El amor umbrío

El director austriaco-alemán fue galardonado por su “creación cinematográfica de profundas raíces europeas, que constituye una original aproximación de radical sinceridad”. Semblanza de su vida y obra.

Quizá fue Amor (2012) la película más reconocida de Michael Haneke en este país. No por los cinéfilos, tampoco por quienes de modo constante revisan el trabajo de sus directores favoritos: ha sido la más reconocida por el público común, por ese que sólo va de cuando en cuando a las salas, por diversión, y que un día, de golpe, por consejo de algún otro, decidió tomarse el tiempo de verla, porque le habían dicho que era buena, que era una historia dura, pero bella. “Hay una interpretación errónea del amor, la romántica —dijo Haneke en entrevista con El País de España poco antes de estrenar el filme—. Como artista, quería desarrollar el sentimiento completo”. Es decir, expresar el amor no sólo como un hecho afectuoso, sino también solitario, terco, inconmensurable.

Eso fue Amor. La historia de una pareja de ancianos que afrontan la enfermedad. Que afrontan, además, la pérdida: a Anne se le paraliza el cuerpo, él decide no llevarla a ningún hospital y cuidarla. Empeora; ellos saben, en todo momento, que no hay cura, que el siguiente paso es la muerte. El hombre es cariñoso, mantiene su atención sobre ella; en algún momento, desespera, desespera como lo haría cualquiera. Eso fue Amor: el perenne relato de la tensión entre el afecto y la desesperación.

Por ella, el recién galardonado con el Premio Príncipe de Asturias a las Artes recibió el Óscar a Mejor Película Extranjera. Este filme es la cola de una no tan numerosa —pero no por ello menos meritoria— carrera en el cine. En 1989, Haneke, luego de pasar algunos años como crítico de cine y entrar en la televisión, abrió su filmografía con El séptimo continente. Siguió El video de Benny (1992), que fue bien recibida por la Academia de Cine Europea. Dos años después vino 71 fragmentos de una cronología de la suerte, que cierra, según Haneke, la trilogía que proponía con sus dos filmes anteriores. En 1997 fue Funny Games y en 2000, Code Unknown, las nominadas a la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Y luego llegaron, numerosos, los premios, la prensa, las luces de siempre.

La pianista, basada en el libro de la premio Nobel Elfriede Jelinek, recibió el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes y fue nominada a los premios Bafta y a tres categorías de los Premios Europeos al Cine. Pese a que es una adaptación, este producto de Haneke ya vislumbrara, como algunos de sus filmes anteriores, lo que destacó el jurado del Premio Príncipe de Asturias: “Su creación cinematográfica de profundas raíces europeas (…) constituye una original y personalísima aproximación de radical sinceridad, aguda observación y extrema sutileza a problemas fundamentales que nos conciernen o afectan individual y colectivamente”.

Dicha observación también está alimentada, como resaltó El País de España, por la música: en sus filmes, Haneke suele incorporar trabajos de Mozart y Schubert, sus dos obsesiones. En Amor fueron los impromptus de Schubert los que llevaron el ritmo de la narración, siempre oscurecida y, al mismo tiempo, en pleno alumbramiento. Caché, su filme de 2005, también recibió un galardón del Festival de Cannes y ganó cinco premios más en los Europeos.

De modo que en 2009, cuando salió La cinta blanca, Haneke no era ya ni un desconocido ni un director underground: era respetado por su técnica, sus productos y, sobre todo, su calidad intelectual. Este filme recibió la Palma de Oro de Cannes y nueve galardones más en Alemania y Europa. Había ya ganado la palma que se le había escapado hace años: con esta película, Haneke también fue nominado en Mejor Película Extranjera en los Óscar. No se le escaparía este galardón tampoco, pues tres años después lo recibió, vestido de gala, luciendo su barba y cabello por completo blancos.

“Tengo el propósito, en mis filmes —dijo Haneke en entrevista para la revista europea Kinoeye—, de sugerir algunas preguntas, y sería contraproducente si yo tuviera que responderlas todas”. Y ésa es la lección de Haneke: el arte no da respuestas, genera preguntas.

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