El académico Bernardo Hoyos

Su amigo y expresidente de la República perfiló así al hombre y al intelectual cuando fue admitido en la Academia Colombiana de la Lengua.

Bernardo Hoyos pertenecía a  una “estirpe protegida por una discreción y una sindéresis que  no se dejan rebajar y que parecería que quieren siempre disimular los modales físicos y mentales”.
Bernardo Hoyos pertenecía a una “estirpe protegida por una discreción y una sindéresis que no se dejan rebajar y que parecería que quieren siempre disimular los modales físicos y mentales”.El Espectador

Con mi saludo uncioso a los colegas de la docta Academia, empiezo por agradecer a nuestro director, don Jaime Posada, por haberme permitido, en el augusto recinto que presiden las veras efigies de figuras tutelares del pensamiento y del lenguaje, decir en voz alta lo que en voz baja digo desde hace muchos años sobre las calidades humanas y humanísticas de nuestro nuevo compañero.

¡Bienvenido don Bernardo Hoyos Pérez, bienvenido a esta su casa, que lo recibe como individuo correspondiente!

A diferencia del ilustre recipiendario, quien no requiere texto escrito dada su deleitosa conversación, por lo contrario traigo yo escrito su encomio para discantar con precisión sus méritos. Y advierto que, a imitación de Cervantes en la introducción de Don Quijote, seré breve en el ornato del prólogo.

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Esta ceremonia me honra e interesa, en calidad de testigo, de protagonista y de persona.

Como testigo, hablo desde varios ángulos de la realidad, uno de ellos en sentido puramente cronológico: por edad y por situaciones concretas, conozco el poder de la palabra, como instrumento caleidoscópico de supervivencia; de intercambio mental y físico; de superación o abajamiento del ser humano; de viaje al odio, al amor, a la guerra, a la inanición, en fin, de expresión escueta de nuestra condición de seres humanos. Otro ángulo de mi realidad tiene que ver con la educación que recibí (y que después impartí) en la escuela de la vida familiar y parroquial de la infancia y la adolescencia, cuando nuestras principales aproximaciones a la vida social eran la conversación más o menos deshilvanada y pobre en vocabulario, y la circularidad bergsoniana de la risa. También experimenté, a título precario, aquello que nos cuentan ya en debida forma y como producto de largas y amplias investigaciones los científicos del lenguaje, de que nuestros antecesores primigenios se comunicaban por medio de gestos y de silbidos. Parecería mentira que esto último, vinculado al estudio de los métodos de comunicación del Homo sapiens, sea todavía corriente en la vida callejera.

Como persona, en esta sesión se me ha dado el privilegio de recibir en nombre de la entidad que constituye fortaleza institucional de la lengua castellana, a quien distinguiéndose por ser un amante, defensor y promotor de la cultura, a toda hora del día y de la noche y en todas las latitudes honra a nuestro idioma, el suyo nativo, porque lleva años y años utilizándolo para realizar una tarea pedagógica admirable; y dando ejemplo, en su labor, de cómo una lengua puede hacer notar su belleza y su fuerza, mediante un uso en el que ni lo artificial, ni lo acartonado, ni lo rimbombante, ni lo vulgar, ni lo incoherente, ni el mero descuido, en virtud de un uso, digo, como el que tanto en la conversación corriente, como en las ocasiones formales, le da el nuevo académico Bernardo Hoyos Pérez, hijo epónimo y orgulloso de la ciudad antioqueña de Santa Rosa de Osos, abogado de la Pontificia Universidad Bolivariana de Medellín, graduado con una tesis sobre San Isidoro de Sevilla, a quien todavía honra y solicita a los amigos viajeros que van a León, en España, que visiten su tumba.

Permítaseme agregar que el académico Hoyos hizo especialización en Derecho Comparado en una universidad del sur de los Estados Unidos, cuando pensaba que quizá seguiría las huellas de su padre en una Notaría de su litúrgica ciudad nativa. Entonces, tal vez iluminado por el tedio de la materia, decidió no esconder más su nostalgia de otra vida a cuyas puertas lo esperaban sus tres grandes maestros, cabezas de un séquito que no termina, según conviene a alguien que entra al país de las maravillas de la vida intelectual: el músico del siglo XVIII Juan Sebastián Bach, el novelista Marcel Proust, y el gran músico e intérprete de jazz Duke Ellington.

Sus primeras aventuras intelectuales ocurrieron a la sombra del rector, monseñor Félix Henao Botero, como director de la entonces recién fundada Emisora Cultural de la Universidad Bolivariana. Debo hacer mención aquí del hecho de que, aunque estamos distinguiendo a Hoyos por sus virtudes y su quehacer como ciudadano ejemplar y como divulgador de cultura, principalmente a través de los medios electrónicos, densos escritos de nuestro nuevo compañero corren por páginas de numerosas publicaciones importantes, sobre episodios o personas que conoció.

En dichos ejercicios sobresale el narrador, sobre todo cuando, a la manera de las del diario The Times de Londres, famosas y objeto de antologías, escribe, no propiamente notas funerarias, sino que toma como pretexto la desaparición física de alguien a quien conoció para señalar, con estilo castizo, limpio y admirable por su naturalidad, el papel y la importancia que tuvo dicha persona en el ambiente municipal, regional, nacional o internacional.

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En la puerta de entrada de la descripción de lo que ha sido la obra de Bernardo Hoyos, agreguemos que es un claro paradigma de esa especie en vía de extinción en nuestras nuevas sociedades: el conversador. Podría decirse que los conversadores hicieron la cultura sucedidos o reemplazados por rapsodas, juglares, pregoneros, retóricos, demagogos, palabreros, maestros, catedráticos, como quiera llamárseles. Y los nombres propios son ya una enseñanza: Aarón, el hermano de Moisés, quien le cedía el turno de hablar porque lo hacía mejor; Confucio, Sócrates, Julio César, Cristo, San Pablo, las figuras estelares de la Ilustración, los grandes líderes revolucionarios: todos ellos hicieron de la voz y de la comunicación verbal el instrumento privilegiado para congregar a los seres humanos en el escenario que se conoce como sociedad. Bernardo Hoyos pertenece a esa estirpe, protegido —eso sí— por una discreción y una sindéresis que no se dejan rebajar y que parecería que quieren siempre disimular los modales físicos y mentales, la exquisita finura en el decir pedagógico de Hoyos.

Hoy, con la devaluación de la moneda lingüística de que hablaba George Steiner (galardonado con el Premio Príncipe de Asturias), algunos dirían que Hoyos es un comunicador, como extensión de un quehacer profesional. No. Cuando esa profesión tenga una estructura académica siquiera aproximada a la organización mental y a los conocimientos del doctor Hoyos, los egresados constituirán una ética superior al denominativo de hoy.

Hoyos es, pues, un conversador cuya razón de ser es la cultura. Pero como es conversador en ejercicio, o sea, con muchos interlocutores visibles e invisibles, no es pedante, ni petulante, ni empalagoso, ni sabihondo, ni campanudo, ni engolillado, ni cargante, ni terminista; en resumen, no es un ladrillo, en aquella acepción de libro o discurso difícil de soportar. Al contrario, cuando habla de los temas más complicados, en la radio o en la televisión, la gente lo sigue, porque Hoyos conversa con rigor y con sabiduría, lo cual produce efectos en alto grado positivos para todos.

Por ejemplo, llega a sitios públicos y se le acercan niños y jóvenes hasta de 16 años a preguntarle por algo de lo que le han oído o visto conversar. Esta es una bella demostración de que les ha llegado y los ha seducido con sus temas, y de que la cultura interesa y atrae, si está bien presentada, como lo hace en la galanura de su lenguaje el caballero de la cultura que Hoyos es. Y como lo hace con la exquisita dicción de una voz hecha para el embrujo y de un estilo riguroso, en seguimiento de Cervantes, antepasado de cuantos escribimos en castellano, según Ernesto Sabato.

Algún pragmático antioqueño, paisano mío, diría que Bernardo Hoyos, el de Santa Rosa de Osos, ha vivido del cuento. Y es cierto: ha vivido del cuento de una gente especial: Platón, Shakespeare, Palestrina, Cervantes, Mozart, Stravinsky, Duke Ellington. Es cierto: Hoyos ha vivido del cuento de Proust, Borges, García Márquez y otro paisano suyo, es decir, también de Santa Rosa de Osos, que se llamaba Miguel Ángel Osorio, pero le decían Porfirio Barba Jacob.

Antes que los televidentes y los radioescuchas, antes que nosotros los amigos y los colegas de Bernardo, su esposa Constanza y su hijo Alejandro disfrutan, en el calor del hogar, de la inmensa versación, la amplia y profunda cultura que sirve de sustentación a las conversaciones del académico Hoyos, sin que él haga alarde ni ostentación. Para Constanza y Alejandro vayan nuestras sinceras felicitaciones: no han sido en vano sus largas y arduas vigilias en torno al humanista Hoyos, en busca de la sustitución de un gerundio galicado, o de una referencia sobre Marian Anderson.

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Querido y admirado amigo don Bernardo Hoyos Pérez: sea usted bienvenido a su casa de la Academia Colombiana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española. Su ingreso a esta institución nos llena de orgullo a sus amigos y de esperanza a los académicos, porque sabemos bien sabido lo que significa su compañía en nuestro quehacer como cultores y vigilantes de nuestra lengua.

Y termino aquí mi encomio del humanista Hoyos, porque según la advertencia del maestro Fernando Lázaro Carreter en su laudatio de Paco Rico al recibir el Premio Menéndez y Pelayo, “como decía del vino don Lope de Sosa: ‘esto, Inés, ello se alaba, / no es menester alaballo’”.

* Palabras leídas en la posesión de Bernardo Hoyos en Bogotá, 21 de mayo de 2001.

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