Detener el tiempo para ir al futuro

El lugar, ubicado en la Casa de la Aduana de Santa Marta, se encontraba cerrado desde 2008.

Es un proceso quizá algo inusual para un museo: consultar a la gente sobre qué piezas quiere que se exhiban, más aún cuando el lugar se llama Museo del Oro Tairona, en Santa Marta.

En ese proceso de consultar a las personas sobre cómo se querían ver representadas en un lugar que, además de culturas prehispánicas se centra en la vida de la gente del Magdalena, llegaron muchos a contar sus historias y otros a llevar objetos valiosos, piezas de colección, como el guayo izquierdo con el cual se hizo el gol que le dio al Unión Magdalena su único triunfo en la historia del fútbol profesional colombiano, en 1968.

Aunque la pieza no hace parte de la exposición (una reliquia familiar que debe permanecer en una familia orgullosa, tal vez), el cuento sirve para ilustrar una cosa: el Museo del Oro Tairona es un museo del oro bien particular.

Particular porque sufre de una especie de esquizofrenia elegante, bien llevada incluso: es prioritariamente el relato arqueológico del quehacer tairona, pero también narra la historia de algunas comunidades del departamento, así como resalta la estancia de Simón Bolívar durante seis días antes de seguir a San Pedro Alejandrino, y por último es una celebración de la construcción que alberga el museo completo: “La pieza más importante del museo es la Casa de la Aduana”.

Las palabras son de María Alicia Uribe, directora del Museo del Oro, y son toda una declaración, pues la construcción, la Casa de la Aduana de Santa Marta, es a su vez toda una declaración histórica. Un inmueble con 1.600 metros cuadrados de construcción que fue levantado en 1730 por los hermanos Domingo y Nicolás Jimeno y se convirtió en una de las primeras edificaciones de dos pisos del lugar. En ella fue velado Bolívar después de su muerte en San Pedro Alejandrino y luego de esto sus usos fueron algo menos nobles: residencia, comisariato de la United Fruit Company, agencia de viajeros, consulado, hotel, agencia de taxis...

Un museo se erige para preservar la memoria y era apenas lógico que esta preservación comenzara por la casa misma, que fue adquirida por el Banco de la República en 1980 y albergó la colección del antiguo Museo Tairona hasta 2008. En ese año entraron los ingenieros y los historiadores y comenzaron a evaluar el estado del lugar. El diagnóstico fue preocupante, aunque no irreversible.

Buena parte de los daños de la vieja casona tenían que ver con el deterioro estructural de muros y maderas, todo carcomido por la humedad y las distintas intervenciones que durante siglos se le hicieron a la casa, unas más desafortunadas que otras.

Resulta paradójico que para alistar un lugar para sobrevivir al futuro haya que ir directo al pasado. El plan fue reconstruir y reutilizar los materiales originales tanto como se pudiera. Un proceso de análisis de cada teja, de cada viga de madera para intentar restaurar la casa a su gloria original. Lo que no se podía reciclar se fabricó artesanalmente y se incorporó a la estructura usando métodos de construcción de la época, cuenta Luis Francisco Álvarez, director del departamento de infraestructura del Banco de la República, una de las personas involucradas en el juicioso y complejo trabajo de detener el tiempo en la Casa de la Aduana.

Una versión mejorada del antiguo museo, quizá, pero sobre todo un asunto más incluyente. No corrección política o buenas intenciones, sino horizontes más amplios. Por ejemplo, la sección dedicada a culturas prehispánicas (todo el primer piso del inmueble) cuenta ahora con cerca de 570 piezas, mientras que antes había algo así como 250; de la colección anterior hoy está desplegado el 10%.

En las vitrinas reposan piezas que hablan elocuentemente de la transformación de los chamanes en animales, como el murciélago. Uribe destaca una pequeña figura con cabeza de gato, cuerpo de sapo y cola de serpiente: un trabajo milimétrico que narra la profunda conexión espiritual de un pueblo que resistió con galantería a los españoles y, en últimas, al olvido. Lecciones del más allá de la historia.

 

 

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@troskiller

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2014-10-27T22:45:17-05:00

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Santiago La Rotta

Cultura

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