Donde Don Quijote perdió la locura

Relato de la ruta que realiza un grupo de personas por los pasajes que se relacionan con Barcelona en "El Quijote".

Don Quijote y Sancho Panza en Barcelona, grabado de Gustave Doré (1863). / Wikimedia Commons

La cita es en la esquina entre las calles Portaferrissa y Pi, en el barrio Gótico de Barcelona. Los asistentes al curso esperan que el calor del verano sea clemente durante la caminata que comenzará unos pasos más adelante, en un callejón angosto cerrado para visitantes: Perot lo Lladre. Una vecina cordial, o inconsciente, los ha dejado entrar; quizá le parece extraño que quieran hacer un tour del Quijote, o quizá se siente agradecida de que sean otro tipo de “turistas”. La calle tiene forma de L, está adornada con plantas de lado y lado, y el silencio es increíble, a pesar de estar en pleno centro de la ciudad. La ruta cubrirá los pasajes que se relacionan con Barcelona, que van desde el capítulo LX al LXV de la segunda parte del Quijote.

“Al parecer, en este lugar se alojaba Perot Rocaguinarda, el bandolero catalán llamado Roque Guinart en el libro”, dice Margarida Codina, y lee el fragmento en donde el protagonista y su escudero llegan a Barcelona. La historia completa en la vida real, no en el libro, incluye un cura, un conde, el purgatorio, un fantasma y el desfile del personaje en versión gigante de papel durante las fiestas de Sant Josep Oriol. Todos en el grupo están atentos a la lectura. Margarida tiene una voz de actriz de teatro que logra que las palabras desconocidas del libro se entiendan mágicamente sólo con su entonación. Han sido diez sesiones centradas en el Quijote y hoy es el último día; el curso se cerrará con la visita a los lugares que tienen alguna relación con la obra más conocida de Cervantes y de la literatura universal.

El momento en el callejón dura muy poco. No han pasado ni cinco minutos cuando llega otra vecina, dice que estuvo más de veinte años luchando para conseguir que le dejaran cerrar la calle y, entonces, ¿qué hacen ustedes aquí? En parte tiene razón. No sería un lugar agradable si se oyeran día y noche las ruedas de maletas de fin de semana, grupos de bicicletas en masa o las incesantes despedidas de soltero tan comunes por estos lados. El grupo se va resignado. Margarida cuenta que existe una réplica de la galera, en tamaño real, tripulada por don Juan de Austria en la batalla de Lepanto (1571) en el Museo Marítimo; en esa batalla fue herido Cervantes en una mano. Muchos ya la han visto, pero no se habían dado cuenta de la relación. Igual sucede con el Santo Cristo de Lepanto ubicado en la catedral de Barcelona.

Precisamente, cerca de la catedral queda Ciutat de Lletres, el lugar secreto de Margarida Codina Carbonell. Allí dirige cursos hechos a la medida de sus alumnos: “Ventaja y poder en el teatro de Shakespeare”, “Gabriel García Márquez, la frontera entre la realidad y la ficción”, “Don Quijote”, “Literatura y adaptaciones al cine”, entre otros. Ella es licenciada en filología hispánica y en teoría literaria y literatura comparada, autora de Començar encaraComenzar todavía— (Tanit, 2015). Actualmente trabaja en su segundo libro mientras dicta clases, conferencias y realiza rutas literarias por la ciudad.

“Sucedió, pues, que yendo por una calle, alzó los ojos Don Quijote, y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes ‘Aquí se imprimen libros’…”, lee Margarida al grupo en una calle angosta. El libro que estaba en turno de impresión era el falso Quijote, el de Avellaneda, que fue publicado alrededor de 1614 como una supuesta segunda parte y que Cervantes rechazó como falsa y así escribió su propia segunda parte en 1615, la real. Margarida continúa leyendo: “Ya yo tengo noticia deste libro, dijo don Quijote, y en verdad y en mi conciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos, por impertinente”. Este hecho ocurrió en la calle Call número 14, en donde se puede ver una placa que recuerda el episodio: “Esta casa albergó de 1591 a 1670 la oficina tipográfica Cormellas”. Hoy, en el primer piso hay un local de bisutería china al por mayor llamado Dulcinea.

Salidos un poco de la ruta, el grupo llega a las columnas del templo de Augusto, en la calle Paradis, que en medio de un patio interior sorprenden a quien las visita, y a quienes las tienen a menos de un metro al abrir la ventana. Después, en un pasaje cerca de la calle Avinyon, observan la casa en donde nació el pintor Joan Miró. Y es que estando en el centro, cualquiera se puede desviar y terminar haciendo la ruta de Picasso, la del Boom latinoamericano, la de Bolaño, y por qué no, la de fantasmas, dragones y animales fantásticos. Mientras tanto, el grupo camina rumbo a la playa.

Al parecer en el número 2 del Paseo Colom vivió Cervantes alrededor de 1610. Adentro, en la planta baja, hay un cartel con un extracto del primer capítulo del Quijote: “En un lugar de La Mancha…”. Las fechas exactas de la estancia del autor en la ciudad son desconocidas y persisten hasta hoy las diversas polémicas entre cervantistas: en dónde es realmente La Mancha, cuál es el verdadero lugar de nacimiento de Miguel de Cervantes, si el autor era un judío converso o si era el español la lengua original de su obra, entre muchas otras. Después de 400 años de su fallecimiento, todavía se analizan pruebas y salen nuevas teorías, aunque también otras formas de estar en contacto con su obra: apps del libro y de rutas, audiolibros, juegos y podcasts.

Durante el recorrido, Margarida leyó fragmentos de la edición de Francisco Rico, mientras que una de sus alumnas seguía las líneas en la versión en español actualizado de Andrés Trapiello. De lejos, la gente miraba al grupo no como turistas que oyen que una iglesia fue construida en tal siglo, esta es La Pedrera, más abajo la Casa Batlló y allá arriba Montjuïc, sino como a un grupo de oyentes de un predicador salvando sus almas Biblia en mano. Y podría decirse que eso hizo Margarida en el curso de Ciutat de Lletres, diez horas de realidad y ficción, de contexto histórico, de lecturas en voz alta, risas, ternura y también tristeza con las últimas palabras del protagonista. Y al final del taller todos, Quijote en mano, son nuevos predicadores.

La ruta termina en la Plaza Palau, en donde Don Quijote y Sancho vieron el mar por primera vez: “Llegaron a su playa la víspera de la Degollación de San Juan, en la noche… vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera”. De la misma playa se marcharon, no sin antes perder la batalla contra el Caballero de la Blanca Luna. Dice Don Quijote sobre la ciudad: “Y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto”. El protagonista cumple su palabra y decide retirarse por un año, no sin antes reafirmar que Dulcinea es la más bella del mundo y “yo el más desdichado caballero de la Tierra”. Aquí en Barcelona, por su bien o por su mal, Don Quijote perdió su locura.

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