El Caro y Cuervo en 2015

¿Por qué mantiene en funcionamiento la imprenta, ante los desafíos que representan la tecnología y la impresión industrial a gran escala? ¿Cuáles son sus nuevos proyectos?

La Imprenta Patriótica del Instituto Caro y Cuervo, sede Yerbabuena. / Gustavo Torrijos - El Espectador

El Instituto Caro y Cuervo (ICC) fue creado en 1942 para completar un proyecto inconcluso: el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, de Rufino José Cuervo, un estudio de ocho tomos que sigue el origen y la modificación del significado de las palabras del castellano a partir de las obras literarias del Siglo de Oro español. Cuervo alcanzó a publicar sólo los dos primeros volúmenes de la obra (de la letra A a la D) antes de morir, en 1911. El ICC retomó el trabajo en 1942 y lo terminó en 1994, labor por la que ganó el Premio Príncipe de Asturias en 1999.

En sus casi 73 años de historia, el ICC se ha ganado un alto renombre internacional. Aunque en trabaja con otras instituciones gubernamentales y académicas en proyectos investigativos sobre cómo cambia el uso de la lengua en Colombia, existe la idea –incluso en facultades de Literatura– de que el Instituto es una institución vetusta y aislada que estudia la lengua castellana desde una perspectiva purista, prejuicio que no es del todo cierto.

Empecemos por el Alec (Atlas lingüístico-etnográfico de Colombia), que después de la empresa del Diccionario de Cuervo, es tal vez el proyecto más grande del ICC. En contravía a la idea del Instituto como una institución que responde y mira todavía al español peninsular, la expedición del Alec reporta el uso de las palabras en diferentes regiones del país y su asociación directa con los imaginarios y las creencias de cada región. En 1956, en una época pretecnológica en la que había poco interés en la investigación científica en Colombia, el ICC le encargó a un grupo de hombres y mujeres un inventario léxico del español de Colombia. El fin de la investigación, pionera en Latinoamérica, era construir un atlas lingüístico y etnográfico que reflejara, a través de mapas, la distribución geográfica de las variantes léxicas encontradas. El cuestionario de 1.500 puntos se enfocó en 16 temas, entre los cuales están el cuerpo humano, la vivienda, la familia y el ciclo de vida, la agricultura y los oficios. Las voces e imágenes de los entrevistados, en su mayoría campesinos analfabetos, se registraron en 300 cintas de audio y cerca de 17.000 fotografías.

Todo ese archivo, que ahora está siendo digitalizado, conformará un museo a largo plazo, en la sede de Yerbabuena, en la antigua casa del expresidente José Manuel Marroquín. “La lengua es algo vivo. El Alec documenta esa vida, los decires en Colombia, la riqueza de nuestro uso del español”, dice Carmen Millán de Benavides, directora del ICC. Y continúa: “El Alec del siglo XXI, digitalizado, serán una herramienta y un documento de memoria de las palabras, que siempre regresan, se reencantan, se resignifican”. Las palabras están allí, aunque pocos atiendan a ellas, a su historia y evolución. Y también el Instituto está allí, con una inmensa biblioteca de literatura clásica y colombiana, y algunos tesoros incunables, que puede ser visitada por cualquiera que se acerque.

El segundo museo del ICC, que siempre ha estado y para sorpresa de muchos todavía funciona, es la Imprenta Patriótica, la única imprenta artesanal en el mundo que sigue imprimiendo libros. ¿Por qué hacerlo, ante la tecnología, la impresión digital y la impresión a gran escala? “Ahora funciona como un museo vivo”, dice José Eduardo Jiménez, el empleado más antiguo del Caro y Cuervo. “La impresión era antes un oficio, ahora es un arte que se preocupa por el libro como objeto”. La editorial del ICC, que sigue publicando sus investigaciones académicas y algunas novedades literarias, se puede dar el lujo de publicar ejemplares hechos con ciertos materiales y ciertos papeles que las grandes editoriales no considerarían usar.

Y es que, en relación con su imprenta, se puede hablar de tres fases del ICC: en la primera la imprenta sirvió para darle luz al trabajo investigativo. Luego tuvo una función diplomática: los libros del ICC llegaron a estar en más de 84 bibliotecas del mundo, dándole visibilidad al patrimonio lingüístico y literario del país y permitiendo canjes de ejemplares para nutrir la propia biblioteca, que conserva una colección de clásicos griegos y latinos donada por la Universidad de Harvard. En la tercera, que es ahora, el ICC “no pretende competir con las editoriales e internet”, dice Jiménez. “No podría. Se piensa a sí mismo como un museo vivo y un centro de experimentación de artes gráficas. Es importante saber y poder ver todavía que de allí partimos, que allí empezó todo, que sin la imprenta no habría computadores”. Además, la imprenta antigua tiene mucho que aportarles a las nuevas herramientas digitales en términos de diseño gráfico, afirma Alejandro Sánchez, periodista del ICC y director de la emisora virtual CyC radio, que está al aire las 24 horas y transmite conferencias y entrevistas, aquellas que se realizan en la sede del centro todos los martes en la tarde.

El Instituto sigue siendo una institución académica de renombre con alrededor de siete líneas de investigación en lingüística y literatura (una de ellas, por ejemplo, explora el léxico de la violencia, el léxico que surge a partir del narcotráfico desde los años 80 y aparece en la literatura del país). Ahora se embarca en el proyecto de elaborar un diccionario en línea y para dispositivos móviles de algunas de las 65 lenguas indígenas que hay en Colombia, que están todas en peligro de extinción. Desde hoy y hasta el sábado se llevará a cabo en la sede del centro (calle 10 N° 4-69) el Encuentro de Activistas Digitales de Lenguas Indígenas, del ICC, Global Voices y el Grupo de Investigación Muysscubun, con miras a fortalecer el intercambio entre personas que usan los medios digitales para revitalizar su lengua.