Delirio

A la mujer le dolía tanto la cabeza que se le estalló. El ruido fue parecido a la explosión de un globo inflado con helio. El cuerpo inerte cayó. En el aire, las palabras y las imágenes flotaban. Eran muchas, todas las que guardaba desde pequeña.

Gova

Las personas que estaban en la plaza principal quedaron sorprendidas. Algunas se asustaron y salieron a correr; otras agrandaban los ojos para ver más allá de las visiones, y pocas, con seguridad y éxtasis, caminaron con pasos firmes hacia la magia flotante del corazón femenino que se abría como para el amor.

Un niño señaló la imagen de una muchacha elevando una cometa. “¿Qué es esto que vuela?”, dijo el niño con asombro. “No la toques”, le dijo su madre abrazándolo y acompañando ese descubrimiento que los uniría para siempre. El abuelo disfrutó viendo cómo la palabra amor se iba elevando lentamente por los árboles y luego por los cielos. Sonrió. Varios jóvenes siguieron las palabras: sosiego, pasión, locura, libertad, alegría... y desaparecieron en esa bella travesía.

Los paisajes se acomodaron como exposiciones de pintura. Los susurros enamoraron a los hombres solitarios y las canciones despertaron esperanzas en las mujeres tristes. Los olores se confundieron entre sí y se impregnaron en la piel de los habitantes que entraron en ese ensueño.

“A lo mejor esta mujer fue escritora”, se dijo un hombre que en la palma de su mano sostenía la imagen de un libro abierto. Se entregó a la lectura sin importarle los hechos alrededor. Página a página leyó una historia en la que el viento, cantando, llevaba y traía razones de las orillas de todos los mares del universo.

Los miedos también festejaron su libertad y salieron a incrustarse en otras cabezas. El más grande se instaló en un anciano que empezó a decir que el mundo se iba a acabar y que no se quería morir. Gritó tanto que la voz se le escapó. Asustado, salió en su búsqueda. Por entre el gentío, la voz volaba libre como un pájaro que había estado enjaulado toda su vida. A lo lejos se veía un hombre mayor correr detrás de un ave multicolor por todo el pueblo, un lugar que no aparecía en los mapas. Ambos desaparecieron.

La risa y el llanto de la mujer resonaban por todas partes. Los rostros de los hombres que amó se fueron desdibujando lentamente. Primero como copos de nieve y luego como una tenue lluvia de cenizas. El olvido llegó a la misma hora de la muerte, como seguramente alguna vez le fue revelado.

El cuerpo fue robado por un mendigo, quien lo arrastró y lo puso debajo de un árbol donde se escondió con la evidencia. Le contó su vida mientras le ponía pedazos de pan en las manos. Fue feliz por estar acompañado, se abrazó a ella y se quedó dormido tan profundamente que no volvió a despertar.

Mujeres llorando y riendo, hombres en silencio y tarareando, niños correteando imágenes como burbujas de jabón que al tocarlas desaparecen, unos danzando y otros leyendo, todos fuera de sus casas y sus cabezas: así pasaron horas y horas hasta que la nostalgia, lo más grande que tenía aquella mujer en su vida, se apoderó de todos, enmudeciéndolos para siempre.