POR CAPÍTULOS

El boxeo soy yo

Ocho minutos y otros cuentos, es el título del libro de Luis Carlos Muñoz Sarmiento que consta de 21 relatos y que será lanzado este domingo 7 mayo 2017, por Pijao Editores, dentro de la colección Cuento Colombiano Contemporáneo: 50 libros y dos Antologías.

Archivo particular

Para H. R. H., tan amante del boxeo como J. C.

Para el maestro A. P. M., por sus reparos.

Para mis hijos… siempre.

 

No te voy a asegurar que fui el más grande de los boxeadores cubanos, ni el más popular, ni el de mejores récords. Tampoco, seré soberbio al decirte que fui el que más dinero ganó. Eso opinan de mí la crítica y el público, no yo. Lo que sí te puedo sostener es que Eligio Sardiñas, yo, apodado Kid Chocolate, estoy considerado por esa misma crítica, por ese mismo público, entre los diez grandes pesos pluma de todos los tiempos y puedo sentenciar, a la manera de aquél escritor francés: “Le box c’est moi” Algunos me han visto siempre como un artista del ring que aprendí lecciones con los grandes boxeadores de la historia, cuyas películas estudiaba, como otros lo hacen para ser escritores, pintores, músicos o lo que sea: como las de Joe Gans-Battling Nelson, Jack Johnson-Jim Jeffries y Benny Leonard-Lew Tendler. Otros alaban mi velocidad, ritmo, habilidad, similares a las de un músico de jazz, saxofonista, guitarrista, pianista, bajista, baterista… especialmente este. Ya sabes, por aquello de que cuando miro a un baterista evalúo sus reacciones, su velocidad, iguales a las de un boxeador. Cualidades que no son poca cosa cuando notas que tengo el brazo izquierdo más corto que el derecho.

Nací en La Habana, en el popular barrio de El Cerro, el 28 de octubre de 1910. De niño fui, como varios de los de mi cuadra, vendedor de periódicos. Como dicen los yanquis, soy un auténtico self-made-man. ¿O qué tú crees que es alguien forjado a pulso? Me refiero a tener que arrastrar cada mañana una tricicleta con diez arrobas de papel periódico, por las calles de la ciudad donde nací. No te imaginas, chico, la cantidad de anécdotas que te podría contar acerca de con qué dificultad me desplazaba, cuánto me gastaba en tiempo para ir de un barrio a otro, de qué manera sudaba, la paciencia que debía tener con los bromistas que no hacían sino gritarme: “¡Estudia, no comas prensa!” o “¡No comas cuento, trabaja!” o “¡Coge oficio!”  Y yo, a punto de derretirme por el sol, a eso de las once de la mañana, cuando ya terminaba el reparto, le contestaba a cada uno de ellos: ¡Fresco, compadre, mañana te veo en el tinglado!, mostrándoles al tiempo mi brazo derecho, el más largo, sobre el izquierdo en forma de arma obscena. Bueno, sobra decir que las armas de por sí son obscenas. Y ese mañana de cada día, de todos los días, me llegó finalmente doce años después… empezaba así otro tipo de carrera, una forjada a golpes concretos, no tan de azar como los que hasta ahora había repartido. 

En 1922, a los doce años, como los que tenía Muhammad Alí al denunciar el robo de su bicicleta, razón por la que terminó de púgil, me inicié en el boxeo: gané entonces el campeonato auspiciado por el diario La Noche. Fíjate, ahora la prensa me devolvía su difusión con un triunfo, lo que a la vez era una chamba. Ya como amateur intervine en cien peleas y las gané todas, 86 por nocaut y las otras por decisión. Siendo semi profesional derroté al campeón metropolitano de Nueva York y enseguida pasé al profesionalismo. Por mi primera pelea profesional devengué treinta y dos pesos y cuarenta por el primer combate que sostuve en el país del Tío Sam. Nunca, a propósito, he entendido lo de Tío: debe ser porque es un país sin padre conocido, ¿sí o no? Siete meses después recibí diecisiete mil quinientos dólares por mi enfrentamiento con Bushy Graham y, en junio de 1929, al año de mi debut en gringolandia, batí récord de taquilla en el Polo Grounds: más de 66.000 personas fueron a verme pelear. Pagaron por entrar doscientos quince mil seiscientos veinticuatro dólares, de los que recibí cincuenta mil, la mayor cifra recibida por un peso pluma en toda la historia del boxeo hasta entonces.

Todo esto no te lo cuento por farolón, sino para que te des cuenta de los contrastes entre la opulencia y la pobreza, como más adelante lo podrás notar cuando ya caí en desgracia. Óyeme bien, cuando caí en desgracia, que no es lo mismo que ser pobre, como no tener recursos no es nunca lo mismo que ser pobre y, menos, indigno… Te lo cuento porque cuando regreso del gimnasio y entro en mi casa, luego de los vapuleos al cuerpo, siento que llego a la clínica del alma, el lugar donde para que no duela, la palabra tiene que ser dicha. ¿Que para qué? Pues para liberarme de esos golpes al cuerpo y al alma, aunque también para sacar esos otros que no se ven pero que están ahí, los que me ayudan a entender la diferencia entre el esplendor y el ocaso y viceversa. ¿No has visto la cinta Cuerpo y alma, del gringo Robert Rossen? Pues hombre no es sino que la veas y entenderás todo lo que se esconde detrás de la lucha por un bistec… sólo cuando hayas conocido la diferencia entre ser rico y ser pobre, por experiencia propia, podrás entender cabalmente qué significa ocaso y qué esplendor, ¿me copias?

Y ya que hablamos de la lucha por un bistec, te voy a contar una historia que me pateé en Nueva York, una de las veces que pisé suelo gringo. En la Estación del Metro fui testigo de lo que ahora no sé si fue así o lo imaginé y que podrías titular como quisieras: una señora, blanca, de más o menos 60 años, distinguida, de sombrero, con varios paquetes en la mano, entra en el Metro. Va de prisa, mirando los personajes que en él moran: un pordiosero, que la inquieta; un negro, de bigote y barba, gorro blanco de lana y bolsa en mano, que pasa casi desapercibido. Un momento antes, ella se ha fijado en su tiquete para viajar. Avanza… de pronto, en un descuido, choca con un hombre negro, de gafas oscuras. Las cosas que lleva en la cartera salen disparadas; el hombre, solícito, intenta ayudar a recogerlas, pero ella se niega: “Voy a perder el tren”, advierte y avanza por la puerta 28. Acelera el paso, pero ya es tarde. El tren ha partido. La señora revisa su cartera: al parecer, ha perdido algo… Por su cara de tristeza, debe ser la billetera.

Regresa a la zona de pasajes. Se limpia un par de lágrimas. Delante suyo cruza un mendigo afroamericano, con un pañuelo en la cabeza, hace sonar su armónica y al tiempo suelta: “Bendito sea Dios”. Y agrega: “¿Cómo te va?, sin que se sepa a quién pregunta. Debajo de su chaqueta, una bufanda de lana, para las eventualidades del clima. Vuelve a sonar su armónica y reitera: “Yo te conozco. Feliz año nuevo”. A la vez, por el altoparlante se escucha: “Atención, por favor, llamamos a L. C. Winner”. La señora, entretanto, se dirige a una cafetería, pasa frente a una vitrina, la abre y saca un bistec a fin de almorzar. Intrigado, la sigo. La señora se dirige al dependiente: “¿Cuánto cuesta?” “Dos dólares”, le responde el hombre, blanco, con gorro de chef. “No sé si me alcanza”, señala la señora, el hombre se sorprende y ella: “Un dólar… aquí hay más”. “Veamos… un dólar con 52.” “Tome, señora”, dice el hombre y le da vueltas. “Gracias”, dice ella y pregunta por servilletas. “Tenga”, añade el hombre.

Ella se voltea, a su izquierda, busca una mesa. Avanza despacio, mira a lado y lado, hasta que, por fin, al costado izquierdo en una mesa cualquiera, pues todas están libres y además son iguales, ubica sus paquetes, se sienta y pone su bistec sobre la mesa. De pronto, advierte que le falta algo y regresa a la vitrina. Su silueta se dibuja en la pared. Toma cubiertos, los mira, los limpia y retorna a la mesa. Mientras avanza, una mueca se dibuja en su cara y a ella se suma un evidente desagrado: sin más, su mirada se dirige al negro, de bigote y barba, con gorrito blanco que momentos antes, en el metro, había pasado desapercibido. Ante la mirada atónita de ella, el hombre engulle un bistec idéntico al de… Ella no lo puede creer. Muchas ideas cruzan su cabeza. No atina a saber qué ha sido de su plato: “Ese es mi bistec”, asegura al negro que, seguro, responde: “Váyase al carajo”. Y ella, rotunda: “Ese es mi bistec”. Aquél, ríe. Ella trata de tomar el plato, pasando sus manos por encima de las del negro, que con celo lanza un ruido y lo retiene. Continúa comiendo con fruición, mirando a su plato, indiferente a la señora.

De repente, levanta su mirada, alza el brazo y toma el salero de la mesa siguiente. La señora lo mira, irritada, mientras él sigue su tarea de ingestión, clava el tenedor y el cuchillo, que suenan en la comida. Ante la indiferencia del negro, la señora mete su tenedor en el plato y saca un bocado. El hombre levanta sus ojos, cuestionándola, mete otro bocado a la boca, vuelve a alzar la vista y la señora ataca de nuevo y engulle lo que saca. Se miran, el hombre vuelve a comer, la señora eleva las cejas y deposita el tenedor en el plato para ingerir. Vuelven a mirarse: mientras, el dependiente se fija con interés en lo que ocurre con sus dos únicos clientes: bueno, tres, conmigo, que sólo he pedido una cerveza. Bocado va y viene en la boca del hombre y en la de la mujer, hasta que el negro alza su mirada, hace un gesto de satisfacción y se lleva la servilleta a la boca. Se para de la mesa, camina hacia la vitrina y regresa con dos cafés. Le ofrece uno a la señora y el otro se lo toma. En paralelo, la señora escarba los restos del plato y el dependiente se quita el gorro, toca su cabeza e intenta comprender lo que pasa.

Al volver el hombre a la mesa, la mujer vuelve a sorprenderse. Aquél le ofrece azúcar y ella: “No, gracias”. Entonces, el negro saca dos bolsas de crema instantánea, le ofrece una y la otra la deposita en su café. Suenan las tazas, un halo de armonía ronda el ambiente, el hombre alza la taza, lanza una sonrisa a la señora y brinda con ella, que asiente con sus ojos, sonríe a su vez, toma un sorbo más de café, mira al hombre, baja la mirada como quien sospecha algo, mira el reloj, se para de la mesa, cuelga su cartera al hombro y se va. A la par, el hombre ha levantado su mirada estupefacto, toma café y en su rostro asoma la tristeza por el abandono de la mujer que se dirige de nuevo al tren. De pronto se detiene, parece haber dejado algo en la cafetería y regresa con desespero. Entra, advierte que no está el hombre, la sorpresa se dibuja en su cara, mira sobre la mesa, ve los restos del bistec y del café y nota que sus bolsas no están. Lanza una queja de dolor y camina de un lado para otro, preguntándose por sus paquetes. Va y viene, hasta que por fin… advierte que, en otra mesa, su bistec y sus bolsas están intocados. Se sienta y exclama: “Por todos los demonios”. Voltea a mirar a las otras mesas, todas idénticas, y suelta una risa culposa/libertaria, una vez más mira la hora, coge sus paquetes, se ríe y parte del lugar para, por fin, tomar el metro. Pasa un mendigo: “Una limosnita, por favor”. La señora, indiferente y a la vez satisfecha, sube, por fin, al metro. Se recuesta dentro del vagón, como quien está exhausto. Lo único que pasa por su cabeza y que tal vez no olvide es la cita del almuerzo. El tren pita y arranca…

¿Cómo te pareció la metáfora del canibalismo interracial, a la que, por contraste, aquí podrías titular la cita del almuerzo o, con algo de ironía, el fin de la lucha por el hambre o, con humor desenfadado, la dulce caída del racismo? Bueno, volviendo a mis días de esplendor, te cuento que tuve doscientas noventa y siete peleas y sólo perdí diez, ya vas a saber por qué. Durante más de diez apariciones en el Madison Square Garden, adonde también se presentó una vez el gran boxeador argentino Gatica, ‘el Mono’, en 1951, y perdió frente a Ike Williams, llevé más de un millón de dólares a las taquillas. En trece peleas hice una bolsa de doscientos cuarenta y tres mil ochocientos dólares. Alcancé los máximos honores del boxeo y establecí el récord de ganar ciento sesenta y nueve peleas consecutivas: algo como para el libro Falklands de Cortázar, ese otro monstruo gaucho al que, lástima, no conocí: seguro me hubiera comparado con Miles Davis, el Picasso del Jazz… pues también era pintor, no vayas a creer que la cita es para impresionistas o para impresionables. Simplemente, la traigo a colación porque fue él quien dijo: “El boxeo es como el jazz. Cuando miro a un baterista evalúo sus reacciones, su velocidad. Él entra y sale como lo haría un boxeador en el ring”. Como también hay que hacerlo en el amor, para seducir. Entrar y salir es el secreto. Acercarse y retroceder. Huir cuando no se puede...

Más tarde, hice un desastroso viaje a Europa y fui noqueado por primera vez en noviembre de 1932 cuando enfrenté a Tony Canzoneri, apellido que no es apodo. Pero, todo hay que decirlo, Canzoneri fue una piedra en mis zapatos italianos. Siempre sostuve que mi primer combate se lo gané al ítalo-gringo, un combate cerrado a través del cual, no obstante, pasó un rayo de inconformismo cuando fue declarado ganador. Desde entonces volver a medirme con él se convirtió en obsesión. Y Canzoneri, quien era tan bajito como el director de El Toro salvaje… ¿cómo se llama?, eso, Martin Scorsese, pues medía sólo un metro sesenta y cuatro, en aquel segundo encuentro del que mejor sería no acordarme, con su pegada descomunal me mandó a la lona al inicio del segundo round. En cuanto a las diez peleas que perdí en aquellos días de esplendor, apenas diré que enfermo por la euforia de otrora y debilitado por la sífilis presente, ya nunca más sería el que fui. Aun así, en 1938, propicié una recaudación de diez mil pesos en el estadio de Cervecería Polar en Puentes Grandes, cuando derroté a Julián Fillo Echeverría. Basándome en el recuerdo te diré lo que pasó en la tarde del domingo 20 de marzo, recuerdo sujeto a los requiebros de la memoria, a los avatares del olvido.

De los diez rounds que peleamos sólo uno logró ganarme Fillo y ese fue el noveno, en el que pareció que las posibilidades del Chaval de Manolo Braña por noquearme, hicieron renacer el ánimo de sus simpatizantes; pero la cosa no pasó de ser un ligero susto para Pincho, mi manager, ya que salí para pelear el siguiente round que marcaba el fin de la pelea a una velocidad fantástica y por completo distinta a como había batallado en el anterior. Parecía como si hubiera guardado mi reserva para este último episodio. Tan pronto sonó la campana, salí despedido de la esquina y fui al encuentro de mi rival para darle la mayor paliza que recibió en sus días de peleador. Mira lo que escribió el cronista de la época, de cuyo nombre ahora no es que no quiera sino no puedo acordarme, lo que no cesa de producirme cierta melancolía, porque me deja con el acre sabor de la impotencia frente a los mares, ya no lagunas, de la desmemoria. Razón por la que actualmente, a través de las palabras del cronista, siento como si la victoria de ayer fuera mi derrota de hoy. Y aún así experimento a la vez una suerte de éxtasis sólo comparable al de un coito no aceptado socialmente… y ya sabes que la mayoría de los coitos, en especial el ajeno, no se acepta socialmente:  

“Las manos del Kid salían desde todos los ángulos y era casi imposible verle los movimientos pero, en cambio, se apreciaba perfectamente cuando sus guantes hacían estragos en el rostro del peleador hispano, que ya a esas alturas lucía ensangrentado y sin un lugar donde pudieran abrirse nuevas heridas, porque desde los primeros rounds la obra destructiva se había realizado. Ambos ojos presentaban heridas abiertas sobre las cejas y en uno de los pómulos. Su boca sangraba tanto como su nariz y todo en él era una masa sanguinolenta, que daba lástima mirar, al mismo tiempo que producía admiración verlo tratar de colocar en tal estado su derecha sobre la quijada del contrario, en su desesperado intento por aniquilar a esa máquina de lanzar trompadas que tenía enfrente y que tanto daño le estaba haciendo. Ese fue el final de la pelea que más olas de pasión había levantado en nuestro pequeño pero, a veces, inmenso mundo pugilístico”.

Ese día, con 128 libras, derroté por decisión a Fillo Echeverría, de 124 y cuarto.

Y si te hablo de melancolía no es sólo porque nadie olvida a voluntad sino porque, ya tú sabes, después de dar y recibir tanto golpe uno resulta enfermo de Parkinson, como Alí, o se vuelve sentimental, como los políticos. Pero sólo cuando ganamos, como lo deja ver la historia de Perón con Gatica. Tal vez no conozcas esta historia que podría resumirse como la de un odio que conviene no olvidar… La de un hombre que se convirtió en estrella del boxeo, alcanzó las mieles efímeras de la fama y cuando ya no fue útil al régimen, se le relegó al desprecio, a la marginalidad, al olvido. Y ya sabes lo que este trae… porque, pese a todo, no quiere que lo dejen solo. Contra el desdén oficial y la desidia del pueblo, Gatica se aferró a la vida, como por momentos a su contrincante, para no ser derrotado. Pero ya es un hombre de 38 años (lo que me trae al recuerdo el año 1938) y además parece un viejo. Hasta ese momento ha sido capaz de sobrevivir en la miseria, pero no hay miseria que dure cien años ni cuerpo que la resista, dicen los viejos de verdad, no los de mentira con apenas 38 años. A los que no les sirve ya de nada su cicatero desdén por el futuro. Tampoco su ánimo inconsciente de soñar con el pasado, uno teñido con el rojo-sangre y el negro-derrota. Y para quien ha dejado de tener sentido su ambición larga y su constante rabia. Un hombre para quien, como para mí, la única compañía desde su nacimiento ha sido la violencia. La que lo ha obligado a bajar la cabeza para fijar su mirada en los zapatos que lustra. Parábola de la que, sin embargo, hay que desconfiar como otros ciegamente confiarían en su revés.

Gatica miraba desde abajo la cara de la gente, pero hasta ese privilegio tuvo que defender a golpes frente a competidores tan desesperados como él. Por eso, cuando otros limpiabotas pasaban por ahí, se quedaban impresionados con su agresividad. En realidad, la de un hombre calmado como yo que, paradójicamente, siempre me he movido entre la violencia y la ternura. Así como impresionaba a los marineros que llegaban a puerto con el afán de dejar a otra mujer en él y por veinte pesos debían enfrentarse a un rival por entonces invencible. Y además no dejaban a un amor sino que eran dejados por él. Gatica, después de agachar a corpulentos marineros, abandonó su parada en Constitución, donde con diez años se había hecho embolador. En 1945 debutó en la única luna que tiene Buenos Aires, el Luna Park. Un golpe seco suyo dio por tierra con Mayorano. Triunfos consecutivos comenzaron a dividir a la tribuna: Tigre, para la popular, Mono para el ring-side. La razón era simple: la popular arengaba al morocho que rugía de furia en cada combate y que a la vez no conocía mirada distinta a la del odio; el ring-side, que deploraba su falta de clasicismo, lo abucheaba por asuntos de clase. Vinieron luego las peleas con Alfredo Prada. La última con él, en 1953, significó su derrota y el comienzo de la caída. Prada dejó el boxeo con dinero en el banco. Gatica volvió a villa-miseria, como si su vida se tratase de una imperfecta alegoría: la de una explosión de luces que al estallarle en la cara, le hubiera dejado súbitamente ciego. Dos años antes, en 1951, se subió al ring del Madison Square Garden frente al campeón mundial Ike Williams, a quien éste llamó a pelear sin poner en juego el título. Bastaron tres tiestazos para que Gatica se derrumbara. Perdió así no sólo la posibilidad del título mundial… y comenzó cuesta abajo en la rodada, hasta perderlo todo antes de su trágico final. A cambio, siempre conservó su orgullo, el que lanzó a la cara de Perón cuando se lo presentaron y a quien le planteó la igualdad, esa palabra desconocida por los poderosos. Al darle la mano, le dijo: “General, dos potencias se saludan”. Así, también, se cinceló un odio de esos que conviene no olvidar.

Aun así, como nada hay que callar, es importante recordar que en 1955 la Asociación Argentina de Boxeo había sancionado de por vida a Gatica, por oponerse a la dictadura militar que derrocó a Perón, su amigo y compadre hasta ese momento. Gatica, ‘el mono’ (… “las pelotas”, diría él), para la popular, el Tigre, para el ring-side, murió el 12 de noviembre de 1963, a los 38 años de edad, a la salida de la cancha de Independiente, atropellado por un colectivo al que quiso subirse en la esquina de Herrera y Luján, en pleno barrio de Barracas. Al estar borracho, le fallaron las piernas y las ruedas del vehículo le pasaron por encima. Su sepelio en el cementerio de Avellaneda fue una impresionante demostración de dolor popular: el trayecto desde su villa-miseria hasta él duró siete horas y media. Está allí desde entonces, ganándole la pelea al odio, a la traición, al olvido: al olvido, a la traición, al odio del poder, sobre todo…   

Cuando Gatica perdió frente a Williams nunca en la vida Perón volvió a tomarse una foto en su compañía, lo que de paso lo puso en el desgraciado e insoportable camino de la despedida y peor aún del desafecto ya no sólo personal sino popular y esto sí duele. Lo del odio personal sería lo de menos, al fin y al cabo Perón no fue más que un milico prepotente, suerte de pleonasmo, un político demagogo y populista. No obstante, la marcha de la caravana con el féretro de Gatica hacia el cementerio demoró lo que ya quisiera un político, no sólo Perón, que durara la suya: ¡siete horas! Ahora, nada más doloroso que lo pongan a uno en la ruta del fin como pasa con Mountain Rivera, en ese bello filme Réquiem por un peso pesado cuando Alí, precisamente, lo noquea en el séptimo asalto y, en una escena que ya Rivera no olvidará jamás, entra por el asfixiante túnel del olvido, al desencadenarse el drama de un boxeador acabado, al que sólo el amor podrá redimir… al que a la postre nada ni nadie podrán redimir: la de Mountain Rivera es la crónica real, no literaria, de un perdedor, de un vencido, de un desgraciado. Claro, un desgraciado por designio no divino, sino humano: a causa de su manager…

Otro desgraciado, por razones distintas a las de Gatica, fue Cassius Clay, luego llamado Muhammad Alí cuando se hizo musulmán y más tarde sunita. En efecto, Clay fue una víctima de su propia soberbia… y te digo por qué. Durante mucho tiempo su estilo de pelea se basó en burlarse del oponente, en flotar como una mariposa y picar como una avispa, en su bicicleta, en su lucky-punch, en su mano fantasma, en su rope-a-dope, es decir, en recostarse contra las cuerdas, desgastar al contrario, recuperarse y luego doblegarlo. Pues bien, para mí, no sé si para ti, basado en la última estrategia, la de debilitar al contrario soportando un duro castigo hasta los siete primeros rounds para luego contraatacar, a Clay, ya como Alí, en su célebre pelea contra Foreman en Zaire, se le fue la mano y, aunque ganó por nocaut en el octavo asalto, comenzó a labrar su caída en el mal de Parkinson: a mi juicio, peor que el de la sífilis… con esta al menos antes de tenerla te divertiste; antes de la caída estuviste en una cama rodeado de manos amorosas y no siempre interesadas; antes del retiro gozaste caricias de delicadas damas y no golpes ni mordiscos de rudos caballeros, no precisamente generosos ni desprendidos. Y eso sin hablar aquí de los managers, esos otros dandys no pocas veces verdaderas hienas… que aparecen como simples descubridores de talentos cuando en realidad son vampiros fuera de los catálogos al uso, fuera de los libros que ya sólo se leen para hacer películas con las cuales descrestar a los incautos, a fin de inocularles el miedo.      

El 17 de diciembre del mismo año 38, luego de una pobre exhibición frente a Nicky Jerome en el Palacio de Deportes de La Habana, Pincho me obligó a retirarme. ¿Sabes por qué le decíamos Pincho? Porque todo lo que veía por ahí, volando, esa era su expresión, se lo colgaba en su garfio derecho, más largo que mi brazo izquierdo. Él no decía “la toco y me voy”, como en el fútbol, sino “la pincho y me piso” y si tú no te reías, chico, te miraba de un modo del que ni la peor de las brujas era capaz. Pero, no creas que lo del gancho le impedía ser un tipo como cualquier otro al que se considera sano y que muchas veces termina siendo, por contraste, una víctima de la enfermedad. Mira que, en el fondo, las enfermedades que agobian a ciertas personas muchas veces las empujan hacia la grandeza, mientras que las supuestamente sanas van a dar al caos… Que no es mi caso pues si bien no estoy sano no me considero enfermo, aunque lo sea; porque, eso sí, no soy un tonto de esos que escupen para arriba y piensan que la saliva no va a dar en el otro o va a caer en dirección inversa a la de la gravedad. 

La enfermedad de la que te hablé, que se me diagnosticó en momentos en que sólo el arsénico servía para combatirla, finalmente me derrotó hacia 1938 y, pese a todo, la llevo arrastrando conmigo durante casi medio siglo. Fíjate que de esta no se libran ni los mejores seres humanos: ni Beethoven, cuyas cartas privadas revelan relaciones con prostitutas en 1797, que derivaron en sífilis y de ahí su sordera posterior; ni Van Gogh, quien se enamoró en 1882 de una prostituta llamada Clasina Hoornik a la que contrató como modelo: ella, que posó para su famoso cuadro Pena, pudo ser la que le contagió el virus; ni Nietzsche, por las mismas razones que las del genio de Bonn y a quien se le diagnosticó la enfermedad en 1867, a los 23 años; ni Baudelaire, otro amigo de las jineteras del deseo… quien en 1861 le confesó a su madre que sus problemas de salud provenían de una venérea que contrajo en 1839 en París, mal que le impidió tener sexo con su pareja, la morenaza Jeanne Duval. Recuento que te hago sólo para señalarte que la sífilis es una enfermedad democrática: le puede dar un poquito a todo el mundo.

Nadie sabe las que tuve que pasar por mis continuas incursiones en los grilles y burdeles de La Habana en mi pretensión de encontrar el afecto en medio del barullo de la prostitución. Y que nadie me venga ahora con moralismos o a hablarme mal de las mujeres con las que anduve en esa época, jineteras, rameras, putas o como quieras llamarlas. Oye, nunca he entendido por qué tanto desprecio por un ser humano que ha decidido ganarse la vida (¡qué expresión más falaz!) acostándose con el primer parroquiano que se le aparezca. ¿Es acaso fácil para una mujer dejarse acariciar o maltratar, según sea el caso, por cualquier aparecido? ¿No vi muchas veces a un tipo  golpear a una jeva simplemente porque le recordó a un amor frustrado? ¿Y en otras llegar hasta al uso de cuchillo para dirimir un conflicto entre dos hombres a causa de una de ellas, sin que se supiera la verdadera razón del lío? Pues bien, a lo que quiero llegar es a que si acaso no tuve problemas como los que te cuento, al contrario, por ser bien recibido por ellas, terminé contrayendo ese mal democrático del que te hablé.

De esta manera, yo, Eligio Sardiñas, que solía repetir con frecuencia “Le box c’est moi” y que gané una fortuna peleando, terminé como entrenador y en la pobreza, eso sí, nunca en la miseria, ¿me entiendes? Sin embargo, como no hay tristeza definitiva que se agazape en la carpa de un hombre nuevo, aquél que siempre ha visto en la alegría la forma más acendrada del saber, una tarde que departía con amigos y admiradores en la bodega de San Rafael y Hospital, a la par que rememoraba las grandes bolsas que me reportaron las peleas con Berg, Singer y Canzoneri, rememoraba la que no sólo fue una virtud mía, también del sioux Toro Sentado: nuestra común preocupación por la niñez desvalida. Mientras Toro Sentado les daba a los niños las monedas que recibía por fotos y autógrafos, para burlarse del blanco metalizado, yo, yendo en mi Cadillac por las calles habaneras repartía entre ellos hasta la última moneda que llevaba en el bolsillo. Y qué pena tener que decirlo yo mismo… pero, es que si no, viene otro, me cambia el libreto y fuera de eso me embarca en un chisme del que nadie se salva, ¿te das cuenta?

Estando en la bodega ya citada, de repente, uno de los presentes me soltó: “Caramba, campeón, si hubiera ahorrado algo, hoy no estaría en la miseria”. Mierda, sentí como si me clavaran el garfio del Pincho en lo más hondo del hígado, aún más, vi el hígado convertido en un estropajo lleno de agujeros entre verdes y amarillos y sin posibilidad de vuelta al color original. Me despegué de la barra, miré de arriba abajo a mi interlocutor, le puse una mano en el hombro y lo sacudí con el verbo: “¿De dónde tú sacas que estoy en la miseria?” Confundido, el intruso trató de disculparse, pero no le di time: “Apréndete bien esto y que no se te olvide jamás. Muchos de los que se llaman ricos hicieron su fortuna a costa del dolor, del llanto y de la sangre ajena. Yo, que no amasé fortunas con el sufrimiento de nadie sino con esfuerzo, sudor y lágrimas, me sentí dichoso proporcionando felicidad a los demás”… Lo de las lágrimas es un invento. También yo puedo ser sentimental. Apuré un ron y arremetí: “Ahí tienes la diferencia entre un rico pobre y un pobre rico. Yo, que con mi dinero repartí alegrías, me siento millonario y duermo a pierna suelta porque todavía disfruto del más grande tesoro que pueda haber: el calor de mi gente”. El hombre insistió en disculparse, pero no le di tregua: “A quien te diga que Kid Chocolate vive en la miseria, dile que es mentira. Que aun sin un centavo, el Chocolate sigue siendo rico”. Ah, y si te interesa agregarle algo a quien te escuche, dile que “El boxeo soy yo”, en español, no vayan a pensar en un comemierda cubano-francés, y que me perdonen, eso sí, para qué te lo voy a negar o si no que si existe un dios nos coja confesaos, Monzón, Briscoe, Mantequilla, Nicolino Locche, Sugar Ray, Mano de Piedra, desde luego tu padre y tantos otros que, por cosas de la sífilis, no recuerdo en este momento. Si bien la memoria es el único tribunal que no se puede corromper, a veces el olvido es la única tribuna en la que puedes salvarte…

Entretanto, el intruso enmudeció. No pudo soportar que alguien lo mirara hasta el fondo… Y ese alguien, Kid Chocolate para la popular y para el ring-side, a diferencia de Gatica, a semejanza de Alí, soy yo, el boxeo o, si prefieres, el boxeo soy yo.

 

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