La duquesa del sexo

Mesalina, la tercera esposa del emperador Claudio, conocida como la emperatriz del sexo, encontró su émula en la piel ardorosa de madame de Polignac, una duquesa del círculo de María Antonieta por los años de la revolución francesa.

Así lo dejó escrito un autor anónimo en 1789, el mismo año de la toma de Bastilla, en un texto de tono fuertemente libertino: La Mesalina francesa.

El narrador describe en detalle sus andanzas con mujeres de la Corte. Primero, con una princesa que le dio posada y al primer descuido de su marido lo hizo entrar a su habitación y a su cuerpo. “¡Qué encantador espectáculo! durmiendo echada en un camastro, en la actitud más voluptuosa, con el pecho desnudo, una pierna levantada (…) Yo entreveía el centro de los placeres, sombreado por un espeso musgo”.

Y pasó lo que tenía que pasar durante un buen tiempo hasta que el protagonista tuvo un nuevo encuentro que le cambió su rumbo. En una terraza conoció a dos mujeres y se prendó de una de ellas al calor de un beso.

Mientras la hermana vigilaba, la amante le hizo prometer que no averiguaría su nombre. Con esa salvedad, pasó lo que tenía que pasar. “… la espada, toda humeante aún, apenas ha salido de su llaga cuando el amor vuelve a hundirla en ella varias veces”.

El protagonista es explícito en los detalles más íntimos. Habla de ardiente dardo, de muslo exótico, de vientre liso y, al sumar todos los elementos, los pone en juego para el libertinaje. “¿Se ha visto alguna vez un monte mejor realzado y adornado con un musgo más lindo? (…) Introduzco en ella el ardiente dardo”.

La incógnita mujer le concedió dinero y tierras. Un día, engañado, lo invitó a su casa donde había prometido revelarle su nombre. Llegó y entró a su cama en plena oscuridad. “Se entrega a mis caricias con furia; chupa, muerde todas las partes de mi cuerpo que su boca puede alcanzar. El exceso de placer la domina. No parece ella”.

Pues no era ella. Era la falsa hermana que quería quedarse con sus placeres. Era la Duquesa de Polignac, con la que conoce todas las posibilidades del sexo, sus rutas más secretas y sus pecaminosas orgías. Cuando estalla la revolución, en 1789, huyen juntos del país, pero en la tranquilidad del exilio, la madame le empieza a dar trato de marido. Sus apetitos desmedidos buscan placer en otras carnes y él decide partir.

La revolución francesa produjo mucha literatura de ese calibre como estrategia difamatoria contra Luis XVI, María Antonieta y su círculo más cercano. La situación llegó a tal extremo que el rey compró ediciones completas para quemarlas porque hablaban de su impotencia y del libertinaje de la reina. La Mesalina francesa no tuvo la misma suerte y fue reeditada dos veces más para desprestigio de la gran dama.

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