Después de usted...

El cómico mexicano, que se hizo célebre con personajes como el profesor Jirafales, el sargento Refugio Pazguato, Lu Castañeda y don Lino Tapia, murió ayer a causa de complicaciones pulmonares.

Rubén Aguirre en una gala en homenaje a su amigo Roberto Gómez Bolaños.  / Archivo
Rubén Aguirre en una gala en homenaje a su amigo Roberto Gómez Bolaños. / Archivo

La virtud con la que el profesor Jirafales logró pontificar sobre pedagogía siempre fue inversamente proporcional a su capacidad para despertar el desinterés de sus estudiantes. El foco para sus alumnos estaba en el puro (tabaco) que los acompañó en todas sus jornadas docentes, en su perfecta pronunciación en inglés o en la limitada paciencia para instruir a niños dispersos como Quico (Federico Matalascayando Concuera), el Chavo, Godínez y la Chilindrina.

El profesor Jirafales (Inocencio Jirafales, Rubén Aguirre Jirafales o el “maistro” Longaniza, como quieran llamarlo) fue a todas luces un antidocente, porque nunca utilizó su creatividad para seducir a los alumnos. Su extrema vanidad, que no lo dejó ver más allá de lo obvio, y su cabeza pendiente de conquistar, sin muchos argumentos, el corazón de doña Florinda (Florinda Corcuera y Villalpando, viuda de Matalascayando), lo hicieron ver siempre como una figura digna de no imitar.

En una sola clase dictada por don Ramón (Ron Damón) los niños aprendieron mucho más que en todos los años de la cátedra Jirafales. Cuánto vale un pasaje en el metro, por qué no hay que ingerir líquidos cuyo frasco esté marcado por una calavera y demás enseñanzas cotidianas pusieron en entredicho las capacidades del profesor Jirafales para guiar al grupo de estudiantes. La razón es más que obvia: su papel no era el de un docente sino el de un polo a tierra. Eso fue Rubén Aguirre para las propuestas creativas de Roberto Gómez Bolaños.

Mientras que Ramón Valdés hacía volar al equipo y al público con su histrionismo y sus ocurrencias, Aguirre era la pita a tierra que controlaba la cometa y equilibraba las cargas. El profesor Jirafales era la conexión con el mundo real y su aparición en El chavo del ocho obedeció a una necesidad básica.

“En un principio yo no participaba en el programa, pero Roberto vio tantos niños que sintió la necesidad de poner una escuela. Todos esos niños no podían estar sueltos por ahí, y cuando él crea el colegio, me llama”, contó Rubén Aguirre en 2014, durante una entrevista concedida a la Radio Nacional de Colombia pocos días después de la muerte de Roberto Gómez Bolaños.

Aguirre ya había hecho parte de proyectos liderados por el cómico mexicano. El ciudadano Gómez fue su debut y el comienzo de una relación fructífera. A finales de la década del 60 se desempeñaba como ejecutivo del Canal Ocho y Gómez Bolaños llegó a su oficina con un libreto aprobado por la dirección, pero no tenía un contertulio para hacer el piloto, así que Aguirre se ofreció y en cinco minutos tenían el sketch montado con salidas brillantes de uno y de otro.

El ciudadano Gómez fue un poco menos que un fracaso, pero también fue la antesala de Los caballeros de la mesa cuadrada, el eje temático de varias de las iniciativas agrupadas bajo el nombre de Chespirito. El clima, el licor, el fútbol, la educación y los problemas sociales de América Latina fueron abordados por tres sabios: un profesor (Rubén Aguirre), un intelectual alicorado (Ramón Valdés) y una conductora hábil con la palabra (María Antonieta de las Nieves), acompañados en ese entonces por quien con el paso de los años sería reconocido como el doctor Chapatín, el portador de una bolsa repleta de “queles” (qué les importa).

Ese espacio fue el comienzo oficial de la actividad actoral de Aguirre. De ahí saltó a El Chapulín Colorado, espacio en el que le tocó dejar atrás la vestimenta del docente para enfrentar diversas caracterizaciones. “En ese programa lo que tuve fueron satisfacciones, porque pude interpretar a muchos personajes. Hice piratas, vaqueros, gángsters, soldados, vampiros. Me tocaba reinventarme y no centrarme en un solo personaje”.

De su célebre maestro, al que le aportó el tabaco y le otorgó el “ta, ta, ta, ta, ta” como característica esencial, saltó a roles mucho más complejos. En Los caquitos representó al sargento Refugio Pazguato, quien siempre estaba en procura de un ascenso por realizar su labor; en La Chicharra se convirtió en don Lino Tapia, el director del periódico para el que trabajaban Vicente Chambón y Cándida, la fotógrafa, y en Los chifladitos personificó a Lu Castañeda, el amigo inseparable de Chaparrón Bonaparte.

“Me encantaba interpretar a Lu Castañeda. Tengo que confesar que me costaba porque tenía mucho texto y mi memoria nunca ha sido la mejor. Sin embargo, uno se encariña con las cosas que le cuestan un poco más de trabajo. El profesor no me costaba ningún esfuerzo porque así soy yo: vanidoso, presumido, cursi y demás. Lu Castañeda era terrible porque los diálogos eran incoherentes”.

Lu Castañeda, don Lino Tapia, Refugio Pazguato, el profesor Jirafales y demás personajes seguirán recordando que por la pantalla de América Latina pasó un hombre alto, con voz de locutor y puro en la boca llamado Rubén Aguirre. Él murió ayer en Puerto Vallarta, a los 82 años, a causa de complicaciones pulmonares y después de padecer por varios años una diabetes que empeoró su cuadro médico. Con todo y sus clases anticuadas, sus “ta, ta, ta, ta, ta” y su “después de usted”, nos harán falta sus instrucciones.