El arte polifacético de William Kentridge o sobrevivir a través del fracaso

Cuando era adolescente a William Kentridge le dijeron que para ser un verdadero artista debía centrarse en una sola de las disciplinas que practicaba, dibujo, escultura, teatro, cine. Kentridge fracasó y el resultado de ese fracaso puede verse desde hoy en el Museo Reina Sofía de Madrid en "Basta y sobra".

Archivo particular

El propio Kentridge (Johannesburgo, Sudáfrica, 1955), Premio Princesa de Asturias de las Artes 2017, contó esta anécdota en la presentación a la prensa de una exposición que "nace de la supervivencia a través del fracaso", aseguró.

Kentridge reivindicó "la impureza" de su arte y explicó que el título de la exposición, "Basta y sobra", tiene relación con el concepto freudiano de sobredeterminación: "Un dibujo sería suficiente para expresar algo, pero haces quince: es la presión de las imágenes que luchan por emerger".

Dibujos, collages, maquetas, marionetas, películas animadas y grabaciones de sus montajes de teatro y ópera forman parte de la retrospectiva de este polifacético artista, comprometido social y políticamente y con una mirada crítica con el colonialismo y el "apartheid".

En 1975, siendo estudiante de Políticas y Estudios Africanos en la Universidad de Witwatersrand (Sudáfrica), Kentridge realizó sus primeros trabajos como actor, director y escenógrafo en la compañía de teatro universitario.

Tratando de seguir el consejo de sus amigos, viajó a París para estudiar en la Escuela Internacional de Teatro de Jacques Lecoq, pero a los tres meses vio que no era la suyo y acabó regresando a su país en 1982.

Fue entonces cuando empezó a filmar sus dibujos en carboncillo, un bello y minucioso trabajo artesanal del que pueden verse algunos ejemplos en la exposición del Reina Sofía, que podrá visitarse hasta el 19 de marzo de 2018.

Ejemplos como "Felix in Exile" (1994), un filme de ocho minutos en el que una mujer sudafricana cartografía los rastros de la violencia para que no caigan en el olvido, o "Ubu tells the truth" (1996), su creación más comprometida.

Al referirse a estas películas, Manuel Borja-Villel, director del museo, destacó el "anacronismo" que supone que "en una época en la que tener el último gadget electrónico te proporciona la felicidad, un artista se adentre en ese cine preindustrial", con referencias a vanguardistas como Grosz y Nolde, pero también a Goya.

Fue con estas películas con las que la obra de Kentridge empezó a darse a conocer, a comienzos de los 90, una vez abolido el régimen del "apartheid". Su reconocimiento internacional se expandió a raíz de su participación en la primera Bienal de Johannesburgo (1995) y en la documenta X de Kassel (1997).

La exhibición del Reina Sofía se vertebra en torno a tres de sus obras de teatro y cuatro de sus óperas, con la peculiaridad de que cada una de ellas da pie a todo un proceso creativo que alumbra distintas manifestaciones artísticas.

Así, la película "History of the main complaint", que fusiona imágenes internas del cuerpo, rayos X y ecografías, fue una especie de ensayo para su ópera "Il Retorno d'Ulisse" (1998), en cuyo prólogo alegórico Monteverdi hace que la Fragilidad Humana reconozca el respeto que le debe al poder del Tiempo, la Fortuna y el Amor.

En el caso de la obra de teatro "Ubu and the truth commission", Kentridge utilizó el personaje de la obra de Alfred Jarry "Ubu rey" para denunciar la tiranía y la injusticia del régimen surafricano justo cuando se acababa de constituir la Comisión de la verdad y la reconciliación (1996).

Sobre el telón de fondo del escenario se proyectaban extractos de la película "Ubu tells the truth", que el artista desarrolló simultáneamente y en la que por primera vez incorporaba material documental.

Los otros montajes de teatro sobre los que gira la muestra son "Woyzeck on the Highveld" (1992) y "Faustus in Africa!" (1995) y las óperas "The Nose" (2010), "Lulu" (2015) y "Wozzeck" (2017), la más reciente, estrenada el pasado verano en el Festival de Salzburgo (Austria).

En todas ellas, explicó la comisaria Soledad Liaño, se ponen de manifiesto varias constantes de la trayectoria de Kentridge: son historias con un solo protagonista, sea verdugo o víctima; y dramas que denuncian las lacras de la tiranía, sin renunciar a lo absurdo y lo grotesco para desenmascarar los hechos.

Además, todas parten de repertorios europeos existentes y reinterpretados desde una perspectiva personal, a menudo con referencias a la historia de Sudáfrica. 

 

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