El amante sin cuerpo

Hadas, duendes, genios y silfos fueron la excusa perfecta de algunos escritores libertinos del siglo XVIII para dar rienda suelta a los placeres de su imaginación.

Claude de Crebillón, nació el 13 de febrero y murió el 12 de abril de 1777.

Un silfo, por ejemplo, protagoniza una mágica historia de Claude de Crebillón, un francés ingenioso que se movía a sus anchas entre la aristocracia parisiense. El relato está escrito en primera persona por una condesa que decide contar lo ocurrido o lo soñado.

La mujer descansaba en su alcoba, con el desparpajo de la desnudez, cuando escuchó una voz masculina que la obligó a esconderse bajo las sábanas. La voz le dijo que no se ocultara de quien la amaba y ella se fue asomando para verle la cara. Supo, sin embargo, que era un espíritu que le prometía respeto y que le pedía no esconderse más. Ella cedió y la voz exclamó: “¡Qué bellezas! ¡Qué lástima que estén destinadas a un vil mortal! No se me pueden escapar”.

Esas palabras le sonaron presumidas a la condesa y así se lo hizo saber, pero el espíritu hizo alarde de sus conocimientos sobre mujeres. “Siempre tentadas, no tardarían en convertir en deleite la tentación que las atormenta si pudieran estar seguras de que sus flaquezas serían ignoradas”.

En defensa de su virtud, la mujer le dijo que se olvidara del amor con ella. El silfo, con arrogancia, le aseguró que todas se movían igual ante la curiosidad de una aventura. “Saben que, para no sucumbir, deberían huir; pero la pasión agrada, enciende el corazón, apaga las reflexiones, la seducción es continua y la recapacitación momentánea, el placer aumenta, la virtud desaparece, el amante se queda; ¿cómo huir? Y seguro que tú no huirás”.

La mujer le preguntó por qué buscaban humanas cuando las sílfides, sus pares femeninas, eran tan bellas. El espíritu le respondió que silfos y sílfides actúan como los humanos casados: “Buscamos mujeres que nos saquen de nuestro letargo, igual que ellas por su lado buscan hombres que las compensen del aburrimiento que les causamos”.

El silfo insistía en amarla bajo la advertencia de que la infidelidad la castigaban con la muerte más cruel, a lo que ella respondió que jamás lo amaría. El silfo estalló en carcajadas. “Me río de que no haya mujer que no se rebele contra este punto, y que no prefiera renunciar a todas las ventajas que nuestra posesión le asegura antes que a su inconstancia natural”.

Finalmente, el silfo decidió mostrarse y ella quedó enamorada. Pero la abrupta llegada de su doncella lo espantó y, por más que lo llamó, el silfo jamás regresó. La historia, que cierra con una frustración sexual, es una excepción en la obra de Crebillón, cuyos finales libertinos lo convirtieron en novelista de la gente mundana.

* Subdirector de Noticias Caracol.

 

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