Historias de vida

Eduardo Serrano: "Mi vida personal es mi vida profesional"

En la serie Historias de vida, concebida y producida por Isabel López Giraldo, presentamos al curador de arte Eduardo Serrano, testigo excepcional de la cultura del Siglo XX.

Eduardo Serrano, quien con Gloria Zea llevó al Museo de Arte Moderno de Bogotá obras de Andy Warhol, Picasso, Dalí, Rodin, Pollock y Francis Bacon, entre otros. Cortesía

Querría como epitafio: “Hizo lo que quiso…y nadie se ha divertido tanto”

Mis raíces son santandereanas, mi papá, Ulpiano Serrano Acevedo, era un señor de Zapatoca – Santander, donde nací, y mi mamá, Bertha Rueda Rueda, también de Zapatoca. Cuando tenía pocos meses de edad, mi papá se fue a vivir a Barranquilla porque compró unas fincas en la zona bananera, cerca de Santa Marta, así que realmente soy barranquillero, por idiosincrasia, por cultura y porque allá permanecí la mayor parte de mi juventud, pero también tengo una buena porción de valores y temperamento santandereanos aparte de que la mayor parte de mi familia vive en Bucaramanga. Este origen me parece muy importante porque me ha dado una visión doble del mundo, es decir, lo que era bueno en mi casa era malo en Barranquilla y viceversa, porque la moral era distinta, las costumbres eran otras, las predilecciones diferentes, lo que te da la posibilidad de ver todo relativamente y no casarte con nada. Esto ha sido un plus importante en mi vida.

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Estudié en el colegio Biffi (de los hermanos cristianos), que contaba, y debe seguir contando, con gran prestigio en Barranquilla y en ese entonces comencé un periódico, El Atómico, en un momento en el que la gente joven no encontraba nada interesante qué hacer en la ciudad más allá de ir a cine y al mar (y todos sabemos que las playas de Puesto Colombia no son especialmente atractivas). En ese entonces muchos jóvenes iban los domingos a las tres de la tarde al teatro Metro, a matiné, así que nosotros repartíamos gratuitamente el periódico a la entrada. El Atómico era para chicas y chicos, es decir, entrevistábamos a la chica más bonita (las que después se harían reinas) publicábamos chistes, contábamos chismes, en fin, era un periódico de adolescentes y para adolescentes lo que no les cayó muy en gracia a los curas que se enojaron y me la montaron con el argumento de que yo no estudiaba por estar dedicado a ese “pasquín”, ya que ni siquiera se trataba de un periódico serio.

Pero de todas maneras ahí comenzaron mis devaneos con la literatura, y era que aparte de lo que me demandaba El Atómico en cuanto a escribir frivolidades, me iba divinamente bien en las clases de redacción, como se llamaban en ese entonces las clases de castellano, y como consecuencia me fue surgiendo la idea de que quería ser escritor. Mi papá tenía muchos libros y colecciones de revistas como Cromos y El Gráfico que le había regalado a mi mamá cuando eran novios, lo que me permitió familiarizarme con el trabajo de algunos escritores y en general con el oficio.

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Vine a estudiar a Bogotá en la Universidad Externado de Colombia. Como a mí no me atraían las matemáticas, ni la química, ni la física, entonces decidí estudiar Derecho ya que en ese entonces (1957) no había muchas opciones: medicina, economía, odontología… Pero tampoco me gustó esa carrera para nada, así que me dediqué a hacer cultura en la Universidad, a organizar exposiciones de arte, a preparar la semana cultural en la que leíamos poesía y llevábamos intelectuales a dictarnos alguna conferencia sobre temas de actualidad. Todo esto, cuando las actividades culturales en la ciudad eran bastante restringidas. Desde ese entonces yo ya me vislumbraba como gestor cultural y sin modestia puedo afirmar que dejé cierta marca en la Universidad hasta el punto de que Fernando Hinestroza Forero, quien sería posteriormente rector del Externado, me invitó insistentemente a que le colaborara creando la Facultad de Bellas Artes. Pero cuando finalmente me decidí a hacerlo, murió el doctor Hinestroza lo que no ha dejado de causarme cierto remordimiento.

En vista de mi poca dedicación al Derecho, mi papá se puso furioso conmigo y, un año y medio más tarde, me llevó de vuelta a Barranquilla para que me fuera a trabajar con él en una finca que había comprado y que, de todos los lugares del mundo, quedaba en Aracataca ¡la futura capital de Macondo! Trabajé cerca de dos años con él manejando un tractor, pero yo sabía que la agricultura no era mi porvenir así que regresé a Barranquilla donde trabajé en el almacén Sears (lo que sobra decir que tampoco me gustó), pero entonces habían nombrado a la futura escritora Marvel Luz Moreno reina del Carnaval, y de alguna manera quedé involucrado en la comparsa Danza del Garabato en la cual conocí a Plinio Apuleyo Mendoza quien se convertiría en su esposo (pero él no se acuerda). Fue una época de intensa bohemia, de rumba, bailes, disfraces y “country” que yo disfruté a plenitud, pero también sabía que mi futuro no sería el de un “socialite”.

En esos años, como era lógico dado tanto desorden, hice muchos amigos, (infortunadamente casi todos muertos), entre ellos Alberto Moreno quien se desempeña actualmente como Curador del Museo de Arte Moderno de Manizales, y con él y algunos otros nos empezamos a interesar en el arte convirtiéndonos en asiduos del famoso bar ‘La Cueva’, donde se reunían, entre otros, Alejandro Obregón, Álvaro Cepeda Samudio, Cecilia Porras, Germán Vargas Linares, Gabriel García Márquez, Alfonso Fuenmayor, en fin, todo un parnaso…y nosotros unos pelaos no podíamos mezclarnos con ellos, sino que pedíamos un par de cervezas y nos sentábamos a la mesa más cercana para oírlos hablar. ¡Era fascinante! La imaginación de esos maestros era desbordada, y no sabíamos con seguridad si lo que estaban diciendo era fantasía o realidad. Es posible que no lo sepamos todavía. No hay que olvidar que el arte de los años 50, 60 y tal vez también de comienzos de los 70 era desordenado, libre, el alcohol estaba casi siempre presente, y a muy poca gente se le ocurría pensar que el arte era algo serio que había que estudiarlo, “sólo sentirlo, pensarlo, lo que quieras, ¿pero estudiarlo?, eso jamás, eso nace con uno”. En La Cueva conocí a Noé León el pintor primitivista sobre cuya obra escribiría un libro bastante más adelante.

Por ese entonces conocí también a Julio Roca Baena y a Arturo Esguerra Márquez, refinados dibujantes e intelectuales de gran humor. Julio trabajaba en el Diario del Caribe, y me presentó a Álvaro Cepeda Samudio, su editor y el gran escritor de La Casa Grande y Los Cuentos de Juana, quien me propuso que trabajara para el Diario. Nos caímos muy bien. Para ese entonces yo ya había hecho mis primeros pinitos en la literatura: una serie de cuentos que había publicado en El Tiempo, El Espectador y otros periódicos, los cuales le interesaron a Álvaro Cepeda, y también a Gonzalo Arango quien me escribió una carta que comenzaba diciendo “Claudia me ha habado de ti”. (Claudia era el título de uno de esos cuentos) y me invitaba a tomar un café. Por esos días estuve en Bogotá y tuve una cierta relación con el nadaísmo. Pero fue una visita muy corta y de regreso a Barranquilla se me habían incrementado los deseos de estudiar literatura y de irme a Nueva York, y la verdad es que ese deseo no me permitía tomar muy en serio mi trabajo en el periódico. Por ejemplo, junto con Julio Roca recortábamos de las fotos sociales a quienes considerábamos lagartos, lo cual creaba reclamos incesantes (risas). Debo confesar que Julio, amigo del alma, ha sido una de las personas más inteligentes que he conocido, gran periodista, lector incansable y escritor de pluma fluida y elegante, Julio se convertiría más adelante en la mano derecha de Carmen Balcells, la agente literaria española que fue en gran parte responsable del boom latinoamericano… pero era Julio quien leía los manuscritos y aprobaba o no su publicación.

Finalmente, un día me atreví a pedirle a mi papá que me permitiera irme a estudiar literatura a Estados Unidos, a lo que, para mi sorpresa, dados mis funestos resultados como estudiante y todo ese tiempo de indisciplina, el gran señor, el devoto padre, accedió. Llegué a Nueva York donde debí hacer unos cursos de inglés, antes de ser admitido en New York University. Me defendía con el inglés del colegio y con seis meses más de cursos intensivos fue suficiente para que me aceptaran. Me presenté con la ilusión de finalmente llegar a mi meta, y cual sería mi desconcierto cuando me dice el decano que yo no podía estudiar literatura con inglés como segundo idioma. El problema era que yo ya estaba enamorado de la idea. Yo había leído mucha literatura francesa, Marcel Proust, André Gile, Jean Genet, Henri Malraux Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud,.. en tanto que Álvaro Cepeda, me había enseñado a interesarme en la literatura norteamericana, él era muy pro Faulkner, Hemingway, Scott Fitzgerald, John Setimbeck, John Dos Pasos… entonces cuando me presenté ya tenía cierto bagaje, había leído mucho y había escrito mucho, desde el colegio estaba produciendo, pero no me quisieron aceptar. ¡Me dio tan duro! no sé qué sentí, pero afortunadamente el decano se dio cuenta de mi desazón y me dijo:

— Mire Eduardo, estudie antropología que eso le sirve para lo que usted quiera hacer en la vida.

Y eso estudié y de verdad me ha servido para lo que he querido hacer en la vida. Se trataba de una antropología con énfasis social por demás interesante; tuve grandes profesores como Margaret Mead, la famosa antropóloga que escribió un libro muy exitoso: Coming of age in Samoa. Me fue muy bien en mis estudios. En ese entonces había lo que antes llamaban un major y un minor, es decir, una elección principal y otra un poco menos intensiva lo que me permitió dedicarme a estudiar simultáneamente antropología e Historia del Arte, y para suerte mía, como yo era un foreing student, la universidad me obsequiaba tiquetes para los ensayos de las grandes obras de teatro y de las óperas del Metropolitan Opera House. A nosotros nos correspondía la parte más alta del “gallinero¨”, una especie de balcón que quedaba directamente encima del escenario razón por la cual afirmo que le conozco el busto a todas las cantantes de ópera de esos años que puede decirse que eran “Boterianos”, bastante voluminosos (risas). También me dieron la oportunidad de trabajar en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, pero no creas, no como curador o secretario, o nada artístico o intelectual, llevando sillas, cargándolas, organizando filas, pero de todas maneras permitiéndome ver de cerca cómo funciona un museo, entender sus divisiones y propósitos, y su organización.

Es claro que mis lecturas cambiaron pasando de la literatura a la crítica y la historia del arte, las cuales no he dejado de leer constantemente. En el MOMA conocí a John Stringer, un crítico australiano que me enseñó mucho respecto al arte y a los museos.

A finales de 1969 volví a Colombia pues ya me era claro que quería ser crítico de arte, es decir, escritor, pero no de ficción como antes de mi viaje, sino de analista de la plástica, un área demasiado competida en USA y bastante necesitada en Colombia. Antes de irme, mientras estudiaba en El Externado, había hecho dos amigos, Arturo Velásquez y Alonso Garcés, quienes tenían un almacén, Belarca, que quedaba en la Plaza de las Aguas. Era el almacén de moda, donde iba Gloria Valencia de Castaño y todas las señoras de la alta sociedad a adquirir prendas y objetos finos. Manolo Vellojín, amigo y famoso artista barranquillero (sobre cuya obra versa mi próximo libro que edita Davivienda) decidió que él quería abrir una galería de arte en un local pequeño al lado de Belarca. Manolo inauguró la galería, pero era artista y los artistas no se entienden muy bien para esas lides entre ellos, lo que condujo a su clausura. De manera que, a mi regreso de Estados Unidos, fui donde Alonso y Arturo y les dije:

— ¿Por qué no me permiten abrir la galería nuevamente?

— Sí, reábrela.

Y lo hice con un éxito abrumador, realmente impresionante. Hasta el año 74 fue la mejor galería de Colombia y después también bajo la dirección de Alonso y Arturo. Como ves, la modestia no es mi mayor cualidad (risas). Rafael Puyana, el clavicembalista famoso, era santandereano, y por alguna razón sabía de mi familia y se convirtió en mi gran amigo: me invitaba a escuchar música en su espléndida casona en el barrio La Merced, cerca al colegio de San Bartolomé, de vez en cuando nos reuníamos a tomar una copa con el Chuli Martínez, el reconocido arquitecto que diseñó y construyó la Plaza de Bolívar y que tenía una colección de discos de música clásica incomparable, con Hernando Santos, director de El Tiempo, con Jorge Pérez Norzagaray, también arquitecto muy atinado y muerto prematuramente, y más tarde con Feliza Bursztyn, Bernardo Salcedo, Ana Mercedes Hoyos y Jacques Mosseri. En una de esas reuniones Hernando, quien había leído los catálogos que hacía para Belarca, me invitó a escribir en El Tiempo, y así, desde 1969, el año de mi regreso a Colombia, empezó mi trayectoria como crítico de arte.

Es importante anotar que en ese entonces no estaba tan bien visto que un director de galería hiciera crítica de arte pues había un evidente conflicto de intereses. De todas maneras, comencé a hacer crítica no sólo en El Tiempo sino en El Espectador que también me abrió sus páginas. Marta Traba se había ido del país en 1968 y no había nadie escribiendo sobre arte. Marta, además, había nombrado como Directora del Museo de Arte Moderno a Gloria Zea, y se respiraba un nuevo aire en la escena artística nacional, empezaba un nuevo capítulo para su deshilvanada historia.

Yo no conocía a Gloria, la primera vez que oí hablar de ella estaba en Nueva York e iba con mi amigo Arturo Esguerra en un bus por Park Avenue cuando el me comentó: “en esa exclusiva casa que hay entre todos los edificios de esta avenida, vive una señora colombiana que se llama Gloria Zea y que es muy linda y muy rica”.

Bueno, Gloria era en efecto una mujer de excepcional belleza, (la señora de Andrés Uribe Campuzano, uno de los hombres más acaudalados del país de quien en Colombia no se ha valorado su generoso y oportuno apoyo al Museo de Arte Moderno) y era hija del embajador colombiano en la ONU. Yo pensaba, como casi todos en el país, que Gloria era una señora que poco sabía de arte, pero para mi sorpresa, ella y su marido eran socios del International Council del Museo de Arte Moderno de Nueva York, eran invitados a sus más exclusivas inauguraciones, hablaban con los curadores, y tenían un acceso más cercano a sus colecciones que el de los demás mortales.

Pues bien, resulta que en 1971, Gloria organizó una exposición para viajar a Argentina, Colombia 71, y yo en El Tiempo la critiqué fuertemente diciendo que esa exposición no tenía ni pies ni cabeza, que cómo se mezclaba tal tendencia con tal otra y que por qué razón se había omitido la obra de tal o cual pintor que en mi concepto hacía más sentido que muchas de las incluidas… en fin, ese tipo de crítica de comienzos de los setenta. A mí me daba cierta pena con Gloria haber sido tan impertinente y tal vez un poco injusto pues lo que necesitaba el Museo en ese momento era respaldo, de manera que donde la veía la esquivaba hasta que un día me la encontré en una fiesta y me dijo:

— Venga para acá.

— Miércoles…, ahora sí me tocó.

— Mire Eduardo. Usted está en el arte para quedarse y yo también, entonces, en vez de pelear, venga a trabajar conmigo en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Y eso fue lo que hice por veinte años. Como yo sabía lo que era un museo, lo había vivido en Nueva York y sabía cómo era su organización, su misión y su visión y todos los detalles que implicaba, cuando Gloria me preguntó qué cargo quería en el Museo le dije que Curador, lo que ella comprendió inmediatamente, pero no así el resto de la gente que me preguntaba cosas como ¿Y usted que cura? o añadían el término “Curador” como mi segundo apellido.

Con Gloria trajimos a Bogotá, las obras más vigentes del momento: Calder, Andy Warhol, Picasso, Dalí, Rodin, Pollock, Francis Bacon, Joseph Beuys y muchas más. Yo viajaba con frecuencia fuera del país y puede decirse que metía al Museo en problemas económicos pues no me resistía a adquirir tal o cual obra que me parecía interesante para la institución en Bogotá; tanto que Gloria me dijo un día: “su trabajo es una belleza, yo consigo la plata y usted la gasta”. El hecho de que ella fuera miembro del ya mencionado International Council nos abrió las puertas de los más importantes museos y galerías a pesar de cierta aprehensión por los temas del narcotráfico que empezaba a hacerse intensa y permanente.

En cuanto al trabajo con los artistas colombianos le propuse a Gloria que hiciéramos exposiciones de tres clases: retrospectivas de los grandes maestros, individuales de los artistas en plena actividad creativa, y colectivas de artistas jóvenes, aparte, por supuesto, de grandes exposiciones temáticas o históricas. Y esa fue nuestra hoja de ruta durante mi permanencia en el MAM, como se llamaba entonces el MAMBO.

Por otra parte, me pareció que tenía que haber algo especial en el arte colombiano, algo que lo diferenciara del de otros países y con esa idea en la mente organicé dos grandes exposiciones. En ese momento se discutía mucho acerca de si la política era o no un tema artístico legítimo. Además, los artistas políticos se habían dividido en dos corrientes antagónicas, los leninistas y los maoístas, así que invité al escritor antioqueño Darío Ruiz para que curáramos una muestra denominada “Arte y Política” con la cual se buscaba demostrar, tanto que el arte colombiano estaba estrechamente unido a nuestra historia, como que la política figuraba en el arte del país desde la independencia y que, por lo tanto, era una opción válida. Hicimos una gran exposición que empezaba con obras de 1810, es decir, sobre Bolívar, Santander y demás, que incluía trabajos neoclásicos y de los artistas Bachué y que llegaba hasta esa fecha. Fue un verdadero blockbuster. Era la primera vez que en aras de ofrecer un guión completo y coherente se mostraban en Colombia obras de un museo, el Nacional, en otro museo, y que se llevaba a cabo una muestra de arte colombiano tan ambiciosa.

Lo otro, pensé, que tiene que afectar de manera particular al artista colombiano es el entorno, porque, ¿cómo puede ser que una geografía y una vegetación tan especiales como las del país no va a producir obras igualmente propias y distintas de las de los demás países? Entonces organicé una exposición titulada Paisaje 1900-1975 que fue el preludio del libro La Escuela de la Sabana que era sobre el paisaje en Colombia desde finales del siglo XIX hasta comienzos del siglo XX. Porque, aunque te parezca mentira, antes nadie en Colombia había pintado paisajes con intenciones creativas, artísticas, sino con propósitos documentales. Y a partir de 1894, gracias en gran parte a Andrés de Santa María, en Bogotá comenzaron a pintarse magníficas representaciones de la Sabana que, según todos los cronistas y las mismas pinturas referidas, fue de una belleza inigualable. Constituyeron la primera Escuela pictórica en Colombia, unificada por su admiración al altiplano cundiboyacense y por cierto afán vanguardista. Y por supuesto que, tanto por lo uno como por lo otro, las representaciones de Colombia fueron adquiriendo un carácter propio, particular, diferente.

Luego, para las exposiciones de artistas jóvenes, se me dio la oportunidad de crear un salón que constituyó un gran éxito. El Salón Atenas que comenzó en 1974 y se llevó a cabo hasta 1985, o sea, que se hicieron diez salones con el auspicio de Atenas Publicidad, una empresa dirigida por Alberto Casas y Eduardo Vargas. Se invitaban entre cinco y diez artistas cada año, que no podían haber cumplido treinta y un años, y en lugar de otorgarles premios, el dinero se repartía entre todos los participantes quienes recibían la mitad al ser invitados y la otra mitad una vez presentadas las obras. Era un Salón muy vanguardista, muy prestigioso. Siempre lo inauguraba el Presidente, o el alcalde, gracias a las relaciones políticas y sociales de Alberto Casas. Fue maravilloso. El MAMBO hizo una exposición en la cual figuraba buen número de obras de las que participaron en el Atenas, y también, por supuesto, de obras que testimonian otras realizaciones de esa época en el MAM.

Yo he escrito veinticinco libros sobre arte colombiano, algunos de ellos mientras estaba en el Museo; cuento más de cuatrocientas críticas de prensa; fui Curador de la Casa de Nariño durante el gobierno de Gaviria, dicté clases en La Tadeo, pero pronto me di cuenta de que tampoco la academia era lo mío. No tengo la resignación que se necesita para enseñar y no producir. Lo que sí hice en la Tadeo fue organizar una gran exposición, El Salón de la Tadeo, en el que participaron prácticamente todos los artistas activos en ese momento en el país (1972), y que fue un Salón que obligó a cambiar las estructuras del Salón Nacional oficial.

Finalmente, para no seguir aburriéndote con todas mis “hazañas” museísticas, cuando me retiré del Museo, me llamaron de la revista Semana a hacer crítica de arte lo que llevé a cabo en ese medio desde 1995 hasta 1999 cuando el Presidente Pastrana me ofreció el cargo de Director de Asuntos Culturales de la Cancillería, lo que nunca terminaré de agradecerle porque, no sólo pude llevar a cabo una intensa labor llevando el arte, y en general, la cultura colombina por todo el mundo, sino que me permitió viajar incansablemente por todas partes. ¿Recuerdas que decían que el Presidente Pastrana no vivía en Colombia? Pues yo viajaba con anterioridad a algunos de sus destinos llevando ejemplos de la cultura colombiana. Exposiciones, danzas teatro, conferencias, o lo que fuera pertinente de manera que, cuando el Presidente llegara, se tuviera una idea más clara de qué tipo de país era Colombia y de qué tenía para ofrecer en cultura. Viajé muchísimo también con Nhora, gran señora. Imagínate que yo tenía bigote y una vez que fuimos al Japón a llevar una exposición de Olga de Amaral, el Presidente se tuvo que excusar a última hora, y cuando yo llegué con Nohra los japoneses, la gente más atenta y refinada que he conocido, que no estaban al tanto de la ausencia del Presidente, me saludan con su amables venias:

— Mr. President…

Entre las cosas interesantes que llegué a hacer en la cancillería contaría la muestra de Vázquez y Ceballos, que se considera el mejor pintor de la Colonia en Colombia, y la cual tuvo lugar en Moscú, Amberes y Madrid. Su obra no se había expuesto nunca fuera del país. Constituyó una positiva sorpresa para los europeos ver la calidad de un pintor latinoamericano en esa época:

— ¡Pintó la Giralda sin haberla visto!

Pero sobre todo llevé exposiciones de arte moderno, trabajos de artistas jóvenes que en ocasiones fueron donadas para ornamentar las generalmente desarrapadas embajadas del país. Después de esta experiencia, llegó el Presidente Uribe y con él la María Consuelo Araújo como Ministra de Cultura. Ella quería que yo fuera su Director de Artes, y aunque yo no quería salir de la cancillería, hube de aceptar. Cuando llegué al cargo me di cuenta de que la Ministra era muy atinada, muy creativa, pero me quedaba solo una año para pensionarme y por tal razón, cumplido el plazo, me retiré del ministerio. Desde ese momento he sido el dueño de mi tiempo. De ahí en adelante he seguido escribiendo libros, haciendo curaduría free lance para los Museos de Arte Moderno de Bogotá y de Pereira, y para galerías como La Cometa y las de Alonso Garcés, Andrea Walker, Beatriz Esguerra, Leonor Uribe y también para el Club el Nogal.

Y una cosa en la que vengo trabajando hace diez años es en el ‘Salón de Arte Popular’, lo creamos porque estando en el Ministerio un día La Conchi me pidió que viajara a Venezuela a ver cómo era el programa musical de ese país que era un ejemplo, y para que investigara cómo eran las orquestas de Abreu, para intentar hacer algo similar en Colombia. Estando allá conocí un museo de arte popular de la Fundación Bigott y le dije a la Conchi que yo quería hacer algo por el estilo. A los seis meses me dijo triunfal:

— Tengo quién te haga el Salón de Arte Popular: la British American Tobacco! Y así nació El Salón BAT en el cual trabajamos con Ana María Delgado, Elvira Cuervo de Jaramillo, Gloria Triana, y Guillermo Londoño, cada vez más convencidos de su validez. Pensamos que la sentencia del Joseph Beuys de que “cada hombre es un artista” es correcta puesto que en cada hombre hay una capacidad inherente de crear y cada hombre cuenta con experiencias particulares cuyo conocimiento podría ser útil para la sociedad.

— Que para mi ¿qué es el arte?

La definición ha variado con el tiempo pasando de artefacto mágico para la caza hasta elemento estético y exquisito y de instrumento religioso, hasta recurso político, como ahora, en este momento en el que la política es un componente fundamental de la obra de arte pero sin que haya desaparecido el énfasis estético tampoco. En fin, el arte para mí es la transmisión de ideas y pensamientos pertinentes para la sociedad por vías visuales.

Yo fui muy peleonero cuando era Curador del MAM. La famosa crítica Carolina Ponce, dice que yo era “cizañero”, pero ella no entendió que lo que yo trataba de ser era “provocador”, me gustaban las discusiones sobre arte porque así se aprendía más. Pero esa etapa ya quedó atrás. Me he creado una coraza para que no me afecten las cosas en materia de arte, porque el arte ha sido mi vida, porque desde que estaba en Nueva York hasta hoy, sigo pensando, trabajando, haciendo, escribiendo sobre arte y, paradójicamente lo que aprendí es que no vale la pena pelearse por arte. También aprendí que las cosas pasan más rápido de lo que uno cree, uno ni se acuerda de lo que le costó tantas lágrimas y tanto sudor. Pienso que no es bueno tergiversarse para lograr cosas: se logran siendo como uno es, sin variar para ningún lado. La vida son los accidentes y las circunstancias que me han traído al destino que era.

¿Qué tan crítico es de su propia vida?

No tanto, más bien me gusta haberla vivido como la he vivido.

¿Quién es por fuera de la vida profesional?

He sido muy precavido, no dejo a nadie entrar mucho en mi vida, tal vez porque mi primera experiencia sentimental fue un fracaso y desde entonces me blindé. Pero he tenido cantidad de amigos y amigas, además de cuatro protectores hermanos y una hermana que me han dado el afecto que necesito.

¿Su vida profesional y personal son una sola?

Mi vida personal es mi vida profesional, lo has dicho con exactitud. Mis logros y mis frustraciones son artísticas. Tengo algunos detractores que me levantan la moral, imagínate que una de ellas se quejaba de que estoy siempre sonriente, ¿te das cuenta de la amargura de la señora? Y estoy sonriente porque amo la vida, cada momento de ella, a lo cual me ha ayudado enormemente el arte, trabajar con arte, conocer a los artistas y vivir rodeado de gente creativa y excepcional.

¿Qué le gusta dejar en las personas que se acercan a usted?

Tal vez dejar la seguridad de que soy una persona correcta, que mis conceptos artísticos son honestos y de pronto, sembrar la semilla donde no ha germinado, de que el arte puede ser lo más interesante, profundo y divertido que se ha inventado.

¿Qué es el tiempo en su vida?

Yo soy muy consciente del paso de los años, ¡por eso sé que voy a cumplir 80! Pero el concepto tiempo para mí es una especie de no tiempo porque no me acongoja, como te decía, se me desliza por entre las manos. Tal vez porque gracias a Dios estoy siempre ocupado.

Siempre hago lo que quiero, e intento hacerlo bien., y no creo que nadie se haya divertido tanto en su paso por este mundo como yo.

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Isabel López Giraldo

Cultura

Eduardo Serrano: "Mi vida personal es mi vida profesional"

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