El asistente inesperado al velorio de Gloria Zea

Isidro, un habitante de calle nacido en Palmira y que llegó a Bogotá en los años 70, estuvo presente en el último adiós que políticos, artistas y familiares, le dieron a la gestora cultural colombiana que falleció el pasado lunes en Bogotá.

Isidro asistió al velorio de Gloria Zea este miércoles en el Teatro Colón. Una entrevista en las escaleras de la puerta principal del escenario cultural que la gestora ayudó a potenciar. Joseph Casañas - El Espectador

Isidro cuenta que hace un par de meses se encontró en una calle cercana al MAMBO (Museo de Arte de Bogotá) una bolsa de basura llena de ropa. “Usted no se imagina lo que la gente es capaz de botar. Ese día me encontré pantalones, camisas, chalecos, gorras. Todo estaba prácticamente nuevo. Lo único que me ha costado trabajo encontrar son unos zapatos que me queden buenos. Es que soy muy patón.  Calzo 44”, se ríe. 

La ropa no duró mucho en su poder. Vendió una parte y regaló otra. Lo único que conservó fue un saco negro y una corbata multicolor con unas florecillas pintadas. “Compañeros loquitos de la calle me insistieron para que les regalara la corbata -es que es muy bonita- pero no me dejé convencer, yo sabía que en algún momento la iba a necesitar”.

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El día llegó. El pasado martes, mientras escarbaba la basura de un conjunto residencial en el barrio Galerías, Isidro escuchó en un radio de pilas viejo que lleva para todas partes, que Gloria Zea había fallecido y que la velación se realizaría este miércoles en el Teatro Colón. “Si le digo que la noticia me generó tristeza, le estoy mintiendo.  A la señora la vi un par de veces en los periódicos y sabía quién era, entonces me dieron ganas de venir a despedirla.  Busqué la corbata y el saco que me encontré ese día cerca al MAMBO y esta mañana me vine para acá”.

Cuesta trabajo imaginarse a Medardo Isidro sucio, andrajoso y pidiendo monedas en la calle. El Isidro que conocí estaba impecable. Vestía una camisa blanca metida dentro del pantalón, un saco negro con tejidos indígenas, un jean azul y unos zapatos tipo bota que, aunque viejos, estaban limpios. “Si me venía vestido como estoy normalmente, al Colón no me dejan ni entrar, por eso me puse la pinta”, dice.

Cuenta que muy temprano alquiló una ducha, se pegó un bañó y emprendió su camino. Tomó la carrera 10 hacia el norte, subió por la octava, atravesó la Plaza de Bolívar por la calle 10 hasta llegar al Colón.

“Como estoy bien vestido no tuve problema para entrar. Me senté un rato y escuché a unas señoritas que estaban cantando ¿qué era eso?, ¿ópera? se escuchaba lindo. No me demoré mucho porque vi a un señor al que le ayudé a conseguir votos y me prometió una ‘liga’ pero no me cumplió. Le volví a decir, pero se hizo el loco (…) con la plata que me prometió, era para que yo tuviera una casita en estrato 2, pero bueno, así son ellos, primeros se toman las fotos con los loquitos y cuando logran lo que quieren, se hacen que están más locos que uno”.

El féretro de la gestora cultural permanece en Cámara Ardiente en el Teatro Colón mientras se escucha ópera y piezas interpretadas con piano. 

Isidro habla despacio, mueve sus manos y pocas veces parpadea. Sus ojos son claros, su mente ya no tanto. La droga, el frío, el olvido, las decepciones, hacen que, por momentos, su discurso adolezca de coherencia, de credibilidad.

Nos sentamos en las escaleras de la entrada principal del Teatro Colón. Aceptó hablar, pero interrumpía la charla cada vez que veía un periodista de los que salen en televisión. “¿Me cuidás esto un momentico yo le pido una ayuda a este periodista?”.

No es un habitante de calle que genere rechazo inmediato. Se acerca a su interlocutor con confianza, con decencia. Allí, a las afueras del Teatro Colón, habló con senadores, directores de medios, periodistas, exministros, escritores. Todos le hablaron cordialmente “pero ninguno me dio una ayudita”.

Isidro carga una mochila tejida y un maletín azul. Allí guarda recortes de periódicos, folletos, páginas de libros y unos apuntes. “Lo que pasa es que yo escribo bastante. Prefiero quedarme sin comer y comprar mi bloc de notas para tomar mis apuntes (…) escribo de todo. Crónicas, cuentos, historias de lo que pasa en la vida. De todo eso hay que dejar registro. No se los puedo dejar leer todavía porque muchos de los textos están en construcción”.

Las manos de Isidro. Dice que sus anillos son una suerte de escudo protector.

Tal vez Isidro no sepa que Gloria Zea, desde Colcultura, publicó mil libros, que fue la precursora del programa de recuperación de patrimonio cultural que ha encontrado unos 200 sitios arqueológicos, entre ellos la Ciudad Perdida o, que gracias a ella, el MAMBO es un museo de respeto en el continente, sin embargo, dice,  "si la señora trabajó tanto por la cultura, la merece el cielo, la muerte, es simplemente un accidente de la vida. Ojalá descanse".

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Isidro y Gloria Zea tienen una cosa en común. Lina Botero, hija de la fallecida gestora cultural, dice que su mamá se reconocía como "una mendiga profesional". La razón, "golpeó -sin descanso y sin pena- las puertas de la empresa privada y del Estado para sacar adelante la cultura en Colombia. El país se lo reconocerá". 

Autor: Joseph Casañas