Desapego sin presente ni futuro

Fallecido en 1999, Trejos tuvo una vida solitaria, aunque muy cercana a la lírica y el ensayo, y publicó tres libros en vida. Última entrega de este especial.

Según todas las crónicas, fue en 1985, a la edad de 16 años, mientras presenciaba la lectura de poemas de Jaime Jaramillo Escobar en el Teatro Cuesta, cuando Toto Trejos (Riosucio, 1969 - 1999) sintió la revelación de la poesía. Esa noche X-504 fue sacando de su manga de nigromante, como era habitual, extensas tiras de poesía, mientras con su voz pastosa hizo el elogio del concepto de su negra, las virtudes de la digestión de la pulpa de coco, el plátano hartón de cáscara roja, la pepita de la pitahaya, la granadilla y la papayuela.

Omitiendo las dos largas temporadas que pasó tratando de estudiar filosofía y letras en la Universidad de Caldas o haciendo de utilero para una orquesta de cámara, Trejos gastó el resto de su vida entre la desolación y la pobreza de su cuarto en casa de sus padres y la biblioteca del Parque de La Candelaria, donde con letra menuda y estilográficas de tinta roja redactaría sus cientos de poemas y los pocos ensayos que confirman una vida consagrada al magisterio de la poesía.

La obra de Trejos está contenida en tres libros de poemas: Poemas de amor y desamor (Manizales, 1994), Ahasverus (Manizales, 1995), Manos ineptas (Medellín, 1995); una selección de sus composiciones desconocidas: Obra inédita (Riosucio, 2006), y ocho ensayos que permanecen inéditos.

Entre 1985 y 1999 las viejas luchas reivindicativas de los colombianos, tanto de la intelectualidad como de sus campesinos y obreros, vieron aparecer como caída del cielo una nueva clase social que prometía cambiarlo todo recurriendo a la maldición del narcotráfico. Nunca antes nadie pudo imaginar que un puñado de bandidos iba a cambiar la historia de Colombia. Ni que la poesía iba a resucitar de sus viejas cenizas convertida en instrumento de propaganda y la piedra de toque de grandes corruptelas.

Varios de los críticos que se han ocupado de la obra de Trejos han anotado el carácter desencantado de su obra, preguntando, en no pocas ocasiones, qué pudo causar tanto desapego a la vida, las creencias, el presente o el futuro en un hombre tan joven y tan inteligente. Pero mucho más asombro causa que hubiese decidido desde temprana edad renunciar al dinero, cuando todas las oportunidades de alcanzarlo de la más fácil manera estuvieron a su alcance en esos años aciagos del auge de la corrupción y el crimen organizado. Con su inteligencia bien había podido pasar a los anales y memorias que viene celebrando desde hace más de dos décadas la horrenda televisión colombiana.

Las respuestas a esos interrogantes hay que encontrarlas en incontables lecturas y adicciones a sus maestros, en especial a Nietzsche, cuyas contradictorias postulaciones terminaron por convertir a Trejos en una suerte de poète maudit de la poesía colombiana de finales del siglo pasado. Un Isidore Ducasse budista, blasfemo y sadomasoquista.

La crudeza de su mundo personal, las derrotas afectivas, las malas noticias, los crímenes, la insania de la vida de un predestinado en la pobreza hicieron que el poeta se fuera refugiando más y más en la lectura de Schopenhauer, cuya filosofía intempestiva, a contratiempo y contracorriente, le confirmaba que todo intento por conocer a los otros y al mundo es artificio, los dioses un despojo de las teologías del mundo antiguo, y, como en el sueño del burgués Hans Castorp (ávido de saberes como el mismo Trejos), personaje de la novela de Tomas Mann que leyó siendo muy joven, tras los paisajes, las islas y los santuarios se oculta una madrastra, la naturaleza, que nos devora para perpetuarse. Ante este horror, sólo podemos encontrar alivios pasajeros en el arte, en especial la poesía, que por segundos nos hace olvidar las miserias de la existencia. Entonces abandonó el mundo y se refugió en la poesía y el alcohol, las pócimas que lo llevaron a la muerte.

Una poesía nítida, cuya mayor virtud es el tono de la voz del poeta, que hace que sus confesiones —otra cosa no son— sean registros de sus penas, desconsuelos y apremios con ritmos de réquiem, tedéum o miserere, sin que la fiesta incendie la orquesta de cámara, donde anhela la muerte. En Monólogo de Hölderlin, Trejos anuncia su separación del cosmos a fin de alcanzar el fuego de Prometeo, así los Dioses castiguen su audacia; ha resuelto abandonarse a sí mismo, alcanzar la ascesis del Buda de Schopenhauer, quemar las naves, porque sabe a ciencia cierta que nada tuvo en este mundo.

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