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El antro más pequeño del mundo

Una minoría subterránea y radical de Pereira se ha convertido en el movimiento electrónico más vanguardista de Colombia.

Adolescentes pereiranos sometiéndose a la minuciosa requisa del portero de Garden.David Monroy

En Pereira existe un espacio de 80 metros cuadrados al que sólo le caben 117 feligreses que se proclaman “la minoría más feliz del mundo”: adeptos del club Garden Underground, más conocido como El Antro. Si bien un antro es un lugar de mal aspecto, Garden ha redefinido la palabra. Es un club de electrónica oscuro, chico y secreto que abrió en 2012 y desde entonces ha sido el escenario de cerca de 60 fiestas, la mayoría con DJ de vanguardia en el circuito internacional, como Óscar Mulero, Svreca o Polar Inertia.

Tanto su prestigio como sus detractores se han forjado sobre lineamientos fundamentalistas: ni fotos ni videos, cero drogas y publicidad de las fiestas, el ingreso a menores de 20 está prohibido, las mujeres no pueden usar tacones y los hombres deben dejar las gorras en casa.

De todos los vetos, el de las drogas es el más drástico: “Cero tolerancia para los que no sepan disfrutar de la música sin estar drogados”, advierten en Facebook. En cambio, en la pista pregonan una ética que contradice más de un cliché de la escena: “Más música, más pasión, más arte, más deporte… necesitamos un público culto que comparta nuestros valores, la buena energía, la educación y el respeto”. El remate es: “¡La chusma culta triunfará!”.

El jefe absoluto del “pequeño Antro”, como algunos fieles llaman al lugar, opera en solitario. Así ha construido una especie de iglesia que en lo económico apenas se sostiene, pero que se alza sobre la filosofía de la simplicidad voluntaria y el minimalismo empujado al límite para crear una conexión espiritual con sus ravers.

El fundador de Garden pide no revelar su identidad, prefiere que lo llamen El Ente. Su presencia digital es nula y detesta que hablen de él: odia que la gente que él no conoce lo salude por las calles de Pereira. Tiene 37 años, mide 1,68. Su contextura es robusta y su cara redonda: tiene ojos plomizos, tez morena y lleva el pelo cortado en los costados. Casi siempre viste ropa deportiva, monocromática. Cuando se emociona o se estresa, tartamudea. Cuando no, las palabras salen de su boca con una velocidad tremenda.

El Ente hace múltiples recorridos de su casa al Antro para afinar detalles insignificantes de los que sólo su disciplina se percata. Mientras sube y baja por la ciudad, reflexiona sobre el consumo de drogas en las fiestas: “Vea, yo no consumo, pero tampoco voy a tapar el sol con un dedo. Si lo van a hacer, que lo hagan en el baño. Lo único que yo pido es que no den visaje, que no se meta por meter”.

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Por la única ventana del Antro se ve el viaducto César Gaviria: asoma sobre una vega honda que divide la ciudad. En sus lomas empinadas embute innumerables casas que convierten el paisaje en una mezcla de tejas ajadas y zincs oxidados.

Hoy abre puertas el nuevo Garden, su tercer ciclo después de pasar por dos lugares más chicos. Siete meses han transcurrido desde la última fiesta y la expectativa del público es enorme: nadie sabe dónde queda el nuevo templo, pues nunca se reveló la dirección. Tan sólo apareció en Youtube un video con tomas del Ente en una bicicleta pedaleando hacia allá.

En casi una hora el club volverá a encender su sistema de sonido con Polar Inertia, un artista francés que hace un techno frío, mental. No mide más de 1,62 y su cara refleja el trajín de aeropuertos y trasnochos. Polar, como le dice El Ente con bacanería, es un DJ y productor de culto que ha pisado clubes como Berghain, en Berlín, y Rex, en París. Hoy pisa Pereira y descartó la posibilidad de un hotel de cinco estrellas; dormirá en un cuarto de diez metros cuadrados en una casa de estrato medio.

A las seis de la tarde, al menos 60 ravers hacen fila. En Garden hay que esperar hasta por cuatro horas para asegurar una entrada. El cupo está limitado a 117 personas. El Ente acaba de arribar en su modesto Renault. A las 10 de la noche, El Ente recoge a Polar en su casa para que por fin comience a disparar beats afilados desde su maquinaria. La primera puerta negra se abre. El cuarto es oscuro, sólo se percibe una tenue luz roja: al fondo se abre un portillo hacia un pequeño inframundo.

Polar está en El Antro. Explosión. Guardando las proporciones, esto es como la entrada de Maradona a La Bombonera, como el arribo de The Beatles a Estados Unidos. Profundo y sanador, el sonido del sintetizador analógico emana de los parlantes por dos minutos: la sala está oscura, los ojos cerrados. En este momento arranca una especie de limpieza necesaria de alma para poner el cuerpo a disposición de un ritual. De a poco emergen los bajos gordos y las percusiones belicosas. El camino para alcanzar un estado superior de la mente, para abatirse sobre un estado de trance, está allanado.

Las detonaciones se construyen, evolucionan. El orgasmo en el techno funciona de una manera diferente, pues es un estado constante. La eyaculación equivale a la prolongada detención del tiempo en la pista. Diez de la noche: bombos beligerantes y los asistentes se amalgaman con la pista. Once de la noche: hervor, el puño bien arriba.

Medianoche: los cerebros en un embalaje. Una de la mañana: el tórax a máxima presión, mientras que en milésimas de segundo la oscuridad escapa de la luz de strober convulsionante. Dos de la mañana: Polar salta como un demente. El chamán no cesa de predicar un techno bipolar que produce una paz interior, pero que a la vez da ganas de rendirse ante el movimiento y, ¡puta!, de repente el ardor sucumbe y se transforma en rocío.

Del techo de zinc brota líquido. Parece un milagro, pero en realidad es el efecto de la corporeidad en ajetreo y meneo. Cuarenta y dos grados, el calor hace combustión, el vapor se condensa en el metal del cielo raso y se convierte en agua, en un premio para los ravers.

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El Antro está vacío. La ceremonia ha debido terminar antes de tiempo. El diluvio de sudor era la ofrenda justa para semejante agasajo, pero cayó tanto que comprometió la seguridad. El Ente no esperó un día para solucionar el problema de ventilación.

Todo en Garden tiene su debido proceso. En ningún momento de la noche se prendió un cigarrillo ni se sintió el aroma del popper. Con cautela, algunos ravers se dirigían hasta el baño para meterse su pase de cocaína o de 2CB. A la pista de Garden le tienen respeto.

Tres de la mañana. Pereira duerme. Desde El Antro se ven las luces solitarias al otro lado de la montaña. Hay silencio en la calle de Las Aromas, el rito ha terminado.

*Editor de THUMP Colombia. 

**Este texto aparecerá en la próxima edición de la revista “Vice”

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