El acordeón en su valle sagrado

La edición número 48 del Festival de la Leyenda Vallenata, que se realiza en Valledupar (Cesar) estará destinada a rendirle tributo a la dinastía López.

Jaime Molina le hizo un favor al vallenato. Si él no hubiera tenido habilidades pictóricas, tal vez Rafael Escalona sería maestro en artes visuales y no el juglar que fue. Los primeros intereses del compositor se inclinaron hacia los pinceles, con los que quería retratar lo que ocurría en su aldea, en su natal Patillal, en Valledupar y en ese interminable Caribe colombiano que le dio para todo. Al corroborar la facilidad con la que su amigo Molina creaba una obra, su impulso se desvaneció y pensó para sus adentros que no era tan bueno para el dibujo y que se le daban mejor los juegos de palabras, la gestación de escenas en la imaginación y el relato sensible de la vida cotidiana.

Escalona es “El sobrino del obispo, heredero de los secretos de Francisco el Hombre”. De esta manera lo identifica Gabriel García Márquez en “Cien años de soledad”, aunque con el paso de los años fue reconocido también como un juglar atípico que componía sin tocar instrumentos musicales y elaboraba versos sin cantar. Él no necesitaba de una cosa ni de la otra porque la tertulia lo inspiraba, Valledupar y las demás poblaciones del Caribe lo motivaban a crear historias, y a su vida arribaban miles de situaciones dignas de estrofas. Por estar dedicado a este ejercicio rechazó varias invitaciones a La Cueva, de Barranquilla, el lugar de reunión de algunos de los más destacados intelectuales.

Ante sus ojos y para su humilde entender, ese lugar tenía dos grandes problemas. Allí las mujeres brillaban por su ausencia y el menú vallenato carecía del condimento exigido por su paladar. Él no estaba dispuesto a soportar esa clase de restricciones durante lapsos prolongados y por eso prefirió oficializar las parrandas con sus amigos. El procedimiento que empleó fue la creación de un encuentro anual en el que la música fuera protagonista y se premiara la labor de los más importantes gestores en los cuatro aires del género folclórico. Así, gracias a las iniciativas de Rafael Escalona y de Consuelo Araújo Noguera, nació en Valledupar el Festival de la Leyenda Vallenata en 1968.

Los años han pasado y aunque los fundadores del evento ya no están, los miles de fanáticos influenciados por la historia fantástica de Francisco el Hombre siguen disfrutando de este encuentro cultural y mantienen intacta la tradición de coronar al más destacado exponente del acordeón. En 2015 el Festival de la Leyenda Vallenata llega a su edición número 48, dedicada a homenajear a la dinastía López, un apellido tan activo como vital en aportes al estilo folclórico y en permanencia sobre los escenarios naciones y extranjeros. El tributo estaba planeado para efectuarse hace doce meses pero por decisión del mismo núcleo familiar, el lugar de privilegio lo ocupó Diomedes Díaz, para entonces recientemente fallecido.

“Este homenaje es para nosotros, pero también para los amantes del verdadero vallenato que nos hemos encargado de cultivar por muchos años”, comentó el cajero Pablo Agustín López Gutiérrez, quien al lado del maestro Miguel Antonio López Gutiérrez (Rey Vallenato en 1972), comandarán una dinastía en la que también se destacan Pablo Rafael, Navín y Álvaro, entre muchos otros artistas. El paseo, el son, el merengue y la puya, los cuatro aires del vallenato, dejaron de ser leyendas para transformarse en realidades sonoras reinantes en un país cuyos juglares habitan en una “Casa en el aire”.