Detrás del 'Réquiem'

El martes se interpretó, en honor a García Márquez, la obra que, aunque inconclusa, muchos consideran la mejor del virtuoso del clasicismo alemán. Un repaso por su misteriosa historia.

Retrato de Mozart hecho en 1819 por la artista Bárbara Kraft.

El réquiem —latín para “descanso”— es una composición musical que se canta con el texto litúrgico de la misa de difuntos católica. Es un ruego por las almas de los muertos que se pronuncia justo antes del entierro y en las ceremonias de conmemoración o recuerdo: “Dales, Señor, el descanso eterno y que brille para ellos la luz perpetua”. El famoso Réquiem en re menor K626 que Mozart compuso en su lecho de muerte, dejándolo inconcluso, se ha interpretado en los funerales de algunos personajes ilustres: el de los compositores Ludwig van Beethoven y Frédéric Chopin, y en el de Napoleón Bonaparte. Hace unos días volvió a sonar en la ceremonia conmemorativa de nuestro nobel literario.

Como afirma Tom Service, periodista musical del diario The Guardian, un encantador halo de misterio rodea la historia del Réquiem de Mozart, porque la enrevesada leyenda de su composición lo tiene todo.

En primer lugar, la misa, que refleja el culmen de la obra de un genio musical que ante la muerte encontró una voz única, fue el encargo de un extraño que por ese entonces lloraba la muerte de su esposa. Cuenta la leyenda que en junio de 1791, Mozart ofreció en Viena un concierto —uno de sus últimos— e interpretó el Concierto para piano Nº 27, KV 595. Días antes había tocado a su puerta un desconocido vestido de negro que no quiso revelar su identidad y le encargó a Mozart la composición de un réquiem. Le dio dinero por adelantado y treinta días para componerlo, pero antes el compositor debía escribir otro encargo: la ópera La clemencia de Tito. Ese personaje sombrío era un enviado del conde Franz von Walsegg, que había enviudado recientemente y quería que Mozart compusiera la misa de réquiem del funeral de su mujer, para luego adjudicarse la autoría de la obra.

Por otra parte, se dice que la escritura del Réquiem está enmarcada en la historia de una enemistad intelectual y personal con un compositor contemporáneo de Mozart, Antonio Salieri, acusado de envenenar a su rival. Salieri quedó ciego casi al final de su vida y pasó su vejez en un hospital en el que, al parecer, confesó entre delirios seniles haber asesinado al compositor de Salzburgo. La historia de la rivalidad entre Mozart y Salieri quedó retratada en un poema de Aleksandr Pushkin, que posteriormente le sirvió a Nikolái Rimski-Kórsakov para hacer una ópera de nombre Mozart y Salieri, en la que después se basó el escritor británico Peter Shaffer para escribir la obra de teatro Amadeus, llevada luego a la gran pantalla por el director de cine Miloš Forman en una película homónima que se llevó ocho premios Óscar. Peldaño tras peldaño, en una cadena de reactualización interminable.

Como si fuera poco, tras caer en una miseria de la que Mozart y su familia apenas se recuperaban, a los treinta y cinco años el compositor fue presa de una extraña enfermedad que le causó la muerte. Bronconeumonía, triquinosis, insuficiencia renal, una hipocondría que lo condujo a una fiebre de alucinaciones mortales... No se sabe con certeza, pero para ese entonces Mozart había escrito solamente dos tercios de su misa. Murió después de componer los primeros ocho compases del Lacrimosa, esa última palabra a la que le agregó la música aquel día de lágrimas y duelo.

Consiguió terminar las primeras tres secciones, Introitus, Kyrie y Dies Irae, con el coro y órgano completos. Del resto de la secuencia dejó escritas las partes instrumentales, el coro, las voces solistas, el cifrado del bajo y órgano, unas cuantas anotaciones para su discípulo Franz Xaver Süssmayr e indicaciones del Domine Jesu y el Agnus Dei. Se cree que fue efectivamente Süssmayr quien completó las partes faltantes de la instrumentación y musicalizó lo que faltaba. Fue él también quien compuso el Sanctus y la última sección, el Communio, para la que usó los temas del Introito y el Kyrie, cerrando así la obra con la misma magnificencia con la que comienza.

En el Offertorium, la sección inmediatamente siguiente a Lacrimosa, poco a poco empieza a sentirse la fractura, empieza a hacerse evidente, gradualmente, que Mozart ya no estaba allí del todo: los acordes desgarrados, la tensión, la profundidad y la solemnidad se difuminan, dando paso a la voz y a la interpretación de alguien más que tal vez hizo su mejor intento, sin poder, sin embargo, acercarse siquiera a la majestuosidad de esa primera parte de la que Mozart pudo hacerse cargo por completo.

Supuestamente obsesionado con la idea de la muerte desde el fallecimiento de su padre, debilitado por la enfermedad y volcado hacia lo sobrenatural por su vinculación con la masonería, cuentan que Mozart terminó convenciéndose de que el réquiem que estaba creando le daría fin a su propia vida y se interpretaría en su funeral. Así fue, de hecho: los primeros dos movimientos, el Introitus y el Kyrie Eleison, compuestos en su totalidad por Mozart, se interpretaron después de su muerte, en una misa en su honor, el 10 de diciembre de 1791. Entonces se cumplió su profecía: mientras agonizaba, Mozart compuso para sí su propio Réquiem. Interpretado posteriormente miles de veces, seguirá siéndolo, por los siglos de los siglos.

 

 

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