El ballet: un sueño que crece desde la punta de los dedos del pie

La escuela de danza de ballet contemporáneo y jazz “Bogotá Capital Dance” tendrá su presentación final mañana dos de diciembre en el teatro William Shakespeare.

Cristian Garavito- El Espectador

Talón punta talón; cuerpo erguido y mentón arriba; brazos inclinados o caídos. No son las posiciones de una modelo o un actor. Son sólo algunas de unos bailarines.  Detrás de cada movimiento de todo bailarín están los miedos y el pánico de no hacerlo bien en grupo, están los pensamientos que se tienen mientras se trabaja con el otro o los deseos de sentirse victoriosos cuando se acabe la pieza.  Sus cuerpos bien cuidados y la limpieza que demuestran los trajes, la mirada en el futuro del siguiente movimiento, la complicidad entre miradas y roces corporales, los hace un conjunto impecable que entre acto y acto parecieran que se lograran unir en un solo pensamiento y ritmo.  

Todo esto pasa en  Bogotá Capital Dance, escuela de ballet y jazz contemporáneo. Han pasado cuatro años desde que el bailarín Jaime Otálora, director de la compañía, decidió darle forma a un sueño que siempre tuvo presente: empezar una escuela de danza profesional.  Después de haber viajado por varias partes del mundo en donde conoció las ideas del movimiento de otras compañías y donde pudo darse cuenta de que los sueños sí se podían realizar, decidió apostarle a construir el suyo.  

La idea de entrenar por días, por ratos, y dejar de hacerlo en cualquier momento no le ha servido a él. Eran muchas las profesiones que las personas escogían para dedicarse toda su vida, pero eran muy pocos los que escogían sus sueños para empezar a vivir de verdad. Él prefería ser de estos últimos, aunque no tuviera una idea de cómo hacerlo. “Yo he bailado toda mi vida y desde muy pequeño he visto que la concepción de las personas en Colombia es creer que la danza es algo lúdico, que no se puede estudiar como profesión. En cambio, en otros países las artes son muy respetadas: la danza, la música, el teatro, la pintura, son profesiones que se les dedica más tiempo que una carrera diferente. En Colombia no pasa esto.”

No tuvo miedo en empezar a crear una escuela. En el fondo sabía que había personas que como él soñaban en crecer profesionalmente en la danza y que también las movía el deseo de ser como otros países.  Desde entonces ha tenido claro que todas las personas que deseen danzar pueden llegar a su escuela siempre y cuando cumplan con los requisitos esenciales que se necesitan para ser de los mejores: disciplina, actitud y esfuerzo.

Desde que comenzó la escuela ha buscado que sus alumnos sean constantes y dedicados, no sólo porque los forma como bailarines, aclara él, sino porque cree que así se forman las grandes personas. “El proceso como escuela es formador en todos los aspectos. Aunque el director siempre nos ha exigido que nosotros tengamos un proceso técnico impecable, nunca nos deja olvidar algo que muchos bailarines a lo largo del camino van perdiendo: dosis de alma y corazón”, agrega Lina Paola Vanegas Quintero, alumna de la escuela.

Bajo este enfoque ha buscado que se encuentren los profesores de la institución.  Los once que ahora están en BCD primero fueron sus alumnos y luego se han arriesgado a continuar en el camino que él les mostró hace cuatro años. Así mismo, ha preferido trabajar en la escuela de forma independiente sin llegar a aliarse con otras entidades. Por eso, además del esfuerzo que deben hacer sus alumnos en ser grandes bailarines y en ser constantes, él busca que en la escuela sólo estén las personas que tengan la intención de soñar en grande.  “Desde el principio he buscado la manera de hacerlo sin necesidad de otras instituciones, ya sean privadas o públicas. No es porque sienta que sólo soy capaz, sino porque veo que son muy pocos los lugares, casi nulos, en los que quieren este enfoque”.

Todo el esfuerzo que como agrupación han tenido se ha visto reflejado en varios campeonatos en los que han participado y han ganado con medallas de oro y plata. Para este año, como es la costumbre de todas las instituciones, tendrán un acto de clausura en donde podrán demostrar toda su formación como profesionales en el teatro William Skakespeare.    

Hoy en día Jaime Otálora siente que ha logrado mucho en los cuatro años que lleva con la escuela, pero asegura que le faltan muchos años más para formarse como lo que desea: ser la mejor escuela de danza de Latinoamérica. 

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