Desarmar la palabra para narrar la paz y construirla

Si te nombro no mueres. Si te nombro existes. Si te nombro te doy un lugar en la historia porque pronunciar tu nombre equivale a otorgarte un espacio en la escena social; espacio que muchos han querido arrebatarte para evitar que la hegemonía de sus verdades se derrumbe. Esconder tu rostro y postergar tu palabra implica negar la riqueza de tus relatos y todo cuanto de esclarecedores tienen. Tu voz es portadora de justicia y dignidad y yo, que hago un intento por descifrar y narrar la historia de este país, no puedo ser indiferente a ello.

Ilustración:GOVA

“¿Debemos narrar la paz o construirla?”, se preguntaba Marta Ruiz en un congreso de periodismo de investigación, en el que varios periodistas discutieron sobre los retos de este oficio en el proceso de transición hacia la paz. Yo creo que integrar en mis relatos tu mirada, tu versión, tu opinión, tu memoria y los sentidos que le has dado a la historia es, en sí mismo, un acto de paz. Si quiero un país en paz no puedo prescindir de la voz de quienes han padecido la guerra, ni escribir a costa de su silencio, porque despojarlos de su derecho a ser vistos y escuchados es igual a despojarlos de su derecho a existir y contar socialmente. Y eso es violencia.

Estoy convencida de que narrar tu historia, lo que te pasó, lo que le pasó a tu familia, a tus amigos, a tu casa y a tu pueblo; narrar las huellas que ha dejado la guerra en tu corazón y en tu cuerpo; narrar tu experiencia de dolor, pero también tu experiencia de resistencia y dignidad, es un imperativo ético. Para hacerlo, no me bastan los partes militares de guerra, ni las alocuciones presidenciales, ni las patéticas declaraciones con las que los guerreristas nos bombardean a diario. Tampoco me conformo con los discursos jurídicos o la retórica académica que te enmarca en categorías, que para muchos resultan ininteligibles. Y mucho menos me basta con esos extensos expedientes judiciales que, en muchas ocasiones, se refieren a tu experiencia de dolor con una frialdad espasmódica. Necesito escucharte, mirarte y, si es posible, conocer y recorrer junto a ti los caminos por los que has transitado y que han sido testigos de tu risa y de tu llanto; de tu miedo y de tu obstinación. Hay muchas cosas que no se pueden comprender sino a través de los ojos de quienes han reído o llorado intensamente su historia, por eso tiene razón la periodista mexicana Alma Guillermo Prieto, cuando dice que “a veces comprendemos en una caminata lo que los libros y las investigaciones no alcanzan a explicar”.

Los datos, las encuestas y las noticias no cuentan con el potencial transformador de tu testimonio. Tu palabra interpela, cuestiona, y tiene el poder de crear vínculos de solidaridad y comprensión. Y si de algo estamos urgidos en Colombia es de lazos de empatía que nos permitan reconocernos, reconciliarnos y resolvernos como nación. La paz, también pasa por levantar una a una las capas de olvido y de silencio que las voces oficiales de la historia han impuesto con soberbia; por iluminar los recovecos oscuros del pasado; por descubrir las heridas que nos hemos empeñado en ocultar para que al fin puedan sanar.

Muchos periodistas también tendrán que desarmarse. Tendrán que desarmarse de aquellos lenguajes hostiles que incitan al odio y recrudecen viejos rencores, y de la indolencia con la que han descartado tus reclamos, tus miedos, tus sueños, tu voz. Narrar la paz no es suficiente: Hace falta construirla y para eso habrá que contar historias desde nuevas perspectivas. El sentido de la injusticia no puede seguir quedando sin palabras. Así como no pueden quedar sin palabras las experiencias de las víctimas. Al narrar la paz construimos paz: Reparamos, dignificamos, develamos verdades, esclarecemos, creamos nuevos sentidos para acercarnos, para escucharnos, para comprendernos.

 

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