Espejismo

Despiértate

Para no ser injustos, y mucho menos románticos, quisiera decir que por lo menos fuimos capaces de enamorarnos y que también intentamos imaginarnos la felicidad. Pero sobre todo estuvimos convencidos de que éramos el uno para el otro.

Ilustración- Eder Leandro Rodríguez

—Cuéntame una historia.

Me vuelvo. Su cuerpo desnudo se acurruca como una pesadilla. La habitación está a oscuras. Un acre olor a sexo inunda la atmósfera del cuento. Entonces empiezo a hablar, y lo hago cada vez más lento, midiendo cada palabra, para alargar el momento:

Las farolas de Medellín proyectan sobre los techos de las casas unas rayas luminosas, tan brillantes que se filtran por las hendijas de las puertas, cuando las habitaciones están en la calma de una noche obscura. Es lo primero que veo cuando la voz de Vanessa me dice con un susurro:

—Despiértate…

Está acostada en la cama con la falda y la blusa negras. Estaba cerrado el Pequeño teatro. Apenas se veían algunas luces, en lo alto; después de caminar sin rumbo por las calles del centro, nos detuvimos cerca a la Playa. Andar errante es un castigo eterno, para los seres desdichados que no creen en el amor...

Allí cenamos. Éramos los únicos clientes. Reconocí al hombre que atendía, por las pocas veces que cené allí después de la función.

Me senté frente a ella. Sin apartar mis ojos de los suyos, le acaricié la cara para cerciorarme de su presencia. Temí que desapareciese.

Desde aquella noche, estábamos como cosidos a la misma estrella. A nuestro alrededor, nada parecía real. Hasta la sala del restaurante carecía de la menor realidad, como alguna parte que uno frecuentó siendo niño y que vuelve a ver en sueños.

—Pellízcame, para asegurarme de que no estoy soñando

Me pellizcó la mejilla.

—Más fuerte.

Se echó a reír, y la risa hizo un eco que quedó retumbando por todo el lugar. Le pregunté si ella también tenía la impresión de estar soñando.

—Sí, a veces...

El hombre se había sumido, de nuevo, en la cocina. Ya no entrarían más clientes…

Vanessa me tomó la mano y mirándome sonriente, con sus ojos de pavo real, volvió a decirme mientras volvía a pellizcarme:

—Despiértate…

El hombre salió y encendió la música detrás del mostrador. Una sintonía y luego sólo oía aquella voz como un ruido de fondo.

— ¿Ya estás despierto?

—No sé —le dije—. Prefiero conservar la duda.

—A mí también me suele ocurrir… —me dijo. Le pregunté por qué y al final me contestó:

—Porque sí...

Juro que intenté explicarle. Pero su voz me devolvía brutalmente a la realidad. Me duele pensar ahora que en verdad se me fue la mano. Que su cuello se hubiera impuesto como una obsesión. Y desde entonces he intentado posponer, sin salir del sueño, el momento del despertar por miedo a no volver a verla.

Al salir del restaurante, no sabía qué hacer. No quería volver a casa. Hubiese preferido quedarme con ella, rodeados de nada que pudiera evocar el pasado. Pero lo más importante era que estuviésemos juntos.

—Cuéntame otra historia.

Con más lentitud le empiezo a contar otra vez el mismo cuento. Entre más profundo es el sueño, el tiempo pasa cada vez más lento:

Penumbra entrecortada por secciones de la olvidada luz del día. Amargos pasos en reversa a cada una de las estaciones recorridas. Tiempo de huir, tiempo de llorar, tiempo de matar. Alterada regresó a su encuentro con la muerte. Vio tendido el cuerpo de su nuevo amado en la cama ensangrentada. Salió en búsqueda de los tan ansiados cigarrillos que Julián le había encargado. Él sintió punzadas de derrota. Desgraciado sentimiento evocado al encontrarla con su compadre, su mejor amigo. El primer parto, el primer embarazo, la primera noche de amor consumado; desprecio a todo lo hecho, todos los años de amor idílico, cada detalle, cada beso de amor jurado. “¿Qué pasara si un día me dejas? ¿Qué pasará si un día me olvidas?”. Al compás de cada uno de los movimientos: el anillo, el estuche, las horas perdidas dentro de una fábrica de sueños y promesas que, antes de lo pactado, se rompen. Cada flor cortada de un jardín en eterna primavera, cada gesto, cada mirada. La mirada, esa maldita y primera mirada. Es este, y no otro, el único hecho trágico de esta historia: el giro, los noventa grados, el abisagrado movimiento de su cabeza, para el fatídico encuentro con sus ojos...

Bajamos por Girardot. De nuevo, tengo la impresión de estar soñando. Seguimos en avance hasta llegar a un punto muerto sobre Ayacucho en el tranvía. Ante nosotros, la calle con sus luces y su calzada desierta. Ahora no puedo seguir ocultando mi miedo de no volver a verla. A veces pienso que sólo deseo cosas imposibles:

—Nos encontraremos mañana, si quieres —me dice.

—Pero si te moriste, mi amor. Te maté...

Ni un vaho, ni un halo alrededor de las luces que centelleaban en la avenida. En mis recuerdos, circulamos por el carril de la izquierda; pasamos por Bellas Artes muy despacio, sin que se sienta un alma. Quizás se trate de una mera ilusión que se disipará a la mañana siguiente...

Al cruzar por la sala de la casa todo se desvincula del pasado. Me parece que entro por primera vez. Vanessa me guía. Sube las escaleras que llevan al apartamento. En la habitación no encendemos la luz. Sigue a oscuras.

Las farolas de Medellín proyectan en el techo de la casa una raya luminosa, tan brillante que se filtra por las hendijas de la puerta, cuando la habitación está en la calma de una noche obscura. Es lo primero que veo, mientras espero que mis otros yos regresen, cuando la voz de Vanessa me dice con un susurro:

—Despiértate…

 

últimas noticias

Dostoyevski en La casa de los muertos

Del blues y del ragtime al jazz

Hablemos de Improvisación: El gran otro