"Diario de un incesto", el libro que abre un debate moral y editorial

Se publica en España el relato de una mujer que vivió abusos sexuales por parte de su padre. El texto llegará el próximo año a América Latina

Archivo particular

El trágico destino de la familia Buendía, en la novela Cien años de soledad, se revela en su aniquilación final provocada por un acto de incesto. El precedente lo han sentado una tía de Úrsula Iguarán y un tío de José Arcadio Buendía que, al casarse, han engendrado un hijo con cola de cerdo. El incesto es la sentencia a un destino trágico, la muerte.

En la literatura, el tema no es nuevo. En el relato de W. Somerset Maugham, The Book Bag (Bolsa de libros), Tim y su hermana Olive viven juntos en soledad, aislados de una comunidad que considera malsana su relación. El final también es trágico. Tim intenta romper el vínculo casándose con otra mujer lo que lleva a su hermana al suicidio. En Pedro Páramo de Juan Rulfo, Juan Preciado encuentra en la arruinada Comala a una mujer que, con culpa, le ha explicado por qué vive incestuosamente con su hermano: "la vida nos había juntado, acorralándonos y puesto uno junto al otro. Estábamos tan solos aquí, que los únicos éramos nosotros. Y de algún modo había que poblar el pueblo".

El incesto es un tabú que ha sido conceptualizado desde las ciencias humanas. La palabra proviene del latín castus: puro, casto, castigo que, con prefijo negativo, se convierte en incestus: no casto. El incesto se define negativamente como no puro y en la raíz etimológica contiene la amenaza del castigo.

En Tótem y tabú, Sigmund Freud señala cómo el incesto ha despertado sentimientos poderosos de repulsión y de atracción en los seres humanos. Freud advierte la posible atracción sexual -a manera de pulsión- entre miembros de una misma familia criados juntos desde niños, por lo que se entiende que las sociedades hayan creado el tabú a manera de regla moral. Por su parte, el filósofo y sociólogo finés Edvard Westermarck (1862-1939) en su libro La historia del matrimonio humano, argumentó lo contrario, es decir, que los propios tabúes surgen naturalmente como producto de actitudes innatas. Westermarck señala que la evasión natural del incesto se explica porque "hay una marcada carencia de sentimiento erótico entre personas que han vivido juntas desde la infancia".

La discusión, de amplia bibliografía, plantea si el incesto se prohíbe porque la gente tiende naturalmente a hacerlo, o si la gente evita el incesto naturalmente y la prohibición es una paradoja.

En todo caso, Levi-Strauss en el libro Las estructuras elementales del parentesco identifica a la prohibición del incesto como el pilar y regulador de la cultura, dando a entender que esta norma es el eje fundacional de la cultura occidental. De esta manera, el incesto se convirtió en una norma que, según Levi-Strauss, diferencia a los humanos -con su capacidad moral- de la vida más primitiva, la animal.  

Teniendo en cuenta lo anterior, parece razonable afirmar que cuando un libro se titula Diario de un incesto la reacción sea retraerse. Estamos ante un título que rompe el fundamento de lo que hoy conocemos como civilización y que la editorial Malpaso se ha atrevido a publicar en España, en una traducción del original estadounidense.

El libro que, según su editor en España, Malcolm Otero, "ha recibido muy buenas críticas", es el relato de una mujer sobre los sucesivos abusos sexuales que sufrió por parte de su padre y cómo, a partir de ese hecho, su estructura moral quedó resquebrajada convirtiéndose en un "alma rota", en palabras del editor.

"La primera reacción que tienes (como editor) es decir esto no lo voy a publicar", comenta Otero. El libro es un revulsivo. La autora, que ha decidido optar por el anonimato, cuenta en detalle, pero sin sentimiento, las escenas sexuales que protagonizó con su padre. El lenguaje no escatima, la autora decide que no se va a guardar nada y el lector tiene que disponerse a 127 páginas de sexo y desequilibrio mental.

En un estudio que hizo el departamento de psicología de la Universidad de Ciencias Sociales de Argentina, en el que se entrevistaba a menores que habían sufrido abusos sexuales, concretamente incestos, se señala que uno de los rasgos de estos niños es que "parecieran no sentir angustia ni tristeza. Los sentimientos arrasadores se expresan catárticamente como estallidos. La situación abusiva perforó la coraza de protección antiestímulos, sobrepasó lo procesable, arrasó el aparato psíquico". La frialdad del escrito, sin eufemismos ni emociones -la autora no llora, no siente culpa y, por tanto, no tiene tendencias suicidas- hacen que Diario de un incesto se lea como quien está ante una persona que no reacciona, como los niños descritos en el estudio. Es, ante todo, una narración gélida muy explícita sexualmente.

"Diario de un incesto es un texto que sirve para leer cómo funciona la mente humana en situaciones límite y, también, para entender cómo la enfermedad mental es más poderosa que la voluntad, justamente porque la inhibe"

"Ella es una víctima y, desde ese punto de vista, no creo que las escenas sexuales sean, de ninguna manera, morbosas", comenta el editor.

Las escenas son tan explícitas que se hace imposible reproducir parte del texto. La catarsis es completa. Si bien el libro no es sentido estricto un diario, la autora recopila los hitos de los abusos y cuenta en detalle las escenas que más recuerda. Las diferentes formas en que fue abusada, las fantasías sexuales que tenía su padre y que cumplía con su hija, las miradas que despertaba en él, son hechos que recopila y repite sistemáticamente haciendo parecer que al libro le sobran algunas páginas. "Era la intención de la autora hacer sentir al lector la reiteración y, con éste, el agobio que siente esta mujer en su vida. Ella ha decidido que no vale con mencionar que se repitió un hecho sino que lo mejor era repetirlo. Entiendo que el lector se sienta perturbado, pero creo que es uno de los objetivos", comenta Otero.   

El despojo de los sentimientos también se reitera. La autora no menciona alguna escena de profunda tristeza, menos de alivio. Tampoco hay una condena directa al padre. La opción del anonimato hace que esta mujer no se sitúe en la denuncia. Lo más cerca que está de la condena es hacia su madre y su tía quienes guardan un silencio -propio de los familiares de abusadores- cuando ella cuenta lo que está pasando. A su madre la señala como a una mujer distante y desequilibrada. Nunca se sabe del todo si la madre sabe o sospecha de las agresiones, pero los momentos de odio que le despierta su hija son relatados por la autora como producto de cierto atisbo de celos. La madre también es la orquestadora de una frase a través de la cual la autora ha centrado su personalidad: "la vida se resume en sexo y el miedo a la muerte". La tía, por su parte, se limita a decirle "Supéralo. No hables nunca más del tema".

La cartografía familiar se completa con un abuelo que abusó de su nieto y éste último repite el abuso con su hija, el padre de la autora. Se lee, entonces, la descomposición de varios seres de los que la autora se exime de calificar de víctimas o victimarios. La traslocación moral es tan intensa que cuando el padre amenaza con suicidarse -que, al igual que el abuso sexual, también es una amenaza sistemática- la menor recurre a ofrecerle placer sexual para evitar la muerte de un ser a quien repudia pero, a la vez, desea que siga con vida.

Diario de un incesto no es de lectura plácida, los abusos se entremezclan con el placer sexual del padre enfermizo desde la primera página. El lector no sabe con exactitud a qué edad empezaron los abusos porque la propia autora la desconoce, a veces se pregunta ¿a los seis, cinco, cuatro años? Quien se acerque al libro debe saber que entra en un terreno donde los abusos están normalizados y lo que va a contar la autora, en realidad, es cómo esa normalización ha sido parte de su vida.

"Si bien no puedo controlar lo que pueda sentir cada lector, considero que no se hace una apología porque no conozco a nadie que le haya provocado morbo", comenta el editor sobre la posibilidad de que el libro produzca algo más que el placer literario y recalca que "ese ejercicio de despojar de morbo a unas escenas explícitas de sexo hace que estemos ante un artefacto literario de primera magnitud".

Aunque el placer sexual es muy subjetivo y, por ejemplo, en la industria pornográfica se comercia con películas sobre violaciones, como respuesta a una de las fantasías sexuales de algunas personas, Otero descarta cualquier signo de apología en tanto es relatado por una víctima lo que, según él, hace que el lector expulse el morbo ante la lectura. "La ficción sí permite casi todo, siempre que se entienda que no hay mensaje. En este libro, que no es ficción, hay algo de decencia, aunque la palabra suene tan desvalorada ahora. El libro puede causar estupor, enfado, desagrado, pero, ante todo, creo que lo que hace es abrir un debate. Al fin y al cabo, cuando una persona abre su intimidad, las escenas sexuales son lo de menos. La relevancia se acentúa en el debate interno que vivió la víctima y que transmite al lector".

"Se trata de un libro para leer sin prejuicios, pero más que valor literario puede que tenga valor médico: psiquiátrico y psicológico y, quizás, bajo esa perspectiva, la lectura se haga menos repulsiva" 

Diario de un incesto se enmarca en el tipo de literatura del yo, en la que un autor cuenta su historia haciendo un proceso catártico. Se trata de un estilo literario que está muy presente ahora y que, con temáticas muy diferentes, representan libros como Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett, en el que cuenta el suicidio de su hijo, o La hora violeta de Sergio del Molino en el que habla de la muerte de su hijo por leucemia. Los autores, con problemas muy diferentes, son los protagonistas de una historia a la que los lectores se enfrentan con más o menos empatía. Otero señala que para el caso de Diario de un incesto "no se trata, de ninguna manera, de exhibicionismo. Cuando se te muere un hijo, tú eres el bueno, el que lleva una pena, un dolor. Pero cuando eres la persona que te acuestas con tu padre, entonces, no eres tan buena".

Un común denominador de este tipo de literatura es que los protagonistas atraviesan un proceso de duelo, ya sea por la pérdida de un hijo o por la pérdida de una infancia que estropeó la vida adulta. Se trata, entonces, de una literatura que alivia a quienes la hacen, como un proceso casi terapéutico del que hacen partícipe al lector quien, al final, es quien decide si hay o no exhibicionismo; todos tenemos penas que contar y hacerlas o no públicas es una opción, como también lo es empatizar con este tipo de escritores y decidir si sus libros son, o no, buena literatura o simples vehículos de sentimentalismos. "La literatura siempre tiene un trasunto de la vida de los autores, ahora, creo que se ha puesto un punto de vergüenza en la imaginación que es la base de la literatura. La autoficción está ahora como oferta. Creo que hay algo de exhibicionismo en pensar que nuestra vida, nuestros problemas, son universales y, sobre todo, más importantes que los de los demás», comenta Otero.

Lo curioso con Diario de un incesto es que el lector se enfrenta a la problemática de entender -o no- a una persona particularmente afectada. "Catherine Millet hizo un ejercicio literario en La vida sexual de Catherine M., con el que Herralde vendió más de 300 mil ejemplares, en el que se contaba la vida de una ninfómana. El lector tuvo la opción de sentir, o no, pena porque se trataba de un enferma mental. Sin embargo, el contrasentimentalismo y el despojo de erotismo en Diario de un incesto hace que estemos ante una decisión -la de entender o no a la autora- más difícil. Para mí, es un libro particular, uno que abre y cierra un género y no por ello cierra un problema", asegura Otero quien agrega que este libro «pone sobre la mesa el debate del incesto, cumpliendo, según él, la misión de su publicación». Otero asegura que, por su parte, la cuota de libros que hablen sobre el incesto está colmada y espera que no sea un tema que se sobresature, al menos, literariamente hablando.

Diario de un incesto es un texto que sirve para leer cómo funciona la mente humana en situaciones límite y, también, para entender cómo la enfermedad mental es más poderosa que la voluntad, justamente porque la inhibe. La autora tiene un episodio en el que puede decidir escapar de la vida que lleva. Viaja desde Estados Unidos a Chile, un país donde nadie la conoce. Lejos de su casa, lejos de las relaciones sexuales con su padre, decide envolverse en una relación con el padre de la familia que la acoge, demostrando la necesidad de repetir el comportamiento enfermizo de la que ella es parte y producto.

Se trata de un libro para leer sin prejuicios, pero más que valor literario puede que tenga valor médico: psiquiátrico y psicológico y, quizás, bajo esa perspectiva, la lectura se haga menos repulsiva. 

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