El amor, una pregunta que resolver

Muchas sociedades a lo largo de la historia se han interrogado sobre innumerables asuntos como la razón, la verdad, o sobre lo injusto e inequitativo que puede ser el mundo, trayendo consigo proposiciones cada vez más enrevesadas, complejas y, algunas de ellas, contradictorias.

Archivo particular

A los filósofos les enseñan a indagar, a reflexionar, a desentrañar las cuestiones más fundamentales de la existencia humana. Les advierten que recorrer el camino de la duda y el asombro permite dar respuesta a algunas de esas cuestiones que inquietan al ser humano, pero, sobre todo, permite seguir formulando nuevas incógnitas y desafíos intelectuales. Nos preocupamos por la muerte, por la existencia o por la belleza con la misma intensidad con la que lo hacían los atenienses del siglo V a.C., porque compartimos como especie los mismos deseos por encontrar una verdad, una explicación de la realidad que nos baste, que nos satisfaga y, en definitiva, que nos dé sentido. Pero también nos preocupamos por aquellas cosas exclusivas de nuestro tiempo, aquellas cosas que germinan sin nuestro permiso y que se terminan volviendo parte de nosotros; cosas que nos modifican como seres racionales y emocionales, y que nos conducen a nuevas formas de interacción, de convivencia y de existencia.

Es cierto, cada época trae consigo una serie de preguntas y algunas respuestas. Los griegos, por ejemplo, indagaron todo aquello que surgía del asombro y respondieron con la invención del concepto y el método. Los filósofos del medioevo, por su parte, lo hicieron especialmente por la existencia de Dios y dictaron al hombre los preceptos divinos para obtener el acceso absoluto al paraíso. Y así, muchas sociedades a lo largo de la historia se han interrogado sobre innumerables asuntos como la razón, la verdad, o sobre lo injusto e inequitativo que puede ser el mundo, trayendo consigo proposiciones cada vez más enrevesadas, complejas y, algunas de ellas, contradictorias. Si nos adherimos a esta tradición, entonces nuestro deber como ciudadanos globalizados (y no solamente como filósofos) es cuestionarnos no solo por aquellos arquetipos que nos unen con nuestros antepasados, sino por aquellos problemas que hacen parte de nuestro presente y que exigen de nosotros un compromiso ético con la sociedad.

En El mito de Sísifo –ensayo publicado en 1942– Albert Camus planteó que no existe un problema filosófico más serio que el suicidio. En efecto, afirma que «juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía». Para su época, la afirmación de Camus es bastante apropiada si se tienen en cuenta la desazón y la crueldad vividas en la II Guerra Mundial y que cualquier ser humano difícilmente sobrellevaría con facilidad. Pero medio siglo después, cuando las sociedades han aprendido a convivir bajo otros paradigmas aparte del de la guerra, la pregunta sobre el suicidio se torna insuficiente. Si sabemos que se han alcanzado estándares de vida que garantizan medianamente el respeto por los derechos humanos  y que nos hacen pensar con menos frecuencia en la muerte como una entidad real, entonces, ¿qué es aquello por lo que nos debemos preocupar? ¿Cuál es esa pregunta fundamental que nos concierne responder en nuestro siglo? Tal vez la respuesta, si existe, no subyazca ni si quiera en los tratados filosóficos.

La sociedad contemporánea nos ha enseñado que el amor no se piensa, se siente. Para eso existen las artes en todas sus manifestaciones: para plasmar los sentimientos, para inmortalizarlos y volverlos tangibles. Por eso existen cientos de novelas, canciones y poemas que retratan la felicidad abnegada cuando se ama y, por supuesto, la nostalgia que deja el vacío cuando se abandona. Sin embargo, por más representaciones del amor que existan, lo cierto es que aceptamos lo que nos llega sin ningún tipo de reparo, sin ninguna queja. Nos convertimos en autómatas porque nos identificamos de tal manera con lo que escuchamos, con lo que leemos, con lo que sentimos, que dejamos para luego cualquier tipo de reflexión. En otras palabras, dejamos que lo externo forme nuestro criterio sobre lo que es el amor, sobre cómo funciona y cómo debe funcionar, sobre los sacrificios que deben hacerse en su nombre, o más sintomático aún, sobre lo normal y tolerable que puede ser el amor basado en el ego y la posesión.

Jeanette Winterson –quien también leyó a Camus– dijo en alguna oportunidad que la pregunta fundamental de nuestra época no podía radicar sobre el suicidio sino sobre el amor y, más concretamente, sobre cuánto y cómo hemos amado en la vida. Y tiene razón, no porque esa sea con certeza la pregunta por excelencia de nuestro tiempo sino porque su respuesta implica necesariamente una disposición y una voluntad colectivas. A diferencia del suicidio que solamente involucra al individuo, el amor confiere el poder de incluir al otro ya se trate de una persona, de un animal, o inclusive, de un objeto. Cuando se piensa en cuánto y cómo se ha amado, se piensa inexorablemente en el pasado, en cómo nuestras acciones han repercutido en nosotros mismos y en los demás, en cómo nuestro amor ejerce una responsabilidad social ante el ser querido, pero, sobre todo, ante la sociedad a la cuál pertenecemos. Lo decía Rimbaud en uno de sus poemas: «Hay que reinventar el amor, ya se sabe». Tal vez, reinventándolo, seamos capaces de resolver, sino bien todos, algunos de los problemas más acuciantes de nuestra era.

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