Dibujos más allá del papel

Con ‘Casa desorientada’, el artista plástico Mateo López participó en la reciente feria Art Basel en Suiza. Alejado de los medios, López ha desarrollado su trabajo con base en el dibujo y las instalaciones. Perfil.

La obra ‘Casa desorientada’, expuesta en Art Basel hace dos semanas. / Cortesía - Art Basel
La obra ‘Casa desorientada’, expuesta en Art Basel hace dos semanas. / Cortesía - Art Basel

—¿Es posible contactarse con Mateo López?

Del otro lado de la línea, uno de los miembros del equipo de comunicaciones de la galería Casas Riegner, en Bogotá, lanzó un suspiró y luego una suerte de mugido breve, cortado, pleno de duda: “Mmmm”. Una semana atrás, el artista plástico Mateo López —cuya obra está en manos de esa galería— había expuesto en Art Basel, la feria de arte de Suiza, tal vez una de las más consultadas por quienes conocen el mercado del arte. López, además, es el protegido en artes plásticas de la beca Rolex para desarrollar su trabajo con la tutoría del sudafricano William Kentridge por un año. Su obra, ligada al dibujo y a la exploración del viaje, también se encuentra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa). De modo que López devino, poco a poco, en un artista con reconocimiento: es bien conocido su trabajo y su nombre está en las muestras de España, México e Inglaterra.

El hombre, de voz modulada, hizo un silencio tan corto como el mugido. Su respuesta vino con certeza.

—No creo que se pueda. Ahorita sigue en Europa, luego de Art Basel. Y además...

Otro silencio corto. López, como se lo ve en las fotos, luce de ordinario gafas de marco no tan grueso, una sombra de barba más o menos vistosa, pelo corto, boca plana, ojos poco expresivos. Lejano, evasivo. Ese aire coincide con lo que se lee en la página de la beca Rolex. Allí, en fragmentos, López escribió un texto que lo describe, que describe su obra. “Soy una persona tímida y quizá por eso dibujo, porque es un proceso introspectivo —son sus palabras—. Dibujar transforma las ideas en el papel. Ser tímido no es un problema para un artista. Prefiero ser reconocido por mi trabajo más que por mi personalidad”.

El silencio se acabó pronto.

—Y además... —dijo el hombre, en fin, un poco apenado—, a Mateo López no le gusta mucho hablar con los medios.

“Mi nombre es Mateo López y soy un artista de Bogotá, Colombia”. Su voz, seca y plana, como recogida sobre sí misma, aparece en un video del MoMa en el que él mismo presenta su obra Viaje sin movimiento, una recopilación de objetos y material gráfico que reunió mientras viajaba por las vías férreas abandonadas, rupestres, del país. López se presenta en inglés, con un pulso en cada sílaba, lentamente, y así continúa el resto de la grabación. De ese modo diría también, a modo de introducción, que nació en 1978, que vive y trabaja en la ciudad en que nació y que fue en 1999 cuando comenzó a definir —paso a paso, búsqueda a búsqueda— el arte que ahora mismo construye.

López estudió artes en la Universidad de los Andes entre 1999 y 2003. En ese último año de estudios ganó el primer lugar en la VI Muestra Universitaria de Artes Plásticas en Bogotá y participó en numerosas exposiciones colectivas: Pentimentos, en la Galería Santa Fe, Sólo dibujo, en la Universidad Nacional, y Bordes del dibujo, en el Museo de Arte Moderno de esa ciudad. Entre 2004 y 2006 su obra continuó rodando por el circuito local, entre la Biblioteca Luis Ángel Arango, las galerías, Artbo y los centros culturales. Era López, el artista joven, incluido en exposiciones de juventud, de arte en camino de maduración.

Sólo en 2007 López saltó del círculo local a las ferias de arte mundiales. Su obra llegó a Arco, en España, y a la Feria de Arte de San Juan de Puerto Rico, y a la Bienal Internacional de Cuenca, en Ecuador. De allí saltó al Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y a Miami, y un año después a São Paulo y al Instituto Cervantes y a San Francisco y a Lisboa. En 2009 obtuvo una residencia artística en Brasil y un año después otra más en Londres —cuya exposición final fue titulada Made to Measure—, por el mismo tiempo en que su obra llegó a Art Basel por primera vez, de mano de la galería Casas Riegner. Ya quizá no se lo podía calificar como un artista pequeño, quizá tampoco como grande: más bien como un artista que —como en Yogurth sin dulce, una de sus obras, que una es caja de esa bebida regada por el suelo— derrama todo lo que tiene para probar con cuanto encuentre.

“Intento involucrar el proceso creativo en mi trabajo, como un modo para conectar un proyecto con otro —dice López—. La apreciación de un dibujo recuerda otro dibujo. Eso puede incluir un dibujo que quizá sea un error. En este sentido, el trabajo es biográfico, pero no en el sentido de retroceder en tu propia historia”. El tiempo que siguió, entre 2010 y 2012, fue también de apertura: exposiciones en Nueva York, en la Feria de Arte de Buenos Aires (Arteba) y en Canadá. López se movió en galerías y colecciones de Brasil, Francia, Estados Unidos y Portugal. Creció como han crecido otros artistas: estando en colecciones privadas y de museos. Y más allá del dibujo, que fue su fuente inicial, López realizaba instalaciones y condensaba más su concepto sobre el viaje y la existencia con otros medios. “Los dibujos empiezan a sumarse y te encuentras rodeado de un montón de objetos, de un material que necesitas contener en un lugar —dijo en entrevista con ABC de España en marzo de este año—. La instalación es el contenedor de un tiempo de trabajo”.

Con ese currículo, López llegó a mediados de junio a Art Basel, en Suiza, a presentar Casa desorientada: una casa flotante, plena de objetos de la vida cotidiana, autosostenible. “Pienso todo el tiempo en una tercera dimensión”, decía López en un video del MoMa. Sí, el dibujo sigue presente. Es un dibujo vivo, sin embargo, derramado por fuera del papel.

Reflexiones. El arte produce reflexiones, preguntas. Más que a partir de clichés o apuntes críticos sobre sus obras, o rimbombantes titulares, la vida de un artista se define por el modo en que piensa su propio oficio. Por el modo en que se destruye a sí mismo y vuelve a construirse. Mientras crea, un artista destruye: destruye todo lo que hay a su alrededor al discriminarlo, al apuntar en una dirección específica. Lo que queda, la obra, es el recuerdo de esa destrucción; lo que queda, en el caso de Mateo López, es una obra como Viajar sin movimiento, o también su correspondencia gráfica con José Antonio Suárez Londoño, titulada Ping Pong y expuesta en Art Basel en 2010, o también las doce instalaciones de Avenida Primavera. Casa Nº 2, que recrean escenas abandonadas, la huella de un paso inexistente. “Hacer siempre lo mismo y hacerlo siempre distinto”, dice Suárez Londoño, y López busca honrar esa sentencia. Ser siempre el mismo y, a la vez, otro.

“Para mí —dijo López en ABC—, el dibujo es como un espacio expandido, que puede ser desde un trazo en un papel hasta una caminata. Puede volverse un objeto tridimensional. Tal vez debido a mi formación como arquitecto, me imagino el objeto que salta del papel y se convierte en una escultura”. Ya no es el arte moderno, ya no es sólo el lienzo y el óleo o la acuarela: más allá del dibujo puesto sobre el papel, López propone —como han hecho ya millares de artistas desde que a Marcel Duchamp se le ocurrió poner un orinal como obra de arte— una marca, un recuerdo y un material que representen el dibujo fuera de sus medios convencionales. Fuera del inadecuado academicismo de lo que es o no un dibujo.

No es posible para él, López, ver el mundo plano, en dos dimensiones. El dibujo, en su obra, parece el primer paso de una existencia real, física, basada en la ficción del papel, pero viva y humana cuando se la ve de frente, plena de objetos y huellas. El retrato de una vida ausente. “Algunas veces dibujar es como escribir —dice—: estás usando pocos elementos, eres tú y una hoja de papel”.

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