Opinión

El arte y la cultura más allá de la ilusión naranja

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Para esta reconocida lideresa del sector, el 2020 fue un año terrible y las soluciones que ofrece el gobierno de Iván Duque, con miras a 2021, están lejos de solucionar las verdaderas necesidades.

La pandemia ha dejado al desnudo un modelo de sociedad que se nos presentó como el acceso a la modernidad. A qué modernidad se refería, nos preguntamos ahora. A una modernidad que extrae las entrañas de la tierra hasta dejarla inservible porque no le deja tiempo para renovarse; a una modernidad que impuso el libre mercado como la gran solución económica y que le abrió las puertas a la privatización de las empresas estatales al mejor postor. Sus viejos y decadentes autores, llamados en su momento los “golden boys”, decían que con el neoliberalismo, las empresas iban a autorregularse y ejercer por sí mismas la responsabilidad social (¿?). Era en realidad una modernidad que despreciaba las expresiones culturales no rentables o las convertía en mercancías. (Lea la opinión de Felipe Buitrago, nuevo ministro de Cultura).

Hoy constatamos que lo que ese modelo, arcaico ya, dejó para Colombia y para los países llamados del tercer mundo es un incremento extremo de la desigualdad y de la miseria y miles y miles de refugiados y excluidos. Y, para desgracia y vergüenza de Colombia, además, las “pandemias internas” de la guerra contra la paz y la reedición de la narcoparaviolencia.

A escala planetaria lo que ha dejado este modelo perverso es el enriquecimiento de unos cuantos poderosos megamillonarios; y para el mundo entero, la amenaza contra la existencia de la humanidad y de la naturaleza. Miles de miles de especies han ido desapareciendo, los océanos están contaminados y los polos se están derritiendo. Algunos científicos hablan, incluso, de un posible no retorno. (Premio del mincultura a la vida y obra de Patricia Ariza).

A nosotros, los que habitamos en esta orilla del mundo que ha sido considerada el patio trasero y la despensa de los países depredadores especialmente de los Estados Unidos, nos corresponde ahora, como ultimátum, volver la mirada hacia adentro de nuestra cultura y de nuestros territorios, reconocer el trabajo y los saberes de los campesinos, indígenas y afrodescendientes, cultivar nuestros alimentos, proteger el agua y desarrollar un pensamiento propio para encontrar salidas iluminadoras para el mundo y poder salir de esta pesadilla, que parece haber llegado a una verdadera crisis civilizatoria.

Como a nosotros en Colombia todo nos llega tarde menos la muerte, ahora nos traen como el gran símbolo del progreso este modelo neoliberal en la cultura que ha demostrado con creces su agotamiento. Y ese modelo aquí se llama economía naranja.

Que quede claro, señor Felipe Buitrago (nuevo ministro de Cultura), que no es verdad, como se ha dicho desde la institucionalidad, que los artistas no hemos entendido las supuestas “bondades” que representa este modelo. Nosotros sabemos perfectamente qué son las industrias culturales, creativas y recreativas, sabemos que es el software y también conocemos el valor del dinero, porque carecemos de él. Entendemos que existen las industrias culturales y que, por supuesto, es deber del Estado regularlas; entendemos también que se deben crear alivios tributarios a quienes inviertan en cultura. Eso lo sabemos desde siempre. Y a eso no nos oponemos.

Lo que no nos cabe en la cabeza, señores del Gobierno y del Ministerio de Cultura, es que en un país como Colombia, con una riqueza cultural y artística tan extraordinaria, con una diversidad cultural tan compleja, lleno de grandes y maravillosos escritores y pintores, con un movimiento teatral tan importante. Y con unas culturas primordiales indígenas y afrodescendientes de las que tenemos mucho que aprender, que en este país, la noción de cultura se mimetice y se reduzca a la economía. Y, peor aún, a algo que debería ser quizás un programa llamado economía naranja, pero no la política cultural de Estado del Ministerio de Cultura de Colombia.

Que quede claro que no estamos de acuerdo con esa noción reduccionista de la cultura. Tememos que el Ministerio de Cultura se convierta en una especie de agencia de las industrias culturales. Ese trabajo de reducir a cultura al entretenimiento y a la economía naranja podría hacerlo muy bien el Ministerio de Industria y Comercio. Y que conste, que no tenemos nada contra el entretenimiento, pero la cultura de un país es mucho más que eso. Para eso se creó el Ministerio de Cultura, para proteger la cultura y las artes.

La cultura no es economía aunque tenga que ver con ella, no es industria cultural aunque tenga que ver con ella, no es solamente arte aunque tenga mucho que ver con él. La cultura tiene que ver con los modos de ser, de hacer, de pensar y de decidir de los pueblos y de las personas. Tiene que ver con la identidad y con las respuestas que la sociedad es capaz de dar a las crisis.

La cultura no es un adorno. Es, como lo dice sabiamente la Constitución del 91, fundamento de la nación. Nos sirve para expresarnos y la libre expresión es tan vital como la supervivencia. La cultura nos sirve para saber quiénes y cómo somos. Y qué queremos. La cultura no solo es un asunto político, es el asunto político por excelencia porque determina las grandes decisiones personales y sociales. La cultura antecede a la política.

Colombia se encuentra en el tránsito de una cultura de guerra a una cultura de paz. Y eso no es poca cosa. Venimos de más de medio siglo de guerra y de violencia, de los estragos del narcotráfico, del saqueo y de la corrupción. Venimos de leer cada día en los periódicos, incluyendo la noticia de hoy, las terribles noticias de los asesinatos y las masacres. Cada día caen líderes, lideresas, indígenas y firmantes de los Acuerdos de Paz. Y venimos también de escuchar el incremento de la violencia contra las mujeres.

Por esa razón este país necesita como nunca y como ningún otro en el mundo de una política de Estado que comprenda la dimensión cultural del momento que estamos viviendo. Colombia necesita una política cultural para la paz, una política cultural para las regiones, una política cultural para las artes. Una política cultural humanista y con perspectiva de género que vuelva a poner la defensa de la vida y de la paz en el centro de todo. Que comprenda que la cultura y el arte son derechos, no mercancías.

La sociedad necesita el arte y la cultura como del agua y el pan. Es que el arte y la cultura son lo que nos hace verdaderamente humanos y, junto con la educación, es, como dice Martí, lo que nos hace libres. Por eso, necesitamos un Ministerio de Cultura fuerte con un presupuesto digno y participativo. No es posible que el presupuesto para una semana de guerra de las Fuerzas Armadas equivalga al presupuesto de un año del Ministerio de Cultura. Y, que ahora, además, se esté direccionando a asuntos que enajenan al Ministerio de su verdadera función social y cultural.

Nosotros luchamos por que el Ministerio de Cultura no se diluya en la fusión con otros ministerios en la economía naranja. Un Ministerio que tenga una mirada holística no solo de las expresiones culturales, sino del papel del arte y de los artistas en la sociedad. Y no solo en la sociedad en general, sino en esta sociedad colombiana del aquí y del ahora.

Cuando el país más necesita de un gran plan nacional de cultura para la paz y para la convivencia, se reduce la política cultural a un programa; cuando el país más necesita reconocerse a sí mismo en el arte y en la cultura, se abandonan las regiones. Y cuando el país más necesita de sus artistas, se les excluye de las grandes decisiones. Nosotros tenemos opiniones que van mucho más allá de lo que hacemos o necesitamos.

Van dos largos años de promesas culturales vagas o incumplidas. Y un año de los dos con la pandemia a cuestas que no solo ha cobrado vidas humanas, sino que ha dejado al movimiento artístico y a las regiones en una situación de precariedad extrema. Estamos viendo que salas de teatro en alquiler se cierran, otras están empeñadas hasta la médula por los impuestos, algunos actores se emplean en Rappi, otros cuantos que tienen sedes propias empiezan a ofrecerlas en venta. Y algunas actrices salen a vender jugos y empanadas. Y eso no es lo peor. Lo peor es privar al país de estos talentos.

En estos momentos se hubiera necesitado y se necesita como nunca antes de una política cultural que contribuya a retejer los lazos sociales rotos por el desafecto y la violencia. De lo que se trata, señor Buitrago, es de otorgarle al momento que vivimos y al país que habitamos la dimensión cultural. Es que el arte y la cultura de hecho contribuyen a la cohesión social. Basta darse cuenta de qué manera los artistas han puesto en plena pandemia sus obras de forma generosa y espléndida en las redes, han abierto sus salas para quince o veinte espectadores, han hecho teatro en las ventanas y en espacios insólitos. Y nos han ayudado a todos a sostener el ánimo y la esperanza. También la mirada crítica.

La respuesta a nuestras demandas siempre es que todo va a estar bien, que hay millones y millones que se están repartiendo, otros que van a ir a un gran fondo al que podemos acceder a bajos intereses. Hay cambios en el Ministerio de Cultura. Ahora el ministro es el coautor, junto con el presidente de la República, de la famosa economía naranja: el señor Felipe Buitrago.

La pandemia seguramente continuará hasta que llegue la vacuna, si nos llega. Pero a pesar de todo todavía creemos en la posibilidad de un país mejor en donde el arte y los artistas tengan, tengamos, un lugar. Hablamos también en nombre del público y de la sociedad a la que pertenecemos y a quien nos debemos. Ellos no pueden ser tratados como consumidores. Son sujetos de derechos. Hablamos no solo para este Gobierno, sino también para el otro que se avecina. Hablamos de que la cultura y el arte deben hacer parte del debate político público para el cambio de paradigmas que necesitamos.

Que quede claro que no estamos pidiendo trabajo, estamos ofreciéndolo. Estamos ofreciendo un arsenal de obras escritas y montadas, estamos ofreciendo centenares de libros escritos, de poemas, de pinturas, de películas, de obras de teatro y de ideas. Y estamos ofreciéndonos nosotros mismos nada menos que para ayudar a reconstruir este país que tiene nombre de paloma, pero que no ha tenido un solo día de paz. Estamos ofreciendo nuestras obras y nuestro pensamiento. Estamos ofreciendo la vida misma desde el tiempo de la creación para retejer la paz desde la memoria poética Es que una paz que no se cante, que no se represente, que no se cuente se retrasa.

Mientras tanto, seguiremos cantando pintando y representando hasta que llegue el día en el que, como dice el cantautor César López, “volvamos a amar la vida”.

* Directora del Teatro La Candelaria y de la Corporación Colombiana de Teatro. Performera y activista por la paz.

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