Eduardo Sacheri detiene el tiempo

Un profesor en escuelas, un jugador de fútbol. El escritor argentino ya no teme perder o ganar reconocimiento.

Cristian Garavito- El Espectador
El día que Independiente descendió a la B, Eduardo Sacheri estaba de pie junto a su hijo en la tribuna popular del estadio Libertadores de América. Era 15 de junio de 2013, un sábado. Los Sacheri —padre e hijo— habían hecho una promesa un año antes: acompañar a su equipo en cualquier partido por más dolorosa o frustrante que resultara la travesía. El último rival era San Lorenzo, luego de haber perdido contra San Martín de San Juan y Argentinos Juniors. El estadio rugía como si algo le doliera, el equipo llevaba meses agonizando. Ángel Correa, en el minuto 14, tras una jugada individual, mató a la bestia roja: la pelota en la malla. Un solo gol en todo el encuentro fue suficiente.
 
La masa confusa y perdida comenzó a gritar. A cantar las mismas canciones que pregonaron cuando el equipo ganó las siete Copas Libertadores, los 18 títulos internacionales, las estrellas. Eduardo Sacheri se quedó petrificado. Pasa poco: un sentimiento es tan fuerte que inhibe el habla o cualquier movimiento corporal. El dolor, en este caso, le anduvo por encima de la piel y, como un imán, le quitó la energía. La vida por un momento. “Creo que me había propuesto enfrentarlo con cierta dignidad. Sin romper cosas y sin ser violento. Sin estimular la violencia de los que estuvieran conmigo en la cancha. La gente de Independiente se fue con dignidad, se fue aplaudiendo, se fue cantando y se fue llorando”. Pero lo peor no fue esa derrota. Lo peor fue la agonía. “Lo encaramos como una difícil enfermedad de un ser querido. Los equipos y los clubes son, para nostros los argentinos, como un ser querido. Me costó muchísimas noches de insomnio. Pensaba cómo salvarme, cuántos puntos necesitaba Independiente, cuántos partidos tenían que perder sus rivales. Por supuesto que lo vivía con culpa porque me pasaba la noche en vela mirando el techo y pensaba “si mis hijos o mi mujer tuvieran un problema de salud, yo debería estar así. No porque Independiente se está yendo a la B”. Era inevitable. Si uno a la culpa le suma la sensación de estupidez, es peor”.
 
Para Eduardo Sacheri el fútbol no fue una elección. Cuando era niño su padre le pintaba de rojo hasta los dientes cada que su equipo salía a jugar. Entre la sala y el comedor de la casa ponían trapos, papeles y ropa roja: simulaban una tribuna. El fútbol se convirtió en su forma de entender la vida, “mientras uno juega el mundo es sólo el juego: ganar es vivir, perder es morir. El riesgo de perder es sufrir, la felicidad es acercarse a la victoria. Todo juego ofrece metáforas muy sencillas y fáciles. Ofrece  una reproducción a pequeña escala de la vida, pero sin tantas dosis de tragedia. Entonces, los que amamos el fútbol, o los que depositamos en él cosas mucho más importantes, en realidad lo estamos usando por su simpleza. La vida es mucho más compleja, mucho más llena de matices, mucho más difícil de aprehender. Creo que cuando jugamos nos exhibimos profundamente, exhibimos nuestros fantasmas más oscuros”.
 
Se convirtió en el arquero de su barrio Castelar Sur. La posición que está condenada a la soledad en la cancha. “Cuando el último hombre del equipo pierde la concentración, sella su destino”, escribió Juan Villoro y esa presión casi destruye a Sacheri. No podía distraerse: su puesto —el de portero— se define por el error posible, no por los aciertos pasados. “Cuando tenía veintitantos me paralicé. En una edad en la que se suponía no se debía uno sentir triste. Me parece que la depresión es eso: estarse quieto. Por eso salí del arco: sentía demasiada responsabilidad. Llegué a una edad en la que ya no iba a ser profesional y no le veía sentido a seguir lastimándome. Mejor aprender a ser un jugador de campo, con todo lo que me costó. Llevaba casi 20 años de portero”. El alma de un arquero, sin embargo, no hay forma de sanarla; queda punzada por la angustia de esperar algo. Sacheri consiguió moverse del campo, hacia el centro, esperar la pelota, atacar al otro con dureza, con ponzoña en las piernas. Aprendió a ocultar las manos, a encontrar algo.  
 
Perdió a su papá a los diez años, perdió su posición en la cancha, vio a su equipo —el más veces camepón— descender con humillación en su propio estadio. Sacheri comenzó a hacerse especialista en el arte de perder. Las derrotas se tejen debajo de las victorias, mejor dicho, las sostienen. Lo que queda es el dolor. “Creo que uno debe afrontar las derrotas con serenidad, pensado que no es para tanto aunque sean para tanto. Quien nos quiere bien se va a desesperar al vernos desesperados y quien no nos quiere, si nos ve desesperados lo va a disfrutar, entonces no debemos darle esa satisfacción. Es importante la privacidad del dolor. Cuando digo que privacidad, me refiero a que el dolor sólo sea entre los íntimos, ahí sí creo que uno puede dar rienda suelta al dolor, o a la bronca o al fastidio”.
 
Esa parálisis, la de los veinte, también terminó cuando se volvió profesor. Maestro de historia en universidades y colegios. “Ser profesor me ha enseñado a escuchar. A observar. Trato de observar empáticamente a mis alumnos para entender qué necesitan, qué les pasa. He aprendido a tender puentes afectivos con mis estudiantes. Llevo casi 20 años dando clases en escuelas y si hay algo que tengo claro es que si no hay un vínculo afectivo, no puedes establecer un vínculo intelectual. No es suficiente el vínculo afectivo, claro que no, con que yo los quiera y ellos me quieran no es suficiente; pero sé que si no los quiero y no me quieren, y si no advierten que me interesan no aprenderán historia”.
 
Lo mejor de las tragedias es el tesón que se despierta en el hombre para enfrentarlas. Cuando se atraviesa por las peores épocas, a pesar del sufrimiento y el desgaste emocional de las contradicciones y las pulsiones reprimidas, los más fuertes siguen conservando el magnetismo de la vida. Escribir redimió a Eduardo Sacheri. Empezó a los 25. Su reconocimiento, sin embargo, se dio cuando Juan José Campanella llevó al cine su libro La pregunta de sus ojos (2005). La cinta (El secreto de sus ojos) ganó el Óscar a Mejor Película Extranjera. La estridencia de la fama no lo alejó de sus historias favoritas: las comunes. “Siento que uno encuentra  más valores en esos personajes pequeños, no en gente petulante o famosa o con grandes posiciones de poder económico o político. Me gusta lo minúsculo”.
 
Intentó mantenerse al margen de los excesos: Sacheri le teme al ego. “La familia y la vida cotidiana es una buena contención del ego. Cuando en mi casa estamos viendo televisión y mis hijos (tengo dos hijos adolescentes: un varón y una niña), están haciendo zapping a veces aparezco en una entrevista y bueno, yo no me acuerdo donde fue o algo y les digo “Dejá ver” y ellos siguen y responden “No papá, no molestes”. Creo que está bien. El ego se trata de saber guardar un lugar. Hay gente que sabe guardarlo y hay gente que no. Si vos sabés guardar tu lugar, no importa en qué tengás éxito, siempre lo vas a guardar. Y si no sabés guardarlo, la más ínfima victoria te va a convertir en un ser despreciable y obsceno para los demás. Eso vale para los escritores, los políticos, los jugadores de fútbol o las familias”.
 
Mantener el ego a raya este año será tarea difícil: el argentino acaba de ganar el Premio Alfaguara de Novela por su libro La noche de la Usina (2016). Se trata, según el jurado, de “una novela coral, ágil y emotiva, con muchos ingredientes de lo mejor del thriller y el western. Pampa y política, tiempos muertos de vida cotidiana y diálogos muy vivos, con un trasfondo crítico lleno de suspenso, en el que la rabia fecunda es compatible con el humor más fresco”.
 
En 2001 Argentina vivió una de las crisis económicas más fuertes de su historia. A los argentinos le rompieron la burbuja que desde los 90 Carlos Menem venía construyendo con un sistema neoliberal basado en el consumo y en el despilfarro. A Sacheri en esa época sólo le interesaba mantener el refrigerador con algo de comida. Era profesor de historia en la mañana, en la tarde y en la noche. No paraba. No podía. Edaurdo Sacheri es de esos hombres que prefieren el tedio y la incomodidad de la verdad que mantenerse rodeado de lujos creados por mentiras, por eso se sentía más cómodo en 2001. Cubierto de pantano. “Por lo menos en 2001 nadie era ingenuo y para mí era mejor. Me sentía en un país de emociones más sinceras, de “esto es un desastre”, y yo pensaba “sí por fin se dieron cuenta”. En los 90, como un dólar valía un peso, había gente que pensaba que La Argentina era el Primer Mundo. Y a vos te daba una mezcla de pena, de tristeza y de risa y de rabia. Pero en 2002 nadie cometía esa estupidez. En la novela los protagonistas saben que se viene el colapso, se me va a mis personajes saber que eso iba a ser un infierno y se me va también saber cómo afrontarlo”.
 
—El campo— dice Fontana, después de otra pausa—. Eso va a quedar.
—¿En qué sentido?
—Cuando se vaya todo a la mierda, Silvia. El campo va a quedar. 
 
Cuando terminó de escribir La noche de la Usina, Sacheri quiso detener el tiempo y disfrutar de ese momento efímero de felicidad. Supo que ya no había tiempo para temerle a perder. Que ya todo está perdido, lo reconoce. Todo menos el deseo. La ambición nos mantiene agonizando. Pero con vida, al fin.
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