La discreta vida de José Fernández Gómez

Ejecutó poemas. No dijo nunca si los guardó, si los recordaba. Sólo rememoró su ansia poética cinco décadas después de que los escribiera, en los años treinta.

PARTÍCIPE  DE LA GUERRA  CIVIL ESPAÑOLA, publicista, profesor e intelectual: el presentador José Fernández Gómez, fallecido la semana pasada, se convirtió en un ícono de la televisión colombiana./ Archivo
PARTÍCIPE DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, publicista, profesor e intelectual: el presentador José Fernández Gómez, fallecido la semana pasada, se convirtió en un ícono de la televisión colombiana./ Archivo

Quizá eran versos expresivos como expresivo fue Fernández Gómez en pantalla: se lo veía de bigote cano, de pelo escaso, con gafas de carey. Se lo veía —y así lo recuerdan periodistas y televidentes— moviendo ágil las manos, apuntalando el dedo índice en su frente, gesticulando con amplitud para mantener la atención, hablando veloz, repitiendo frases, cómo le parece, cómo le parece.

Llegaba al estudio del Noticiero Nacional, a mitades de los ochenta, con gabán y sombrero. Era un hombre calmo, discreto. Entonces se sentaba en su silla y principiaba el noticiero, y para sacarlo de la rigidez periodística creaba moquetes a sus periodistas y les daba paso.

Fue así que, un día cualquiera de esos años, hubo de recordar que el periodista Carmelo Castilla había realizado una nota sobre el negocio lácteo en Ubaté. Entonces dijo en pantalla, con su voz no tan gruesa, no tan delgada, como atravesada por cierto tono carrasposo:

—Siga Carmelo, el especialista en leche.

Fernández Gómez era un hombre tan discreto que la noticia de su muerte sólo se supo una semana después por petición suya. No quería honores ni honras fúnebres. Esa misma discreción lo hacía reacio a dar entrevistas, de modo que los datos sobre su infancia son pocos. Nació en Málaga, España, en 1918. Allí realizó sus estudios primarios y secundarios, y entre 1936 y 1937 participó en la Guerra Civil Española como soldado raso. No tuvo, sin embargo, un rifle en sus manos jamás. Era el encargado de cavar las trincheras para que los soldados de Franco resistieran a las fuerzas rebeldes. El oficio le gustó poco; en ese entonces pensaba en ser poeta o profesor. Se iba formando como un hombre culto y la guerra no le llamaba la atención. La única secuela de los enfrentamientos fueron los callos que nacieron en sus manos al construir las trincheras.

Terminó la carrera de Filosofía y Letras y en 1944 se casó con María Ascensión en Madrid. Fue su única mujer y con ella crio a cuatro hijos: José Ignacio, María Victoria, Javier y Alejandro. Fue quizá por esos años cuando Fernández se inició en el periodismo —a juzgar por una entrevista con la Revista del Jueves de El Espectador —, pero no es un dato concreto. Fue quizá por esos años, también, que Fernández fundó hogar en Colombia.

El primer registro de su contacto con un medio impreso fue en 1959, cuando creó la revista Centinela. Era una publicación sobre mercadotecnia, un tema desconocido en el país. La revista estuvo en las vitrinas durante nueve años, justo hasta cuando construyó una agencia de publicidad, donde fungió como director y creativo.

El periodismo, en este tiempo, no se ha atravesado en su camino. No es un personaje reconocido, ni ha aparecido en las pantallas o en la radio. Era 1968 y, según sus palabras, a principios de esa década había creado un premio de periodismo cuando laboraba en Icollantas. Un año después se nacionalizó colombiano. Y aquí permaneció treinta años más, hasta que largó para Bethesda, en Estados Unidos, de la mano de sus hijos.

“De José impresionaba su energía, su pensamiento rápido, su viveza para el comentario espontáneo —dice Carmelo Castilla, que lo acompañó en el Noticiero Nacional—. Siempre había algo especial. Le daba vida al noticiero y mantenía la atención del televidente”.

Fueron de esa suerte los primeros comentarios apenas se supo, el 26 de marzo, sobre la muerte de Fernández. “Impuso un estilo, fue un auténtico presentador —dijo Javier Ayala, director del Noticiero Nacional en 1986, en Blu Radio—. Además de ser un gran profesional, tenía unas condiciones intelectuales excelentes”.

Como presentador empezaría en los setenta. Y habría que hacer una lista de los programas que condujo para no perder su pista en los veinte años que siguieron: Toros de actualidad, Póngase a pensar, Genio y talento, Rápido rápido, ¿Cómo le parece?, Noticiero Nacional, Noticiero de las 7, El juicio, Cabeza y cola y La pelea es peleando. En todos fue un hombre ágil, que celebraba los aciertos de los participantes y que los impulsaba —con su tono español, con su voz no tan gruesa, no tan delgada— a encontrar las respuestas.

De los concursos saltó a las noticias. Lector de The New Yorker y dominador del francés y el inglés, Fernández se levantaba cerca de las 6 de la mañana, leía la prensa y a las 8 y 30 estaba fuera de casa. En el día, y con casi setenta años, saltaba 600 veces la cuerda. Si no tenía compromisos, hacia una siesta después del desayuno. Trataba de eludirlos, de faltar a los cocteles, de prescindir de las entrevistas. “Hay muchas charlas y esto no contribuye a la paz mental”, dijo en 1989.

La paz mental fue algo que, desde entonces, buscaba José Fernández, el hombre discreto. Entre sus muchas lecturas se había topado con El camino del zen, una obra que exploraba las minucias del budismo. “Hace 15 años descubrí la filosofía budista —dijo en 1989—, que se resume en no odiar a nadie y jamás dejarse afectar por los ataques de los otros, y así no tener ni angustias, ni amarguras, ni rencores, y perder el miedo a decir en un momento dado no. Un no rotundo”.

Al mismo tiempo lograba los primeros lugares de sintonía en televisión. Los televidentes lo recuerdan por el modo en que saludaba al presentarse —”Buenas, buenas”— o por las palabras que repetía programa a programa —“¿Cómo le parece? ¿Cóoomo le parece?”—. Para 1985, cuando ya había pasado por varios programas de concurso, Fernández devino en la cara del Noticiero Nacional. El día en que se presentó en busca del puesto, recuerda Ayala, lo obtuvo en el primer ensayo. No hubo necesidad de más.

Presentador estrella. Era un hombre de más de sesenta años, y un prototipo poco sugerido para la presentación actual, pero era un éxito. Un éxito por encima de la edad. Eran un porte y una credibilidad impresos en la voz y en el movimiento. En la cercanía con el televidente, con su lenguaje. “El presentador contribuye —decía Fernández— en gran parte al éxito de un noticiero, pero para mí lo importante es el contenido, la picardía o malicia en el conjunto de las informaciones, y eso no depende de José Fernández Gómez. Yo sólo tengo voz, pero no voto”.

Así, los años que siguieron fueron de éxito. Dejó el Noticiero Nacional y se abrió paso, de nuevo, en el Noticiero de las 7, junto a Pilar Castaño. Poco después, a mediados de los 90, aunque la fecha no es segura, se retiró de la televisión. No dejó de leer, ni los libros de historia en cuyas páginas encontraba gusto, ni la prensa diaria. Viudo y sin ánimos para encontrar otra mujer, se fue a Estados Unidos por sugerencia de sus hijos. En Bethesda pasó sus últimos años. Se había ido, solía decir, “a vivir un poco la vida”. La vida que también tuvo premios: un Simón Bolívar de Periodismo en 1978 cuando presentaba El juicio, dos India Catalina y cuatro galardones Antena de la Consagración de la revista Antena.

Fernández atravesó la historia de la televisión en el país y estuvo al lado, de un modo u otro, de una generación de periodistas que todavía hoy agradecen su movimiento, dinamismo, inteligencia. “Un principiante de periodismo me preguntó sobre las cualidades que debe tener un presentador de un noticiero, y le dije simplemente: juventud”.

De modo que Fernández fue siempre un joven lector, un joven entrevistador, un joven pensador. Como el joven poeta que quiso ser, el joven que ejecutaba poemas. Aunque la definición más certera la dio él mismo en 1978, sentado en la sala de su casa, vestido con camisa roja a cuadros y con el bigote y cabellos canos:

—Yo soy un periodista nato.

 

 

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