El cine como acto de comprensión

Víctor Gaviria (“La vendedora de rosas”) está pronto a mostrar su cuarto largometraje tras diez años de ausencia de las carteleras. En esta entrevista habla de su manera particular de concebir y hacer el cine.

Pamela Aristizábal

En una entrevista dijo que había estudiado psicología porque quería “palpar el alma en las palabras”. ¿Qué significa eso?

Empecé a estudiar psicología en un programa de orientación psicoanalítica, donde el lenguaje es crucial. En Rodrigo D lo que me guió, me absorbió y me dio una línea de conocimiento y sentido fueron las palabras, la jerga de los muchachos. Sentí un impacto inmenso al ver la forma como ellos se referían a ciertas cosas, el significado que tenían las palabras, que para mí eran otra cosa. Por eso he dicho que tengo esa cosa como de psicólogo, por estar tan pendiente del lenguaje.

¿Cómo fue el salto al cine?

Por casualidades. En ese entonces el nuevo cine alemán se divulgaba en los centros culturales del país. Era un movimiento de cineastas muy jóvenes que hacían unas películas muy baratas, con un lenguaje muy distinto al de Hollywood. Se destacaba el cineasta como autor y eran cosas sencillas, compuestas por imágenes sencillas. De repente se hizo visible el hecho de que se podía hacer cine siendo joven y con un lenguaje distinto. También recibí una cámara de una hermana que llegó desde Miami, porque mi papá, cuando éramos niños, también filmaba en 8 milímetros. La llegada de esa cámara, lo que mi papá filmaba, la verdad de que cine sí se podía hacer sin grandes infraestructuras y la llegada de esos nuevos cineastas alemanes crearon una esperanza. Entonces hice una peliculita, con imágenes de unos niños ciegos, inspirado un poco en Herzog. Participé en el Festival de Cine Subterráneo en Medellín y gané. Decían que había poesía en ese slang, que había algo genuino ahí. Los comentarios me animaron tanto que como un autómata obedecí a una orden propia. Quería ser cineasta. Claro, en ese entonces Colombia había empezado un proceso. Desde hace unos años, los jóvenes que quieren ser cineastas realmente salen a un horizonte donde ya no están solos. Entonces hice unos mediometrajes. Vivía en Medellín sin intenciones de trabajar en televisión. Desde el comienzo escogí renunciar al actor profesional, no sé por qué. Me pareció como la dirección de ese cine más social, de gran humanidad, que se hacía con actores de la calle, actores naturales, y lograba una verdad enorme y una poesía enorme. Así empezó la aventura de Rodrigo D: No futuro.

¿Cómo es trabajar con actores naturales?

Durante mucho tiempo luché por tratar de hacer que el actor natural tuviera tanta fuerza como el actor profesional, que tuviera la misma vivacidad. Lo fui logrando, pero de todas maneras siempre es un riesgo inmenso. Busco actores naturales dentro del mismo universo que la película va a tratar, porque lo visibilizan; sus improvisaciones me sirven para entender la mentalidad propia de ese universo. Por eso el trabajo con actores naturales está pegado a la escritura del guión. Muchas veces el actor es quien me cuenta lo que aparecerá en el guión o me muestra partes de ese universo. De resto, busco allí personas que tengan talento para improvisar. Me valgo de eso, lo aprovecho. Todos mis actores naturales tienen que ser grandes improvisadores. Así de sencillo. Así que el casting del actor natural es lo más importante.

¿Por qué, desde “Rodrigo D”, ha escogido las temáticas que ha escogido? ¿Qué busca allí, qué quiere mostrar?

Antes de Rodrigo D hacía cosas muy distintas, historias que tenían que ver con lo antioqueño, con los relatos colectivos. Hice Que pase el aserrador (1985), Simón el Mago (1992), una serie de cuentos que recrean esa picaresca paisa. Con Rodrigo D cambié de dirección porque descubrí, haciendo la película, que se me abría una ventana para entender un poco esta sociedad de Medellín, el proceso de la ciudad, de Colombia; entender y situarme en esta sociedad tan fragmentada, ante una ebullición de un pueblo que está haciendo su historia aunque a nadie le interese. Cuando voy a hacer Rodrigo D encuentro una juventud popular en un proceso de guerra social y exclusión. El cine me ha permitido tratar de entender esta desazón de país. Colombia es un país traumatizado por su desigualdad y por sus carencias, por su orfandad, por su pobreza. Me ha servido mucho. Desde ahí me interesa todo lo que tenga que ver con procesos sociales, a los que puedo acceder o entender a través de los actores naturales. Todo el tiempo reflexiono sobre la delincuencia, sobre los caminos desviados que gran parte de esta población transita, viendo la vida como una especie de orgía. Todo lo que es este país me interesa tanto... He hecho películas sobre la juventud que ha decidido hacer de la delincuencia un trabajo, una forma de vida. Después hicimos La vendedora de rosas (1998), que es la historia de los niños de la calle y la metáfora de todo aquello que transita en las calles de este país de un lugar a otro. Y luego, el retrato del narcotráfico en Sumas y restas (2005), que era algo inevitable.

O sea que usted cree que hacer cine es un acto de comprensión...

Es que muchas veces se confunde tanto la visión política e histórica del país que uno ni siquiera sabe qué debe denunciar. Uno sabe que algo está desasosegadamente mal, pero no sabe qué. El cine va clarificando cómo funcionan las cosas y te hace aparecer esos lugares de denuncia, los descubre. Esos lugares son posteriores a la película. Uno no sabe muy bien a lo que va, qué va a hacer, uno va comprendiendo, y así va haciendo un retrato.

¿Del narcotráfico se deriva directamente, para usted, el fenómeno del sicariato en Medellín? ¿Eso se fue mostrando en el proceso de alguna de sus producciones?

Aunque siempre ha existido como una modalidad de la delincuencia común, la del delincuente desalmado, instrumento de otros, el narcotráfico sí lo dispara estadísticamente. Es como si esos focos de delincuencia donde los valores son muy distintos de pronto se extendieran, ya no en una esquina, sino en barrios enteros. La juventud, en un momento dado, se encontró sin futuro, sin perspectivas, prácticamente huérfana, como hombres sin padre tirados por ahí. El único camino encontrado fueron esas rutas que el narcotráfico había aumentado y fortalecido. Esa delincuencia les brindó un camino, y la cultura y los valores de esta sociedad colapsaron. Empezaron a convivir unos valores tradicionales, que venían creando las reglas de la convivencia, con otros valores totalmente perdidos, u opuestos, al menos. Lo tremendo, cuando hablaba con esos muchachos, era entrever los pensamientos que se atravesaban por sus mentes; eran infantiles, primarios, de un optimismo muy ingenuo. Pensaban que podían ser apoyados, tener como padre a los patrones del narcotráfico, y que matar a una persona y asesinar podía ser un horizonte. Estaban realmente tan ciegos de cultura que les parecía que las cosas que les brindaba la delincuencia del narcotráfico podían dignificarlos. Los exaltó, les produjo un enorme entusiasmo. Pero de un momento a otro estos muchachos se dieron cuenta de que la vida terminaba muy rápido. Miles de jóvenes, miles de miles, que creyeron en ese gesto y ejemplo de los capos del narcotráfico tuvieron que asumir que no tenían futuro y luego murieron. Rodrigo D: No futuro es eso: el momento de la desesperanza.

¿Sobre qué es la próxima película?

La mujer del animal es un cuarto capítulo de lo que he hecho. Me fascinó la crónica de una señora que fue robada por un tipo al que llamaban “El Animal”. Me encantó la posibilidad de entender cómo se convirtió en su mujer. Así que hicimos esta película extraña sobre la relación de la víctima y el victimario, y tratamos de entender, aportando a la comprensión de todo esto, qué función jugaban los testigos. Ya está terminada, estamos en proceso de edición y la entregamos al Fondo de Desarrollo Cinematográfico hacia septiembre.

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