El acto de matar

Tras el golpe de Estado en Indonesia, medio millón de personas fueron asesinadas sólo entre 1965 y 1966. “Comunistas”, dicen los asesinos que en ‘El acto de matar’ recrean sus propios crímenes.

Fotograma del documental ‘El acto de matar’. Anwar Congo filma a un grupo de verdugos mientras ellos recrean uno de los asesinatos. / Cortesía Ambulante Colombia

“Todos los asesinatos son castigados, salvo aquellos que se hacen en gran número y al sonar de las trompetas”. Voltaire.

Como cuenta Rafa Martín, de la revista GQ, en su reseña de El acto de matar, el director Joshua Oppenheimer se encontró con el tema por casualidad. “Una investigación de crímenes de guerra en Indonesia durante los años 60 se convirtió inesperadamente, y bajo las recomendaciones de las víctimas, en un estudio de ‘los hombres libres’”, es decir, de las bandas de gángsters que han aterrorizado a la población durante los últimos cuarenta años y que han ignorado sin reparo las advertencias de la comunidad internacional. Al contrario, se ufanan de haber participado en las numerosas purgas políticas —varias veces aplaudidas por los gobiernos occidentales— contra el “enemigo comunista”, excusa que les ha permitido prolongar su dominio.

Después de trabajar por más de una década con sobrevivientes de la masacre, Joshua Oppenheimer, Christine Cynn y un tercer codirector indonesio que decidió permanecer en el anonimato recurren a los asesinos para llevar a cabo un experimento cinematográfico: invitan a los líderes de los escuadrones de la muerte para que recreen sus asesinatos más atroces con toda la libertad creativa y técnica. Ellos dirigen y protagonizan las visiones reimaginadas de sus propios crímenes, a veces junto a familiares de las víctimas reales.

Anwar Congo, padre fundador de las milicias de ultraderecha Pemuda Pancasila (PP), su compadre Herman Koto y a ratos Adi Zulkadry van por las calles en brillantes y anaranjados uniformes paramilitares mientras recrean, también, el antiguo reclutamiento, pidiéndoles —ordenándoles casi— a residentes atemorizados que hagan parte del acto. Muchos se niegan a intervenir.

Ficción y realidad se encuentran en el escenario de la muerte. El documental, que es una representación de la representación de acontecimientos reales, es el “acto de matar” en sí mismo, entendido como el fragmento de una pieza teatral y como el sustantivo cuya forma verbal es “actuar”: llevar a cabo una acción, hacer algo. No es discurso, no es palabra, no es arte siquiera —al menos no solamente—: es acto. El acto de recordar algo que debería recordarse y reconocerse más a menudo, y el acto real recreado, pues cabía la posibilidad de que, a través de la representación, el impacto silenciado desde entonces se propagara, aun tres décadas después.

Para los escépticos que creen que sólo lo que se hace en el mundo —acciones en la cotidianidad, acciones concretas— tiene consecuencias en el mundo mismo, y que el arte es una esfera más o menos elevada y más o menos importante, este es un ejemplo más de cómo el arte tiene un efecto verificable en lo real y ha terminado por transformarlo al visibilizar aquello que se creía invisible, muerto, y por ello inamovible. Dice Oppenheimer que, desde el estreno del documental, otros verdugos de entonces han salido a hablar sobre sus crímenes: “La película realmente ha abierto un espacio en el que los indonesios pueden tanto hablar sin miedo de lo que ocurrió como dirigirse a la verdadera naturaleza de impunidad, miedo y corrupción de aquella atrocidad que se ha exaltado y celebrado por tanto tiempo”.

No hay culpa, ni dudas, ni complejos, dicen algunos críticos que han hablado de la película, pero eso no es cierto. El documental desmiente esa perspectiva constantemente. Entre el cinismo, la crudeza y la risa con que los asesinos recrean o representan los crímenes cometidos años atrás, aparecen destellos de dolor y remordimiento. Dicen no estar arrepentidos, afirman estar absolutamente convencidos de no haber hecho nada malo. Ese era su deber y el comunista debía ser exterminado, a como diera lugar. Y sin embargo Anwar Congo tiende al alcoholismo, y debía estar bajo los efectos del alcohol siempre que mataba gente. Y sin embargo Adi Zulkadry se pregunta si las violentas películas que los obligaban a ver en la escuela, en las que se estigmatizaba y radicalizaba la figura del comunista enemigo, estaban realmente en lo cierto o funcionaban precisamente como propaganda ideológica que quería poner a todos —incluso a los más pequeños— en contra del otro, del extraño enemigo. Entonces sí hay espacio para la duda, sí hay espacio para el dolor. Lo que reflejan estos personajes/verdugos, a quienes se les escapan sin intención destellos de humanidad inesperados, es que su oficio y el régimen político los llevaron a una demencia que los volvió asesinos descarnados. Sin esa demencia, sin ese adoctrinamiento intensivo, sin la incitación constante al odio, hubiera sido imposible asesinar masivamente, parecer orgullosos de ello y defender la causa, aún hoy. Ellos mismos terminan reconociendo el vacío y su propia aniquilación.

 

* Hoy se proyectará en la Universidad de los Andes a las 6:00 p.m. y  mañana en el Centro de Memoria Histórica a las 2:00 p.m.

 

 

[email protected]

@saramala17