De cómo un aprendiz conoció al maestro Gabo

De cómo un desprevenido guía de turismo y estudiante de periodismo fue invitado por el nobel de literatura y su esposa Mercedes Barcha a la intimidad de su casa en Cartagena.

García Márquez en su casa de Cartagena acompañado de la alemana Claudia Foecking y Carlos Manrique. / Cortesía - Archivo particular

Alguien me había dicho que Gabriel García Márquez estaba de vacaciones en Cartagena. De inmediato, y aunque sabía que no era fácil verlo, decidí emprender el viaje, armado de esperanza y consciente de que mi empresa tenía más posibilidades de fracaso que de victoria.

Había caminado las calles buscando alguna pista que me permitiera llegar hasta el autor de Cien años de soledad y solo recordaba la condición derrotista de muchos que habían intentado una entrevista, una conversación, un autógrafo o siquiera una foto con nuestro premio Nobel de Literatura y nunca lo habían logrado. Una enigmática polaca, por ejemplo, había gastado durante dos meses varias horas en la mañana y el mediodía esperando en la puerta de la casa del autor. Cada día llevaba cartas en polaco y, ocasionalmente, flores amarillas.

Varias veces me había acercado a su residencia. Completaba tres días de insistencia en los que recibía amables negativas pues me contestaban que estaba durmiendo o que lo habían invitado a algún lugar. Fue tanta la amabilidad y la certidumbre de saber que a Gabo, como cariñosamente le dicen sus amigos, deben sobrarle invitaciones y faltarle tiempo para complacer a todos quienes quisieran compartir con él, que decidí no rendirme ni dejar que un par de intentos fallidos me hicieran desistir.

Luego de tanta insistencia había resuelto decirle que mi tatarabuelo había sido no solamente compañero de armas del coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, su abuelo, sino también su gran amigo. Seguramente esta relación de amistad de la cual se había comentado en la familia durante varias décadas, tuvo algún efecto en ellos, porque un par de horas antes, sin comprometerse de ninguna manera, alguien me había dicho que intentara a las doce del día. Convencido y confiado en una aprobación para mi visita, decidí volver a esa hora.

La conversación telefónica con la encargada de los asuntos de la casa fue breve, sólo me preguntó dónde estaba y le dije que muy cerca de la entrada principal. Hubo un silencio de segundos que me parecieron más pausados que de costumbre, hasta cuando su voz educada pero segura me dijo con amabilidad: “Llegue a la puerta principal y espere un momento”. Así lo hice y tras un par de minutos abrieron el portón. Una mujer joven, de tez blanca y delicados modales nos permitió pasar a mí y a Claudia Foecking, una amiga alemana también deseosa de conocer a García Márquez.

Subimos lentamente una escalera. Podía ver la figura de un hombre sentado, las manos apoyadas sobre la mesa y la mirada fija en algún punto exacto, parecía tener un escultor del otro lado detallando las expresiones de su rostro. Era Gabriel García Márquez que se preparaba para el desayuno.

Al acercarnos, me miraba detalladamente, analizando cada una de mis palabras y movimientos. Su saludo fue lleno de ternura y amistad, daba la sensación de habernos visto en alguna otra parte. A Claudia le señaló la mejilla izquierda con su índice y ella comprendió que debía darle un beso lleno de ternura al maestro de las letras.

La primera impresión que tuve fue que, más allá de estar al lado del gran escritor, estaba al lado de una gran persona. Sus ojos llenos de bondad seguían mirándome mientras yo agradecía a su esposa Mercedes Barcha el privilegio de habernos permitido entrar a su casa, pues soy muy consciente de que mucha gente hubiese querido compartir siquiera un par de minutos con él.

Yo les hablaba de mis proyectos como estudiante de comunicación social y periodismo, también que parte de mi familia vivía en Aracataca. Me preguntó en qué parte vivía mi familia, respondí, y su respuesta fue un silencio y una leve aprobación con la cabeza, como quien ha entendido el mensaje pero no quiere añadir algo más.

En ese momento apareció en el comedor una mujer madura con sonrisa piadosa, quien nos traía jugo de corozo. El maestro, con la astucia y el mamagallismo que siempre lo han caracterizado, nos dijo: “Ahora les viene la cuenta”.

Su esposa hablaba con nosotros de diferentes temas, Gabo escuchaba atentamente cada palabra. Nos miraba como escudriñando el alma y regalaba una sonrisa de vez en cuando antes de aportar brevemente algo a la conversación. Le dije de la manera más elaborada y con algo de timidez: “Maestro, no se le olvide que tenemos que tomarnos una foto”. Me dijo sin moverse, pero con toda la mecánica del protocolo mamagallístico del Caribe: “No se preocupe, en esta casa hacemos esa clase de sinvergüenzuras”.

Nos tomamos varias fotos, especialmente con la tableta de la señora Mercedes, quien amablemente después me las envió al correo. El maestro García Márquez nos firmó varios libros, unos para la colección personal y otros para familiares que durante años habían anhelado siquiera un trazo del celebrado autor.

Mi amiga Claudia había puesto sobre la mesa algunas fotos de Cartagena. Gabo las tomó y después de mirarlas detenidamente dijo: “Qué bonitas”. Doña Mercedes advirtió que la ciudad está hermosa, pero hizo la salvedad: “Si salimos, la gente no lo deja caminar”.

Había planeado hablarle muy poco de literatura, no solamente porque quería compartir más con el ser humano que con el escritor, sino porque estaba seguro de que debe incomodarle que la mayoría de personas se le acerquen para conocer algo de su actividad creativa, sobre todo ahora que ha escogido sabiamente un silencio ante los medios y se ha dedicado a vivir horas llenas de paz al lado de su familia.

En cambio, le expresé mi admiración por el vallenato, especialmente por las composiciones de Rafael Escalona y Leandro Díaz. Doña Mercedes añadió en ese momento que recientemente lo habían visto en una fiesta donde habían sido invitados.

Después de ese largo tiempo conversando comprendí que ya era tiempo de irnos. Nos tomamos la última foto y después de darme un abrazo lleno de ternura y sinceridad me dijo: “¿Por qué te vas?”. Le expliqué que debía volver a casa. “Maestro, que Dios lo bendiga”, agregué.

Esperó que me acercara a Doña Mercedes para despedirme y después de haber abrazado cariñosamente a Claudia, me dio nuevamente un abrazo, igual de emotivo y franco: “Por allí nos estamos viendo”, me dijo. Se sentó en silencio, despidiendo nuestros pasos con la mirada.

Fue una experiencia enriquecedora que me permitió conocer no solamente al buen escritor, sino al gran ser humano que vive y existe y que responde al nombre de Gabriel García Márquez.


* Artículo publicado originalmente el 2 noviembre de 2013 en El Espectador