Eduardo Galeano: la revolución de las cosas chiquitas

Un retrato íntimo del escritor uruguayo, quien reveló, a través de sus escritos sobre periodismo y política, que hay que practicar el ejercicio de la solidaridad y que muchos logros individuales pueden cambiar una sociedad inmensa.

AFP Eduardo Galeano en Jalapa, Mexico.
Estaba sentada en la primera silla del salón comiéndome el frío de las ocho de la mañana, a 10 grados, los dedos morados. Entré a Facebook mientras se iniciaba la clase. “Murió el escritor uruguayo Eduardo Galeano”, publicó alguien. Sonreí, supuse que era una de esas noticias de mentiritas, como las que dan la mayoría del tiempo todos los medios. Es imposible que muera, es inmortal, pensé. Le pregunté a mi profesora si era verdad, si realmente la noticia que empezaba a fracturarme podía tener sentido. Me dijo que sí. Ambas nos quedamos en silencio, me vi reflejada en el agua que inundaba sus ojos, ella se vio en mis lágrimas seguramente.
 
Hace cuatro años encontré a Eduardo Galeano en una clase de Redacción e Interpretación Textual cuando Jaime, mi profesor, lo mencionó. Habló de “Las venas abiertas de América Latina”. La curiosidad me picó y luego toda su obra me contagió de una enfermedad crónica. El hombre que me llevó al periodismo, a quien escucho todos los días después de almuerzo, uno de mis amores más profundos, muere un lunes, un día simple y frío. 
 
El legado de un hombre de los cuarenta, un pensamiento sin tiempo. Galeano practicó el ejercicio de la solidaridad, que cuando se practica de veras, es también un ejercicio de humildad que te enseña a reconocerte en los demás y a reconocer la grandeza escondida en las cosas chiquitas. Lo cual también implica denunciar la falsa grandeza de las cosas grandotas, en un mundo que confunde la grandeza con lo grandote.
 
Se despidieron Eduardo Galeano y Günter Grass de un mundo que ha cambiado poco en sus posiciones sociales. Dos personajes que comprendieron la resignificación del lenguaje, el rescate de las grandes historias en los pequeños sucesos, y que adoptaron la filosofía del amor. Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el amor es la quintaesencia de la vida. Como lo dijo Einstein en una de sus cartas. 
 
Hay que entender su obra, su vida como una revolución de las cosas pequeñas, reírse de los tontos que se jactan del purismo y de las reglas impuestas, de las verdades que nos hicieron creer en Disney o las películas que pasan los domingos en la noche. Esas verdades que nos hicieron creer que había cosas imposibles y lugares a los que no se podía llegar, aquellos intelectuales que creen poseer la verdad cuando la verdad, esa de la que tanto nos hablaron en la iglesia y el colegio, es una construcción colectiva, una percepción social del todo o de la nada. 
 
Galeano no murió, simplemente lo que estábamos acostumbrados a ver desapareció: sus dientes podridos, sus ojos azules, sus hilos nieve. Un pedazo de mi corazón se va con la idea de pensar que no encontraré una manera de conocerlo físicamente, pero me reconforta saber que para siempre, él: jodido, constante, sonriente, vivirá en mí.
 
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