiseta de Brasil con el número siete a la espalda en las comparsas de los carnavales de Río de Janeiro, que los jugadores eran como payasos.

Que los aplaudían si hacían las cosas bien, y que los chiflaban si no. Punto. Él mismo se definía como un “garrincha”, y solía recordar que una de sus hermanas lo empezó a llamar así porque era como un pájaro muy veloz que no servía para nada. Garrincha pájaro, Garrincha locura, Garrincha magia, Garrincha improvisación, Garrincha poema y Garrincha historia, o todas las historias, como aquellas que se repetían sobre las mujeres que iban buscarlo al Galeao, de Río, cuando llegaba de viaje para pedirle que les hiciera hijos, o aquellas que se contaban sobre la gente que hacía cuadras y cuadras de fila para ir adonde una santa, hechicera, curandera, bruja, adivina y musa, la bruja Luisa Inacia, para pedirle que aliviara a Garrincha de sus males y sus padecimientos cada vez que salía en los periódicos que había vuelto a sus viejas andadas de trago y de mujeres o que se había herido.

O antes de un partido importante del Botafogo, o a comienzos del 66, cuando se lesionó y todo el país imploraba que se curara pues en junio se jugaba el Mundial de Inglaterra, y Garrincha, o Mané, como lo llamaban los amigos, o Manoel dos Santos, como decían sus documentos oficiales, era esencial para Brasil, en Brasil y con Brasil. Lo de Inglaterra fue poco menos que una tragedia futbolera para Brasil, pues con la permisividad o no de los árbitros, los brasileños naufragaron, y Garrincha fue una sombra de lo que había sido en Chile cuatro años antes. Garrincha sombra, que había comenzado a ser sombra por el éxito y la victoria en la Copa del 62, y por el amor de una mujer, Elza Soarez, una cantante de nueva bossa, “bossa nova” que, como solía decir, había nacido y crecido en el Planeta Hambre.  

Garrincha y Pelé dirían con los años que la conocieron al mismo tiempo, en el vestuario después de un partido, y cada quien según su versión aclararía que a los dos los deslumbró. Pero ella se prendó del Ángel de las piernas torcidas, como había llamado Vinicius de Moraes a Garrincha.  “A un pase de Didí, Garrincha avanza / Pegado el cuero al pie, con ojo atento / Dribla a uno, a dos, después descansa / Como midiendo el lance y el momento. Le llega un presentimiento: se lanza / Más rápido que el propio pensamiento / Dribla a otro, dos más, la bola engancha / Feliz entre sus pies… ¡los pies del viento! Transportada, la multitud contrita / En trance de muerte se levanta y grita/ Su unísono canto de esperanza. Garrincha, el ángel, oye y atiende: ¡Goool!!! / Es pura imagen: una g chuta una o Tras la línea l. ¡Es pura danza!"

Pelé y Garrincha se habían visto por vez primera a finales del año de 1956 en un partido de fútbol, como no podía ser de otra manera. Esa tarde el Santos venció a Botafogo 4-0. Los cuatro goles los anotó Pelé. Nunca fueron amigos, pero se hablaban, tenían que hablarse. Jugaron juntos tres Mundiales, le dieron a Brasil dos títulos, infinidad de alegrías, vida, ilusión, pero eran distintos, diametralmente diferentes. Garrincha siempre fue el loco de la punta; Pelé, el ejemplo. Decían que uno nació para sufrir y el otro para triunfar. Dijeron que uno fue parido por una de sus hermanas, violada por su padre. El otro fue el hijo toda la vida esperado por su madre. Día y noche, infierno y cielo. Pelé se dejó ver con las mujeres más famosas del mundo. A Garrincha el pueblo le ofrecía sus hijas para que les engendrara hijos. O Rei y el Ángel de las Piernas Torcidas. 

“¿O Rei? -le respondería Garrincha a Álvaro Cepeda Samudio- Nadie es rey en el fútbol, no somos reyes de nada. Somos jugadores de fútbol profesional. Somos, ya lo dije, payasos. Todos somos iguales. Yo soy igual a Pelé, y detrás de cada gol suyo está uno de nosotros, uno del conjunto. El público aplaude a uno, no a todos. Es el fútbol. Lo de los reyes lo inventaron los periódicos…”.

La última vez que se encontraron fue durante los carnavales de Río, en 1980. Pelé estaba en el palco de honor, sentado al lado del presidente y de las altas personalidades del gobierno. El pueblo cantaba y aplaudía. Las carrozas pasaban, se iban. Pasó una que decía “de los potreros a la Jules Rimet”. Dentro iba un hombre flaco, casi amarillo, sudoroso, sentado en una butaca, mirando sin mirar, vestido con el uniforme de Brasil. “Mané, Mané, soy yo, Pelé, Mané, soy yo, Pelé”. La carroza pasó sin que nadie la detuviera, como en cámara lenta, en medio de la samba y la alegría. “El dinero no hace la felicidad”, dijo luego Garrincha, como tantas y tantas veces en su vida. Tres años más tarde, el 20 de enero de 1983, un empleado de hospital recibió el cadáver de un hombre que debía estar por los 50 años. En una ficha de identificación escribió: Nombre, Manoel Da Silva. Nacionalidad, desconocida. 

Luego supo que aquel hombre sin identificación era Garrincha, y Garrincha fue enterrado en Magé. Decenas de miles de personas fueron a su sepelio y se le erigió una estatua y fue reverenciado como lo merecía. Sin embargo, pasadas varias décadas, un familar retiró sus restos. Nunca se supo por qué. Garrincha fue a dar a un nicho. Luego desapareció. Los diarios de Río de Janeiro y de toda Brasil difundieron la noticia, luego de que la oficina de prensa del alcalde, Rafael Tubarao, informara que no habían encontrado su cadáver. “Teníamos previsto hacerle un homenaje en octubre”, dijeron y mintieron, y entre sus dichos y sus mentiras, se entreveraban las viejas palabras de Manoel dos Santos, siempre presentes, siempre certeras, lacerantes, iluminadas, irónicas, tristes pero reales: “El garrincha es un pájaro muy veloz, pero no sirve para nada, no hace nada. Mire, el garrincha soy yo…”

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Fernando Araújo Vélez

Cultura

De locos y de garrinchas (Como de cuento)

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