Detrás del rastro de García Márquez

Esta semana se realizó un conversatorio sobre la vida del nobel, además de otras actividades en honor al autor.

Aracataca, un municipio de 46 mil habitantes que parece vivir del recuerdo del autor de ‘Cien años de soledad’. / Reuters

La carretera para llegar a Aracataca desde Santa Marta es angosta, bien construida pero desolada. Cuando uno viaja por tierra en el país siempre siente que está en un lugar que no es ningún lugar, una zona de tránsito. Esta vez el punto de llegada fue también un no lugar, una esquina de Colombia, de América Latina, cuya única razón por la que el mundo ha puesto sus ojos sobre ella es haber sido la tierra de Gabriel García Márquez. “Para nosotros sólo existía una en el mundo: la vieja casa de los abuelos en Aracataca, donde tuve la suerte de nacer” (Vivir para contarla).

Un año después de su muerte, representantes de la élite colombiana y algunos periodistas viajamos juntos hasta ese rincón ignorado para participar de la magnificencia del nombre de un hombre que surgió en medio de la nada. En la carretera se veían burros amarrados a palos de mango, restaurantes de dos mesas, estaderos de tres cuartos, plantaciones y plantaciones de palma (ya no hay casi banano), una bomba de gasolina cerrada, flores amarillas y muchas motocicletas. Los habitantes de las pocas casas regadas a lo largo de la carretera nos miraban como intrusos, nos señalaban, como si nadie los visitara nunca.

Varios kilómetros más tarde se asomó la casa Billares Macondo. Todos los caminos conducen a la Casa Museo de García Márquez.

En un pequeño auditorio tuvo lugar una charla “informal” sobre el contacto que tuvieron Roberto Pombo, Guillermo Angulo y Santiago Gamboa con el nobel. Roberto Pombo habló de cómo García Márquez tenía el don de ver en la gente cosas que nadie veía. Contó que una vez estaban en una panadería y a él, mirando una señora que para Pombo era una persona común y corriente, se le habían escurrido las lágrimas. Según él, García Márquez decía: “¿Es que no la ves? Pobrecita”.

Angulo contó la anécdota de los 100 dólares que algunos amigos le enviaron al García Márquez hambriento de París. Estaban escondidos en una postal caribeña, terminaron en la basura de un hotel y tuvo que recuperarlos de entre los desechos una vez leyó: “Como eres bobo, te enviamos este segundo mensaje para advertirte que la postal es un sándwich y adentro vienen 100 dólares”. La anécdota termina con la historia de Pupa, una costarricense “despistada de la cintura para abajo” que era la única que podía cambiarle los dólares por francos el sábado que los recibió. Cuando ella abrió la puerta estaba totalmente desnuda. “Lo que más me irritaba es que actuaba como si estuviera vestida”, dijo Angulo que decía García Márquez. Lo único que quería era cambiar el dinero para comer. Comió tanto esa noche que se enfermó por ocho días.

García Márquez no era amigo de Santiago Gamboa, era su ídolo. “Yo nunca pretendí ser su amigo. La primera vez que me quedé a solas con él no me atreví a decirle ‘Gabo’. Yo le dije ‘Gabriel’, y él me dijo: ‘Hace mucho no me decían así’. Naturalmente no me salía decirle ‘Gabo’, porque para mi generación García Márquez era la totalidad, el gran autor no sólo colombiano sino de la lengua española. García Márquez era para mí un mito tan extraordinario que desbordaba cualquier capacidad de poder considerarlo humano. En ese entonces yo vivía en España. En una época en que Colombia no la conocía nadie, él era para mí una especie de seña de identidad. Era un dios que conocí de una manera totalmente fortuita. En el año 96 fui corresponsal de El Tiempo en Biarritz, en un evento cultural cuyo invitado principal era Mutis. Allí estaba García Márquez, que aceptó ir con la condición de que no lo pusieran a hacer nada. Una tarde estaba en la terraza de un hotel con unos amigos escritores y periodistas tomando café y de repente vi venir a García Márquez. Recuerdo que lo vi pasar y pensé que esa imagen no la olvidaría nunca. De repente se detuvo y empezó a caminar hacia nosotros. Se acercaba y se acercaba, y yo pensaba: ‘En 10 segundos le voy a dar la mano a García Márquez’. Entonces nos presentaron: ‘Mira, un compatriota tuyo, Santiago Gamboa’. Y me dijo: ‘Te estoy leyendo’. Casi caigo al suelo”.

Después del conversatorio visitamos la casa. “Sobre los escombros todavía calientes construyó la familia su refugio definitivo. Una casa lineal de ocho habitaciones sucesivas a lo largo de un corredor con pasamanos de begonias donde se sentaban las mujeres de la familia a bordar en bastidor y a conversar en la fresca de la tarde (Vivir para contarla). En ella algunos niños del pueblo sirven de guías: “Yo no tengo historia preferida. Me estoy aprendiendo la del corredor de las begonias porque me está gustando. Este era el corredor donde las mujeres de la casa, cuando estaban jóvenes, se sentaban a bordar y a remendar. Aprovechaban y se sentaban en el suelo a leer una hojita de un libro que estaba en un cuarto donde tenían prohibido entrar”, dice Juan José Gómez Loaiza, de ocho años. Estos niños reciben, además, talleres de escritura y literatura.

La casa es el centro del pueblo, porque en Aracataca García Márquez es lo único que hay. “Por aquí caminaban Gabo y su madre... Este es el colegio donde cursó preescolar y primaria, antes de irse a Zipaquirá, donde ‘me lo dañaron, lo volvieron comunista’, decía su padre, con quien se la pasaba peleando... Por aquí vivían unas mujeres que coqueteaban con el abuelo de Gabo... Aquí lo bautizaron oficialmente, en esta iglesia estilo neobarroco, en 1930. Nació con el cordón umbilical enredado al cuello. La partera lo daba por muerto, así que le hicieron un primer bautizo rápido que lo salvó... Y aquí queda la casa del boticario, a quien Gabo le temía porque él y otros niños le robaban los mangos. Un día los vio, y todos alcanzaron a escapar menos Gabo, que era muy distraído. Cuando lo pilló tuvo que saltarse el jardín... Más adelante le dijo a la madre que lo dejara ser escritor, que él había dejado la literatura para estudiar obligado medicina. Así Gabo le dejó de temer”.

Los 46.000 habitantes de Aracataca (entre la zona urbana, corregimientos y caseríos), que reciben agua, si tienen suerte, cada dos días, saben quién es “Gabo”, o “Gabito”, como le dicen en la Costa, y se lo han apropiado como si se tratara de un mito fundacional. Cuentan historias sobre él incluyendo hasta el más ínfimo detalle, y las cuentan con oraciones como: “Entonces él pensó...”, como si alguien más que García Márquez mismo pudiera contar así la historia de su vida. Que sean verdaderas o falsas las anécdotas que cuentan de él es lo de menos, porque García Márquez no es humano para los cataqueros. Es el espíritu de su pueblo, que con él se convirtió en “un país sin fronteras” (Vivir para contarla).

 

*Este texto fue posible gracias a la Invitación del Ministerio de Cultura al Hay Aracataca 2015.

 

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