POR CAPÍTULOS

El cachaco Juan

La poeta y cronista Beatriz Vanegas Athías, galardonada con el Premio Nacional de Poesía Universidad Externado de Colombia 1993, presenta uno de sus capítulos del libro "Todos se amaban a escondidas" que se presentó en la Filbo 2017.

Beatriz Vanegas Athias, poeta y cronista de Majagual, Sucre.Cortesía: Beatriz Vanegas Athias

1

  Juan atracó la chalupa en el barranco y entonces María tiró en el fondo de la embarcación un neceser y dos cajas de cartón amarradas con pita de curricán. Eran todas sus pertenencias. Uno de los trabajadores de Juan la ayudó a descender, mientras él la recibía con un abrazo y un beso que casi la hace caer al agua. De inmediato se encendió el motor y una estela espumosa removió la sabana flotante que formaban las verdosas tarullas. María acababa de dejar su trabajo como maestra en la vereda La Ladera y fastidiada por la excesiva alharaca y grosería de sus alumnos, envió una carta al político amigo que la nombró como profesora en la que le decía que ella no había nacido para maestra, que le diera el cargo a otra persona que tuviera talento y vocación.

 Y se fue con el cachaco Juan. Un paisa adinerado que hasta avioneta tenía. Aunque también estaba casado en Medellín y era padre de tres hijos, uno de tres, otro de cinco y el mayor de once. Además de otros niños que iba dejando por la ribera del Cauca sin siquiera dar el apellido. Para María, volarse  con Juan era el primer acto valiente que hacía en su vida.

  Juan Fernández Arango instaló a María Martínez en una finca que empezaba a fundar a punta de triquiñuelas y de una exquisita labia que hacía que su víctima saliera agradecida con él porque había quedado felizmente robada. La finca se llamaba San José y la había comprado por un precio menor al que realmente valía.  Aquella belleza de terreno en el que caían atardeceres que tenían el color de los mangos de azúcar, quedaba a orillas de un arroyo que abastecía de agua suficiente a los animales y a los trabajadores que se engancharon con el paisa Fernández. Con el dinero que le quedó del negocio, adquirió sus primeras diez cabezas de ganado y solo fue cuestión de meses para que el alambre se ensanchara y el pasto creciera a plenitud del dueño y de las reses que engordaban con una hermosura jamás conocida por esas tierras de gentes buenas, pero inocentonas y conformes.

  Así que sólo hacía falta una patrona que dirigiera los oficios de las empleadas. Una patrona que estuviera pendiente de que no se derramara una sola gota de leche y de que la sal estuviera a punto en el establo. Una patrona que administrara la comida de los trabajadores de la finca que cada día comían como si en su vida jamás hubieran probado un bocado. Y esa fue María Martínez, conocida por todos los trabajadores porque ellos eran sus paisanos.

  María llegó a San José con sus dos cajas y un neceser. Lo primero que hizo Juan fue llevarla a conocer la avioneta que se había convertido en su medio de transporte y de salida mensual hacia Medellín. María abrió los ojos con desmesura y confirmó para sus adentros lo acertado de su decisión de venirse a vivir con el paisa.

  Él se percató del impacto que había causado la imponencia de la avioneta en ella y no dudó un segundo en invitarla a conocer la finca, el río, la región toda, en un paseo por el cielo que María siguió recordando hasta el último día de su existencia. Desde arriba vio por primera vez el río de su infancia tapizado de extensas sabanas de tarullas, en ese intento del río de convertirse en llanura. Vio una bandada de garzas espolvorear sus piernas y elevarse gozosas sobre el río del color del chocolate; pasó la mano por la ventanilla en un inocente deseo de asir una nube gris que se apartaba al  paso de la avioneta; sentía que el corazón era un pedazo de guayaba que se le había atragantado en la garganta y tuvo necesidad de posar su rostro en el hombro de Juan para secarse las lágrimas que no paraban de manar como cuando se desborda un canal. El hombre acarició la mejilla de la mujer y la abrazó, satisfecho de conseguir, como siempre, todo lo que se proponía.

2 

  La vida en San José transcurría como un paraíso colgante de tierra caliente que se vivía en medio de un tácito respeto conyugal entre los dueños de la finca. Juan viajaba religiosamente cada mes a Medellín y allá vivía los siguientes treinta días de su llegada al lado de su esposa y de los hijos legítimos. María entre tanto, mantenía la finca con el mismo resplandor que iluminaba el inagotable amor que sentía por Juan. Él, de regreso a San José, venía cargado de vestidos, dulces, y de los últimos LP de Agustín Lara, Los Panchos y José Alfredo Jiménez, cantantes que sostenían la ensoñación en que vivía la enamorada.

  Juan era, según palabras de María, el mejor marido que le había tocado en suerte. Jamás una mala palabra, jamás un mal trato, pura risa y gracejos era ese hombre. Qué manera de tratar a sus trabajadores, qué puntualidad en el pago de la quincena. Y ella, entre bolero, chiste y viaje a cuanta fiesta apareciera por las veredas, sentía que la vida no podía ser mejor. Había tanto por disponer en San José, que a María Martínez los treinta días que Juan Fernández Arango vivía en su otra casa de la lejana Medellín se le iban volando.

  Con una nevera siempre llena, unos peones atendiendo a los caballos y al ganado. La vida se dejaba venir entre el cacareo de los galpones y el colgante moco de las docenas de pavo que había que engordar. En las tardes, cuando los ocasos regaban la tierra de una luz triste, la soledad de María estaba acompañada por la conversación animada de Lucho, el capataz, quien sólo se iba a dormir con su mujer e hijos después de las ocho de  la noche, cuando la patrona  había repartido limonada con bollo de arroz y queso para él y el resto de la peonada. Entonces crecía el sonido del chavarrí y del mochuelo. Surgían del río los vuelos silenciosos que  delataban ese otro silencio inquebrantable de la noche montuna. Acostada en su amplia cama de mosquitero, María apagaba la claridad que le brindaba la lámpara de gas y habitaba plácida, los predios de la certidumbre.

3

  La finca que se había convertido en hacienda quedaba situada a tres horas de camino de El Palomar. Un camino solo transitable a pie o en tractor hasta llegar al pueblo a donde había nacido María. Allá había dejado ella a una madre que nunca le perdonó esa unión inmoral con un cachaco casado. Poco le importaron las maldiciones proferidas y los deseos de que ese cachaco malo la dejara por ahí tirada como había hecho con tantas, según la pendenciera madre, que gritaba aquello, a todo el que le preguntaba por la hija. Poco le importó porque  estaba hastiada de ser la sirvienta de sus hermanos.

A cinco años de esa unión inmoral ante los ojos de Dios y del pueblo. María seguía despreocupada por el qué dirán y alegremente atareada en sostener San José, que cada vez era la prosperidad hecha tierra, porque si aquella bella hacienda marchaba con juicio, Juan elevaba su carcajada amorosa, así María supiera en el fondo del fondo que esa alegría no era exclusiva para ella.

  Aquel bienestar era una embriaguez que se bastaba a sí misma y no requería preguntas, ni razonamientos que trajesen preocupaciones. Se trataba sólo de dejar que la vida siguiera su curso. Se trataba de ser feliz sin averiar la felicidad de los otros. El día crecía bajo el viento de San José y María no se percató del cambio de hábitos que su rutina alimenticia empezó a vivir. Esa desaforada apetencia de mote de queso; esa insaciable sed de agua de panela con limón; ese sentarse tarde a tarde con una totuma repleta de mangos de azúcar hasta no dejar sino las cáscaras del fruto. El incontenible asco hacia el pescado frito y el pollo guisado. Y después de cada banquete,  la puntual carrera hacia el baño a arrojar los alimentos con el mismo ahínco que fueron saboreados. Juan se percató primero que la propia María de que venía un hijo en andas. Y lo celebró como siempre, con chistes y carcajadas, esta vez poco celebradas por la ojerosa compañera, a quien aquel embarazo la había inutilizado hasta confinarla a una hamaca desde donde apenas si daba una que otra orden a los trabajadores de San José.

  Una noche en que el cielo parecía haberse roto, Juan Fernández Arango tuvo el presentimiento de que las goteras de la habitación lo habían inundado todo, porque al voltearse en la cama sintió que había empezado a nadar entre las sábanas. Tocó a María Martínez para alertarla, pero ella había pasado uno de sus peores días vomitando y su sueño era muy profundo. Como pudo, Juan encendió la lámpara. La habitación se iluminó y el pavor germinó en su rostro cuando vio que sus manos, su cuerpo, la cama y la misma María eran un río de sangre. Tan pálido, como roja la sangre que manaba del cuerpo de María, Juan llamó a Anatilde, la mujer del capataz. Anatilde acudió con premura e intentó despertar a su patrona pasando algodón con alcohol por su nariz. Como no lo consiguió,   ordenó a su patrón que sacara la avioneta. Pero aquello era imposible con el vendaval que azotaba al valle en ese momento. Entonces cargaron entre todos a María y en medio de aquella tempestad la trasladaron en un tractor a hacia El Palomar. El tractor iba despacio y Juan, Anatilde, Lucho y otros dos trabajadores más, se habían quedado callados protegiendo de la lluvia a la patrona que sentía que la vida se le iba en aquel pozo oscuro que se había roto en sus entrañas.

  Llegaron a las siete de la mañana y Juan se la entregó a la madre que en el desespero de ver a la hija transformada en una bomba desinflada, olvidó la ofensa que aquel cachaco le había hecho. El Dr. Janne, un obstetra libanés, amigo de la familia intentó contener aquella hemorragia. Médico de gran prestigio, el Dr. Nilson Janne empezó a perder la calma y la pericia hacia el mediodía cuando vio nacer a una niña larga y flaca llena de moretones, pero completa y llorona. Mientras María Martínez desfallecida, obligaba a la madre y a la hermana a cambiar continuamente las sabanas que salían hacia la batea, empapadas de sangre. Dicen en El Palomar, que con el mismo temor del náufrago, el Dr. Janne se dedicó a inyectarle anticoagulantes a diestra y siniestra, pero María se evaporaba en cada sábana que cambiaban. La moribunda volteó la vista hacia su hija, sonrió y ya no quiso saber más de este mundo.

Juan Fernández Arango entró por vez primera a la casa de la madre de María Martínez y vio cómo la mujer con el odio renovado y espoleado por la muerte de la hija, le entregaba un bultito que lloraba a todo pulmón:

-           Toma cachaco, esto es tuyo, el que cortó su leña que la cargue.

-           No señora, cuando me vine a vivir a estas tierras no estaba en mis planes cargar con hijos. Quédesela, que es su nieta.

Y sin más le dio la espalda a la mujer y se subió al tractor.