El arte como oficio

Esta vez exponen dos mujeres: la ceramista Diana Fraser y la orfebre Alexandra Agudelo, quienes con sus piezas llevan a cabo toda una defensa del arte como oficio.

Alexandra Agudelo estudió orfebrería y artes plásticas, y ha asistido a algunos cursos de historia del arte y diseño. Fraser decidió irse a Japón cuando descubrió que no quería convertirse en una académica. / Fotos: Cristian Garavito

“Estudié en Japón con maestros budistas de las tres islas. Cada isla tiene su propio tipo de arcilla y sus propias formas de hornear. Pasando de pueblo en pueblo, de maestro en maestro, tuve la suerte de poder entender el oficio no sólo como algo que lleva a un producto terminado, sino como una verdadera forma de vida, de moldearse a uno mismo”, dice Diana Fraser. Para la exposición escogió piezas con las que ha trabajado desde 2010.

Todas remiten a principios de la filosofía budista y a principios estéticos japoneses que tienen que ver con la cotidianidad de la vida en Japón y con las ceremonias del té, las ceremonias fúnebres y la cocina. El día a día en Japón se embellece mediante la creación de utensilios que sean, a su vez, objetos contemplativos y decorativos. Esa estética defiende lo humilde, lo no pretensioso, lo asimétrico, lo orgánico. Esa manera de concebir la cotidianidad se refleja en la muestra de Fraser.El color queda de lado para darles lugar a tonos orgánicos, terrosos, que se acercan a la tierra, a la naturaleza, a las raíces. “Los pocos esmaltes de ceniza que uso los preparo en mi taller. Y las piezas no pretenden ser llamativas ni coloridas, porque la cerámica es un quehacer muy humilde. Eso es lo que te enseña la arcilla”, afirma.

Algunas piezas se sostienen sobre unas patas que remiten a las del ciempiés. Otras obras, como “Siembra”, representan flores, y están aquellas que hacen referencia a las semillas, a cómo se abren y empieza la vida.

Fraser no produce de manera industrial porque no le interesa lo perfecto, lo idéntico. Incluso cuando hace vajillas todas las piezas son distintas, por la forma en que cada plato se moldea, se hornea y se esmalta.

Con respecto a su experiencia en Japón, cuenta que llegó sin entender el idioma, sin saber leerlo, como una absoluta analfabeta. “Solía poner el dedo en un punto cualquiera del mapa, y así llegué a pueblos en donde, por azar, conocí a mis maestros. Aprendí a hacer todo de una manera muy intuitiva. No es como uno aprende en una escuela de arte, con un programa académico definido, en el propio idioma o en uno que uno domine: es una manera de no ser racional, es descansar del raciocinio, del positivismo: eso se refleja en mi obra y en la forma en que produzco”.

Se trata de un oficio en el que la maestría se adquiere con el tiempo, después de quemar muchas piezas en el horno, de romperlas, de intentar reproducirlas. Fraser también habló de un ejercicio que le ponía a hacer el maestro cuando empezó a tornear: iba con él al museo y la hacía escoger una pieza pequeña con la que se identificara para que la reprodujera quinientas veces. “Nosotros los occidentales tendemos a pensar que si uno es repetitivo no está siendo creativo. Los japoneses, en cambio, hacen cada pieza como si cada vez fuese la primera vez que la hacen. “Así se entienden cada vez cosas distintas de lo mismo, creando desde el mismo lugar”. Resulta interesante el ejercicio porque con ello se preserva una tradición milenaria, un oficio que pasa de mano en mano, de maestro a alumno, de generación en generación. Quien se vuelve en Japón un profesional en el oficio, después de años y años de práctica y experiencia, se convierte en un “tesoro viviente”, porque traspasa, conserva y hace vivir esa tradición. “Cuando vas a exponer en Japón no miran tu trabajo, sino que te preguntan de qué tradición vienes y qué numero eres en esa tradición. No es que aportes algo fundamental, es que eres un eslabón más en esa cadena”. La tradición es más grande que el yo: no hay lugar para el ego, la figura del gran artista se mantiene distante a esta filosofía y a esta manera de concebir el arte y el oficio.

La cerámica de Fraser se encuentra con la platería de Alexandra Agudelo porque ambas buscan que en sus piezas se refleje cierta imperfección, lo orgánico y la tradición. Sin embargo, Agudelo parte de un punto distinto para narrar su historia: la orfebrería de los precolombinos, nuestra propia tradición. “Me gusta mucho lo precolombino porque creo que en nosotros sobrevive esa huella. Es algo genético el arte de nuestros antepasados, está ahí, entre nosotros; yo siento la necesidad, a partir de la orfebrería, de hablar de lo que nosotros somos, de nuestra historia, y a pesar de que tenemos muchos referentes internacionales en diseño y en arte, también debemos voltear la mirada hacia nuestra propia historia. Eso es de lo que trato de hablar desde un punto de vista contemporáneo”.

Agudelo intenta siempre mantenerse en un limbo, en la frontera entre el arte y la orfebrería. “Me gusta la no definición, poder jugar y explorar”. Sus referentes principales son la naturaleza: los cartuchos, los cactus, el cacao, la vegetación del páramo, las heliconias, las totumas, las conchas de mar. Las piezas, entonces, remiten a cosas nuestras, muy nuestras, que todos podemos reconocer. “A todos nos gusta que nos cuenten historias: yo intento contar la nuestra desde la contemporaneidad, para volver a nuestra esencia y hacerla explícita”.

Otra característica de su trabajo es la irregularidad, la imperfección, el manejo de la plata como si se tratara de arcilla. Juega con las texturas, con el movimiento, con las líneas curvas, y explora con la pureza del material, despojándola de toda aleación, aprovechando su blancura: “Trabajo con plata pura. Cuando el objeto es utilitario, la plata suele mezclarse con otros metales, para darle firmeza y dureza al objeto. Inicialmente empecé haciendo utilitario, pero en el camino, a medida que estudiaba, exploré y terminé eliminando la aleación, para dejar el material puro, blanco”. Agudelo estaba en la búsqueda de una plasticidad que tiene la arcilla de Fraser. Quiso hacer lo contrario de lo que normalmente se hace con el metal, que es rígido, dándole maleabilidad y movimiento. Por eso la exposición está muy bien pensada, porque las muestras comparten principios conceptuales y técnicos, y lo que Diana Fraser hace con el barro es lo que Alexandra Agudelo ha estado buscando hacer con la blancura y el brillo de la plata pura.

 

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