Días de inercia

Era una tarde lluviosa de abril de 2017, y yo me aburría como una ostra en la la feria del libro de Bogotá; llevaba ya varios días viendo miles de cubiertas de libros, oyendo hablar de miles de libros, de autores.

Lizeth León, autora de "Días de inercia", y quien afirma que escribir le cambió la manera de enfrentar la vida. Cortesía

Eran tantos los foros y conferencias que sobre ellos se anunciaban que, en realidad, lo único que deseaba era regresar a mi casa y mirar el pequeño recuadro de verde que se ve desde la ventana. Por esos días leía un libro de George Orwell en el que el escritor cuenta el fastidio que llegó a sentir por los libros cuando, por un tiempo, fue librero en Londres. El artículo, uno entre varios de un librito llamado Una buena taza de té, era inteligente como todos los suyos, pero además muy divertido. 

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De pronto, caminando sin rumbo ni propósito por el recinto de ferias, me encontré un stand en el que un grupo de muchachos conversaba y disfrutaba atendiendo a los que se acercaban; presentaban sus libros de una manera distinta, con un gusto y unas ganas que despertaron mi curiosidad. Se trataba de un stand en el que había reunidas pequeñas editoriales que habían decidido compartir gastos, conversaciones, experiencias. Con curiosidad miré lo que ofrecían: aunque libros muy diversos, había una nota común entre todos ellos: eran libros cuyos editores querían mucho. La mayoría de las ediciones eran sencillas. Recuerdo que había allí una editorial que publicaba solamente literatura policíaca rusa; otra, ciencia ficción polaca; una más, libros de tendencia anarquista… Otra que publicaba solo lo que al editor le había parecido bueno durante su vida de lector, sin importar si su tema era la botánica, el deporte, la filosofía o la literatura. También, editoriales que publicaban literatura colombiana de diversos géneros, de autores jóvenes, y en cuya selección se veía un criterio editorial muy serio. Cuando se miraba el conjunto de los libros que ofrecían, era claro que las razones por las que se habían escogido estos y no otros tenían que ver con asuntos en los que el cálculo y el beneficio económico no eran lo más importante.   En ese stand recuerdo que encontré, entre muchos que me interesaron, una selección del Diario de Jules Renard; una edición de Diez novelas y sus autores de W.S.Maugham; un libro de cuentos de Isaak Bashevis Singer; varios libros de pequeño formato de Angela Sosa y Sebastián Cadavid; y un libro de una autora de la que nunca había oído hablar, Lizeth León Borja, Fachadas Bogotanas, de la editorial Mil Serifas; este último me había llamado la atención por  la forma en que un visitante del stand lo recomendaba a otro; lo tomé del stand y leí unas pocas páginas que me gustaron mucho; así que decidí comprarlo yo también; ese día llegué a la casa con una bolsa de libros cuyo costo superaba el que tenía presupuestado para compras …

 Esa noche comencé a leer Fachadas Bogotanas. Me encantó la manera personal, libre, incluso por momentos disparatada como la autora lleva al lector por esos barrios y esas casas de Bogotá que para ella están cargados de recuerdos. Aunque en sus páginas ese mundo está contado por una mujer que ya no es la que vivió allí, algo, mucho de la adolescente se queda afortunadamente enredado en ellas. La narración pasea al lector sin sobresaltos por una Bogotá que fue, obligándolo a establecer comparaciones con la ciudad de hoy. El estilo del libro es el de alguien que siente que las palabras sirven para contar, sin aspavientos, alardes ni malabares; en él Lizet cuenta quién es, de dónde viene, porqué le gusta esto y no aquello; Y a pesar de que el lector trata de descifrar qué tipo de libro es fachadas bogotanas, no logra saberlo mientras lo lee, lo cual es probable que le genere un poco de desconcierto.

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De cualquier modo, Bogotá ya no es la misma para quien lo ha leído. Recorrió la ciudad en que vive con un guía que le mostró otra ciudad, otros barrios; o los mismos barrios, las mismas calles y las mismas casas, pero con una luz, una sombra, un alma que no les conocía. Inclusive, para aquellos a quienes interesa que un libro enseñe algo, también el libro cumple ese cometido: por momentos Fachadas bogotanas es un libro de historia reciente de Bogotá; también, un libro de sociología de la ciudad; un libro de urbanismo; uno de planeación urbana. Pero, antes que todo, es el libro de alguien que cuenta sus afectos, sus desencuentros, sus recuerdos de la ciudad que la vio crecer; y que cuenta también, y de una manera muy especial (a través de dibujos, de comentarios oídos un poco al azar, de murmullos, de ladridos de perros) la respiración de esas calles y esos barrios, el sentimiento de quienes viven hoy en ellos.

En este momento me doy cuenta de que aún no me he referido al libro que me interesa... Muy emocionado pues con el libro, le pedí al editor los datos de la escritora para expresarle mi sorpresa y mi agradecimiento por su libro; y de paso decirle que si algún día tenía un libro suyo que no estuviera comprometido, nos encantaría publicarlo. A alguien podrá resultarle extraño que un editor actúe de ese modo; sin embargo, debo decir que sabía entonces, y sé ahora con más razones, que alguien que ha escrito un libro como fachadas no puede escribir un mal libro. Es probable que escriba libros no tan buenos o no tan bellos como el libro en cuestión... En fin, en Frailejón nos gusta mucho, es parte esencial de nuestro trabajo, hacer ese tipo de apuestas.

Hoy, después de un tiempo, tenemos un libro de Lizeth León Borja, Días de Inercia. Se trata de un libro que ella comenzó a escribir en medio de una crisis depresiva aguda, “como un diario, como un registro minucioso de acciones domésticas, retazos de sueño, fragmentos de mala literatura. Escribía para mí y me leía una y otra vez como mi madre enferma apegada al salmo23…”; cuando aún no lograba imaginar que, sumida como estaba en esos días de inercia, vería un poco de luz al final del túnel. Es probable que, presentado así, alguien pueda pensar que el libro es una ayuda para quien sufre de depresión; o que se trata de un libro desesperado, dadas las circunstancias en que fue escrito… Sin embargo, esencialmente, el libro no es eso ni es aquello. Sí, por momentos, como cualquier otro libro, puede ayudarle a alguien… Y sí, el sufrimiento atraviesa Días de inercia; pero no es un libro triste ni desesperado; es, incluso, uno alegre, juguetón, divertido. Es, además, y sobre todo, un libro bello. Una mirada, otra mirada sobre la depresión femenina; Días de inercia cuenta, recuerda que, en medio del desastre, son posibles la serenidad y la calma. 

 

* Director de Frailejón Editores 

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Iván Hernández*

Cultura

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