De periodistas, temblores y encuentros inesperados

El nobel fue durante décadas uno de los vecinos más ilustres del sur de la Ciudad de México. Amigos, escritores y seguidores lo recuerdan.

La Calle de Fuego en la colonia Jardines de Pedregal, ayer, frente a la casa de García Márquez. / AFP

La Calle de Fuego, en la colonia Jardines del Pedregal, amaneció tranquila el Viernes Santo. Las inmensas y lujosas viviendas tenían sus puertas cerradas, el sol de abril iluminaba las buganvilias y las jacarandas de los jardines, alguna lagartija trepaba los muros de piedra volcánica y los pájaros cantaban fuerte. Una que otra vecina corría con audífonos por la mitad de la vía, como cualquier otra mañana. La calma se interrumpía frente al número 144, la casa de Gabo, donde estaba reunida una turba de periodistas, camarógrafos y fotógrafos de medios locales e internacionales que se acercaban en masa a cualquier familiar o amigo que llegaba a tocar la puerta.

“¿Quién es ese?”, preguntó un camarógrafo a un periodista. “No sé”, respondió éste. Aun así todos rodearon al escritor Guillermo Angulo, amigo de Gabriel García Márquez de toda la vida, y lo aplastaron contra la puerta, que tardó unos minutos en abrirse para que él pudiera escapar de los gritos y los lentes. Minutos más tarde, a eso de las once de la mañana, llegó un carro Honda dentro del que iba Rodrigo García Barcha. Todos se agolparon sobre el vehículo, que apenas se libró de los periodistas aceleró y se fue hasta el final de la calle.

Volvió a pasar tres veces a cierta velocidad frente a la casa, hasta que salió la empleada del servicio y le dijo con angustia a Rodrigo: “¿Qué hago? Se atoró la puerta del estacionamiento”. Él no respondió, pero su cara mostraba su muy mal humor. No quiso bajar del carro hasta no estar en la zona segura del interior del garaje. El carro se alejó de nuevo y no regresó.

Un ramo de lirios y otro de rosas amarillas decoraban tímidos la esquina al lado de la puerta. Era la única muestra del cariño de los seguidores del nobel que se podía ver el viernes frente a su casa. Quizás el susto del fuerte temblor que sacudió la ciudad a las nueve y media de la mañana les quitó los ánimos de peregrinar hasta el sur de la Ciudad de México. Aun así muchos recurrieron a las redes sociales para compartir las fotos que se tomaron en cualquier encuentro furtivo que tuvieron con el escritor. “A él no le gustaba aparecer en público y llevaba una vida bastante privada. Lo bonito es que a García Márquez sí se le veía en la calle”, dijo para El Espectador el escritor mexicano Ignacio Padilla, que comparó el cariño del público al nobel con el que les tuvieron las masas a Lope de Vega y Víctor Hugo.

A Gabo le gustaba mucho salir a pasear por el centro comercial Perisur, uno de los más grandes de la ciudad, y fue allí donde la profesora de español y literatura Mirena Berganza se lo encontró en dos ocasiones, la primera en una tienda de maquillaje. “El chofer se dio cuenta de que lo había reconocido y me dijo que si quería tomarme una foto con él y acercarme a saludarlo. Platicamos tonterías y entonces me agarró del brazo y me dijo: ‘Pues ya vámonos a la casa’. Yo le dije: ‘Pues yo voy a donde usted me diga’. El chofer me aclaró que tenía una nieta justamente de mi estatura: ‘Seguro te está confundiendo’”. En ambas ocasiones, Mirena se tomó fotos con él y las subió a su Instagram. La última fue hace 65 semanas.

Magdalena Rodríguez, amiga íntima de la familia y dueña del Piano Bar Siqueiros, uno de los lugares favoritos de García Márquez y su esposa, Mercedes Barcha, en México, habló para El Espectador la noche del 17 de abril, minutos después de salir de la casa del nobel. Con nostalgia recordó la champaña y buena música que solían compartir en el bar donde él por tradición celebraba sus cumpleaños y los de Mercedes y donde presentó sus últimos dos libros: Memoria de mis putas tristes y Yo no vine a dar un discurso. “Le encantaba que le llevara vallenatos y mariachis. Un año llevaba yo vallenatos, un año llevaba mariachis”, aseguró Magdalena. “Porque todo lo disfrutaba, a él le gustaba mucho la música, era un hombre muy musical. Él me enseñó a bailar vallenato”. Lo que más extrañará su entrañable amiga es el poder que tenía el escritor de iluminar el bar cada vez que entraba. Cuando se le preguntó acerca de la enfermedad y la convalecencia del nobel, se despidió amablemente y terminó la conversación.

Ella no es la única que ha guardado silencio. Prácticamente todos los allegados han declinado dar detalles sobre los últimos días de García Márquez. Iván Granados -Hay, encargado de la biblioteca personal del escritor desde hace siete años, dijo que estaba muy molesto por la falta de respeto a la intimidad de la familia por parte de los medios en estos momentos de luto. Aun así se tomó unos minutos para recordar a su jefe. “Cuando yo tenía como catorce años él estaba escribiendo ‘El cataclismo de Damocles’, un discurso sobre la preocupación por el armamentismo mundial. Me dijo que el discurso tenía dos páginas y media y me preguntó si sabía cuánto tiempo se había tardado en escribirlo. Le di un numero ahí, pero obviamente era muchísimo más porque para hacer un discurso de dos páginas había investigado meses y meses. Eso me dio la dimensión del aprecio que él le tenía a su oficio y a su escritura”.

Gabriel García Márquez vivió en el sur de la Ciudad de México desde que se instaló en el país, en 1961. Primero en la casa de San Ángel, donde se encerró a escribir Cien años de soledad, y luego en la Calle de Fuego. Su casa quedaba a pocos minutos de la de Álvaro Mutis, quien vivía en la Calle de Hidalgo, en la entrada de San Jerónimo, y de la de Carlos Fuentes. Los tres amigos, además de ser entrañables, se distinguieron por vivir precisamente en ese sector y no en Coyoacán o La Condesa, las zonas más bohemias de la ciudad, en donde vive la mayoría de artistas y escritores. “Aquí murió Gelman, premio Cervantes; aquí murió Mutis, premio Cervantes; aquí murió García Márquez. Digo: algo tendrá México que sí ha sabido recibir a estos monstruos”, aseveró Padilla. Por eso el lunes se le hará un homenaje al nobel colombiano en el Palacio de Bellas Artes, honor reservado a los más grandes.