Eduardo Galeano, el senti-pensante

Quien nombra, llama. Y alguien acude, sin cita previa, sin explicaciones, al lugar donde su nombre, dicho o pensado, lo está llamando. Cuando eso ocurre, uno tiene el derecho de creer que nadie se va del todo, mientras no muera la palabra que, llamando, llameando, lo trae. Eduardo Galeano.

AFP Foto del 7 de junio de 1999 en La Habana, Cuba.
“Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, decían todos los calendarios matemáticos que yo tenía que llenar mensualmente en el colegio, y firmaba un señor Eduardo Galeano. Yo creía que se dedicaba a las matemáticas. Ya terminando el bachillerato iba caminando un día por la librería con mi mamá. Tenía ella la bella costumbre de premiarme con un libro cuando algo me salía bien, y apareció en los estantes de literatura este nombre de nuevo: Eduardo Galeano, “Las venas abiertas de América Latina”. ¿Pero cómo? ¿No se dedicaba acaso a las matemáticas? ¿Era una suerte de erudito que abarcaba varias ciencias y saberes? “Este, quiero este, mamá”.
 
Devoré el libro con mi infantil conocimiento histórico del mundo, lo leí porque fue la primera vez que me hablaron de un lugar común en el mundo llamado América Latina y porque sentía que me daba cierta conciencia sobre el lugar en el que habitaba. Tengo que reconocer que quizá no entendí mucho, y que de esa lectura, hace ya mucho tiempo atrás, el descubrimiento más grande que tuve fue la existencia de la alegría, la nostalgia, la fuerza y la dignidad, todas juntas en las letras del escritor. 
 
A don Eduardo Galeano le guardé un puesto especial en el corazón, compartí sus textos con mi hermano y él de vez en cuando me dejaba algún fragmento de “Memoria del Fuego” en los mensajes que nos enviamos cuando no podemos conversar un día. Aprendí con sus libros a abrazar la vida de quienes habitamos este lado del mundo, recorrí la hábil narración que hizo de la historia latinoamericana a través de ese bello ejercicio literario que no nos dejaba más de una página completa y que todo el tiempo nos recordaba la narración oral de nuestros pueblos originarios.  Memoria del Fuego fue un libro revelador para mí en el sentido histórico que debe tener la narración, entendí que no hay que ser objetivo y distante para hablar de historia y que la literatura nos da licencia de nadar entre la ficción, lo subjetivo y lo real para hablar del mundo y él fue la persona que me lo enseñó.  
 
Era un hombre con pasiones mundanas que odiaba que lo titularan de intelectual, creía fervientemente en la construcción de un mundo basado en la justicia y la libertad, dos siamesas que, decía, se habían separado por equivocación; apreciaba nuestra historia imperfecta  y narró siempre a los nadies en cada uno de sus textos. Cuenta Gioconda Belli que andaba siempre con su libretita anotando historias de aquí y allí, porque amó el periodismo por ser la herramienta que le dio una mirada distinta del mundo, como lo decía: “Le agradezco al periodismo que me haya sacado de la contemplación de los laberintos de mi propio ombligo”.
 
Ese hombre de la voz grave y la mirada tranquila que se mostraba alegre y locuaz en sus entrevistas, se declaró abiertamente un enamorado del fútbol. En “El fútbol a sol y sombra” lo reseñó y narró como la fiesta popular que él creía que era, lo vivió intensamente y soñó muchas veces con mover la pelota mágicamente, como Garrincha, porque “era como ver a Chaplin”, o  Abbadie porque “era un hombre con alas”. Hasta el mismo Pelé con su juego le permitió creer que la inmortalidad existe. Cuando reconoció sus pocas facultades en el deporte se dedicó a escribirlo, pues consideraba que “hizo con las manos lo que nunca pudo con los pies”.
 
Seguí leyéndolo por mucho tiempo, enamorada de la literatura latinoamericana, hice mi tesis de grado sobre literatura y memoria en América Latina, tuve que recorrer sus textos una vez más, busqué libros y me dejé abrazar por su infinita dignidad en la memoria de nosotros, los despojados del mundo. “El libro de los abrazos” reconstruyó muchas de mis partes en una coyuntura difícil en la que estaba, lo cité muchas veces con la esperanza de que quien leyera mi propuesta percibiera la profundidad y el sentimiento con el que escribía, que se inundaran como yo de esperanza en la vida y en el otro.  Gracias al maestro por todas sus letras, por toda su entrega y la lucha política para La Patria grande, le volveremos a encontrar, pues en sus palabras lo ha prometido: “Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira”.
 
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