El Magazín

Defender a la U. pública y vencer el autismo mediático

En momentos en que se incrementa el riesgo de que los sucesivos Gobiernos acaben con lo que queda, o con lo poco que van dejando, de Universidad Pública, cobra vigencia un texto que presenté hace 17 años en el Auditorio Alfonso López Pumarejo de la U. Nacional, de Bogotá, dentro del Seminario sobre la Verdad del 30 de agosto, fecha en que cayó, en predios del Alma Mater, el patrullero de la policía Mauricio Soto.

Archivo El Espectador

Esta es una crónica de lo que pasó ese día cuando, siendo profesor de la Facultad de Derecho, el Director de Ciencia Política, Miguel Ángel Herrera Zgaib, me invitó a participar. En efecto, acudí al llamado, llegué al edificio Uriel Gutiérrez, pedí instrucciones para mi inscripción, las recibí y me senté a esperar el turno. La señora que me atendió, muy formalita, jeje, me dijo que iría antes del estudiante Fernando Pachón. Pasado un tiempo y mientras se presentaba quien lo precedía a él, aproveché para ir al baño. Cuando volví, oh sorpresa, estaba no quien me precedía sino el propio Pachón: había sido burlado, ¡de momento! Rápido, entendí por qué.

Cuando terminó esa persona su presentación, levanté la mano y le pregunté a la señora formalita qué había pasado. Me ofreció disculpas y me dijo que si habría algún problema en que hablara después del vice-rector de sede, Leopoldo Múnera Ruiz, y del senador Enrique Gómez Hurtado (el hermano del godito que pasaba por de izquierda, cuando convenía claro, y a quien le decían en su época “todo lo de Gómez es hurtado, por su apellido, pero aquí sin mayúscula: aunque los hurtos sí fueran mayúsculos, já), que acababan de ingresar. Le dije, “encantado”. Así fue. Cuando llegó, finalmente, mi turno me paré frente al atril y al disponerme a leer mi ponencia (“de diez minutos”) me acordé de unas palabras que no estaban en el guion y las que (anti)dediqué al citado (c)enador Enrique Gómez, quien, a propósito llegó acompañado de sus habituales “gorilas” (que nada tienen que ver con los inocentes animales); entonces, mirándolo a los ojos, que él no sabía cómo esquivar, le dije: “Estas palabras fueron retomadas del Tao Te Ching, de Lao-Tsé, por el cineasta ruso Andrei Tarkovski para su filme Stalker: ‘Cuando el hombre nace es débil y ágil; cuando el hombre muere es fuerte y duro. La fuerza y la dureza son amigas de la muerte’.” No sé por qué, jejeje, de los ojos del honorable brotaba entre pólvora y hiel. Y, entonces, comencé.

Sin preámbulos, el caso de la muerte del patrullero Mauricio Soto demanda la atención sobre dos aspectos fundamentales: la manipulación de los medios masivos y el juzgamiento apriorístico de un sindicado (aún no juzgado ni mucho menos…) ya condenado por las autoridades y la sociedad. Si se revisa buena parte de la bazofia informativa en torno al tema no sorprende encontrarse con que la mayoría de los medios acusa desde ya al sindicado, Jairo Augusto González, de 32 años, por estar el 30 de agosto en la Universidad, haber participado en los disturbios y haber sido tomado por una cámara de RCN cuando deposita a un niño en los brazos de otra persona. Entonces, presurosos acuden los medios en su afán revanchista, en abierto prurito de ciega justicia, en desmedido tropel de condena, y ya está un ser humano puesto para siempre en la picota del escarnio público.

Pero, como los medios no actúan solos ni libres ni sin que les digan lo que deben decir y hacer, presto acude (acosado más por el rating, preocupado menos por la justicia) el Alcalde de Bogotá [qué curioso, el mismo de hoy, Kike Peñalosa], en premeditado acuerdo con el Comandante de la Policía Metropolitana, a ofrecer $50 millones de recompensa por el ‘criminal’ que (y esto no mueve a reírse sino a indignarse) “segó la vida en plena primavera a un abnegado e inerme patrullero de 21 años de edad”. Que se sepa, nadie antes ofreció un peso por los asesinatos, también premeditados, del inconforme estudiante de derecho Humberto Peña Taylor o del profesor y negociador de paz Jesús A. Bejarano o del profesor e investigador de las mafias política y de drogas Darío Betancourt o del también investigador Hernán Henao, quien previamente a su muerte ‘cometió el delito’ de mostrar a la luz el cáncer de los desplazados forzados en Colombia, fenómeno que contra lo que se divulga y, por ello, se cree, supera los dos millones [hoy, los 7.2 millones (1)]. Claro, en estos casos, pareciera tratarse de individuos de la peor calaña que no merecen otro ‘destino’ (y no ‘suerte’) que el asesinato: y no, como realmente es, de personas que han hecho de la U. un campo de debate, de discusión, de análisis y de crítica, como corresponde a un espacio que se creó para respetar la vida, la integridad y la dignidad humana y en el que teóricamente, como reza —“el que peca y reza empata”— la Constitución del 91, se garantiza, el respeto por las ideas y opiniones ajenas, el disenso y el debate amplio y plural.

Pero no solo eso: también la autonomía de la U. conforme a dicha Constitución y a la Ley que, ya se sabe, vive en un piso distinto al de la Justicia. Hecho que marca diferencias radicales cuando el manejo de esta se realiza desde el lado oficial, según se puede comprobar en el caso que nos ocupa y que ha derivado en una estigmatización de la U. Nacional, como se puede inferir de un artículo como el de Revista Semana titulado Muerte en la ‘U’ (2). Artículo que no informa sino que pontifica, que en vez de comunicar divide por anatematizar, que en últimas no conduce a la persuasión sino a la desconfianza. En él se habla del estímulo a la “participación ciudadana” con el dinero ya mencionado, cuando ya se sabe del peligro que corre el informante y de la negativa oficial a entregar una suma de por sí escandalosa. Más adelante, refiere el rechazo de los estudiantes a colaborar con las autoridades “por temor a las represalias de los grupos que dominan el campus”.

Por un lado, si esto fuera cierto no habría Campus [hasta hoy] y, por otro, todos conocen el riesgo que se corre por colaborar con tales autoridades: cárcel, por presunta vinculación con grupos “subversivos”. En estos casos, la mejor decisión es no colaborar. Luego, señala que el miedo es sentido no solo por los estudiantes sino por los investigadores, quienes afirman que la UN “se ha vuelto una especie de lugar vedado al que no se puede entrar”. Si esto fuera cierto, dice Perogrullo, el patrullero Soto no estaría adentro en el momento en que lo mataron. Como tampoco los milicos/sicarios que sacaron del claustro al profesor Alberto Alava y lo asesinaron en 1982 (3) o los sicarios oficiales/clandestinos que entraron a la Facultad de Derecho y en plena cafetería le pegaron más de cinco tiros a Peña Taylor. De ser descabellado lo que aquí se afirma, no lo sería en cambio que el Gobierno ofreciera también recompensa por quienes resultan piedras en un zapato de fabricación gringa.

Más adelante, el incendiario, sesgado e irresponsable artículo de Semana, escrito por un anónimo y cobarde enemigo de la universidad pública e interesado en que la U. se acabe a como dé lugar [como pasa hoy: van aquí dos versiones contrastantes (4)], asegura que los investigadores, a su vez, aseguraron —de dos aseguraciones es seguro que una bien insegura resulte— que los jíbaros (traficantes de droga al por menor) son “el soporte financiero de los revoltosos” y, otra perla, que dichos “jíbaros se camuflan en el lenguaje revolucionario para atrapar estudiantes” [hecho, hoy, absurdo e imposible cuando se sepa que a los estudiantes se les da una dosis diaria de ADN, vía intravenUSA, por cuenta del periodiquillo del mismo dueño de El Tiempo de los colombianos]. Sin comentarios. Y ¡plop!. Que se sepa, el único idioma que habla el jíbaro es el dinerol. Y vienen enseguida dos revelaciónes (sic) de esas (in)dignas de Viena [Ruiz], de Gloria [Congote], de Diana [Sofía Giraldo], de Paola [Turbay], de Ma. José [Barraza] y de tantas otras de cuyos nombres no quiero ni podría acordarme: 1ª) “Detrás de las autodefensas está Carlos Castaño”, el campeón olímpico de balaolímpico, sí, pero no homologado; 2ª) El que el encapuchado haya atacado al patrullero con un explosivo “hace más grave su actuación” [a la luz de hoy ese dislate no lo comete ni siquiera Kike Peñalosa y eso ya es mucho pedir].

Así, poco importan los medios que se utilicen para descubrir al encapuchado con tal de conseguir el fin: saciar la sed de venganza de una sociedad que donde quiera que mire tiene un enemigo o un deudor o un contradictor, así no sean reales. Sin importar, además, que sean gratuitos. Parodiando a Semana, al final de su engendro informativo, “eso garantiza que, por unas cuantas semanas, los colombianos tendrán que soportar el espectáculo de la degradación de la [prensa frente a la] protesta universitaria”. En efecto, con inusitada rapidez e igual despropósito, en menos de diez días posteriores a los sucesos del 30 de agosto y nadando en las inciertas aguas del onanimismo informativo, los titulares de prensa y de televisión más notorios y no notables se apresuraron a señalar a un hombre de 32 años como autor del delito de homicidio agravado, sin haberlo juzgado ni mucho menos condenado. Y todo el mundo canta el triunfo de la justicia revanchista sin olvidar un coro.

Y el país se conmueve con el saludo de Clinton y la servil muestra de cariño de la perra antidrogas: es decir, no solo de Darling (5). Y a nosotros rápido se nos olvida, si es que nos informaron o si nos dimos cuenta o ya no sabemos, que ese mismo 30/ago como resultado de la violencia otros 26 colombianos fueron asesinados en distintas regiones del país. Y pum. Sin comentarios. [Salvo uno: lo mismo que hoy, en pleno cese parcial de la guerra, no Acuerdo ni Transición, mucho menos Pos conflicto: entre 2016 y 2017 ya van asesinados más de 186 líderes sociales y campesinos, maestros y periodistas, entre otros (6)]. Porque solo la contraparte oficial puede hablar [así yo, ahora, pase por encima de ella, já]. Y solo ella decidir, con la ayuda, claro, de los medios masivos a su servi(l)cio —y no me equivoco— cómo y a quiénes se les informa sobre el acto criminal del Ejército cometido contra seis niños: “error humano” [menos mal no fueron extraterrestres, esa otra invención mediática para cuando sea menester]. Los que al ser asesinados estaban rodeados por unos guerrilleros de fantasía que solo las autoridades castrenses vieron y cuyos ectoplasmas la prensa reprodujo con una fidelidad increíble: sí, porque aún no se puede creer.

Y así vamos, y así seguimos y así… en medio de conjeturas, rumores y chismes que, de la forma más miserable, nos devuelven el más inquietante rostro de la realidad [también hoy]. Una realidad cruda, cierta, aplastante que ni siquiera los más avezados cirujanos plásticos de la información light logran deformar, a pesar de sus ingentes esfuerzos por volver unánimes, invisibles, anónimas las personas, situaciones o cosas, siempre que sea conveniente. O, en igual sentido, dar la chiva de lo que no se sabe: entre un 80% y 90% se distorsiona la información que presentan los medios para América Latina y eso para no hablar de la que se publica sin confirmar (7). Como cuando al día siguiente de sus crímenes se aseguró que “la mafia mató” a Jaime Pardo Leal, a José Antequera, a Carlos Pizarro, a Manuel Cepeda y a todos los demás que piensen distinto. La intolerancia es la única que en Colombia no discrimina. O como en el caso del patrullero Mauricio Soto, quien ante la dificultad que entraña hacerlo por la vía legal, huelga decir a estudiar, un día quiso entrar a la U. desafiando a la Constitución y a la Ley y a las normas del Derecho Internacional, que declara a la U. Pública un espacio vedado para la fuerza pública; y entró. Y, bueno, después se ofrecieron 50 millones de pesos por el autor de su muerte; y a estas alturas ya no importa a quién no se los dieron; y las autoridades del Alma Mater se desbocan a ofrecer disculpas. Y las oficiales las aceptan y perdonan transitoriamente pero, no olvidan jamás, sobre todo, cobrar venganza. Entonces, de modo no tan providencial, aparece el chivo expiatorio, que la prensa no demora en llamar culpable, por conjeturas y sin pruebas, cuando comparece al proceso penal apenas como sindicado, lo que se hace cada vez que sea necesario [como hoy, por contraste, al defender lo que no se puede, el abogado Jaime Granados cada vez que intenta con Álvaro Uribe, Luis C. Osorio, Santiago Uribe y para ello invoca la figura tramadora de que “hay que aplicar la presunción de inocencia, antes de juzgar a alguien”, como lo hizo en debate reciente con Claudia López y Ramiro Bejarano sobre la red criminal que se tomó la Justicia: Bustos, Ricaurte y Montealegre (8); o el abogado Jaime Lombana cada vez que intenta defender a los hijos de Uribe, Tom & Jerry].  Y, por último, la sociedad en masa festeja la estocada en el herido lomo, por tantas banderillas de paz y de mierda, de ese animal sangrante, que uno quisiera poderoso toro de la universidad pública: que responde al nombre de U. Nacional de Colombia. Sí, de Colombia: toro al que hay que salvar, cueste lo que cueste vencer al autismo deliberado y pernicioso de los medios que se hallan en poder de ese raro pulpo criollo que, menos mal, apenas tiene tres miembros… ¡ufff!, pero qué miembros y con esos basta, dicen ellos, claro: la Org. Luis Carlos Sarmiento Angulo, la Org. Carlos Ardila Lulle y el Grupo Empresarial Santo Domingo (9).

Ya al terminar alguien me envió un papel, como siempre en estos casos, para anunciar el fin del tropel, jejeje: “Falta un minuto”; “en 30 segundos acabo”, respondí. Cuando terminé, y ante la poderosa ovación del público, sentí que levitaba y, dada la presencia de los gorilas antropomorfos de Gómez Hurtado, la mente me envió una imagen ya no tan esotérica: iba en un Dolly, cual Malcolm X en el filme de Spike Lee cuando se dirige al Audubon Theatre, es decir, a la muerte: solo que en mi caso no se trataba de una película sino de algo concreto, la crónica de una muerte anunciada, eso sí, no cumplida, por fortuna. Cuando tomé mis papeles y fui a sentarme, tuve una de las satisfacciones y uno de los motivos de orgullo, sano, no picado por el tábano de la vanidad, más grandes de la vida: de la silla posterior a la mía, se paró una institución en persona de la U. N. de Colombia, el abogado, humanista y viejo amigo de mi padre, Eduardo Umaña Luna, para decirme: “Profesor Muñoz, lo felicito, lo suyo es lo único inteligente que he escuchado hoy.” Luego, fui, como es habitual en estos casos, abordado por un par de canales de TV. Entre ese día y hoy, 2017, ya, bendito sea, como diría el creyente, no salgo allí y mucho menos por eventos como el del patrullero Soto: además, ¿cómo haría con tanto muerto que hoy en Tumaco baja poco mansamente a la tierra del recuerdo?, para recordar al poeta Luis Vidales en su Oración a la paz, pertinente no solo para concluir sino, ante todo, para pensar en lo que nos pasa como sociedad, una sociedad enferma, descompuesta, corrupta hasta los tuétanos y en las manos sucias de empresarios, políticos, autoridades militares y de policía, pero más que nada en las de un putrefacto sifón de jueces teñido de mafia por los cuatro puntos cardinales que son tres que son dos, la corrupción y el dinero, que termina siendo uno: el dios dinero.

Oración a la paz: No más guerra./ Un muerto deja de tener partido./ Pregúntale al obrero que está inerte./ Inquiérele al que yace, si es soldado./ Al campesino si quedóse yerto./ Cada uno es un muerto de la Patria,/ uno menos de los suyos,/ y no hay uno que no le duela en sus entrañas./ La paz los quiere ver de pie. Que a nadie de los millones de Colombia/ les cercenen sus pasos…/ Que no se sienta mútila/ en su existencia laborante/ ni en una sola de sus manos,/ ni en uno de sus frutos, ni en sus sueños,/ ni siquiera en un árbol./ Que sea intacta en su belleza,/ y en el culto a los muertos. Y que mansamente sigan bajando las criaturas/ a su territorio del recuerdo. (10)

A mis hijos: Valentina, quien nos sigue doliendo en las entrañas,

y Santiago, quien sigue siendo más que uno entre los nuestros.

A todas las víctimas de la Masacre de Tumaco.

       

Notas:

(1) https://www.telesurtv.net/news/72-millones-de-desplazados-en-Colombia-la-mayor-cifra-en-el-mundo-20170522-0034.html

(2) Revista Semana N° 957 4/11 septiembre 2000, artículo Muerte en la U.

(3) http://centromemoria.gov.co/el-profesor-alava-el-magnicidio-del-mas-2/

(4) http://www.semana.com/educacion/articulo/rector-de-la-universidad-de-antioquia-habla-sobre-crisis-de-la-educacion/517399

http://www.rebelion.org/docs/224583.pdf  

(5) http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1302278

(6) https://www.telesurtv.net/news/186-asesinatos-de-lideres-sociales-desde-2016-en-Colombia-20170713-0046.html 

(7) https://mundo.sputniknews.com/americalatina/201505201037561897/

(8) https://www.youtube.com/watch?v=7A0qXLCHVKY

(9) https://www.las2orillas.co/de-quien-son-los-medios-de-comunicacion-en-colombia/ 

(10) Tomado de Poemas del abominable hombre del barrio de Las Nieves, Edics. Aurora, Bogotá, 1985, 89 pp.: 73.

 

 

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