El cine como lucha

Camila Loboguerrero fue la primera mujer colombiana en dirigir un largometraje, “Con su música a otra parte”. Le ha dedicado la vida al cine, y continúa luchando por el cine, ahora defendiendo los derechos de los directores.

Camila Loboguerrero comenzó su pasión por el cine con dibujos como historietas que luego reflejaba en un proyector casero. / Óscar Pérez - El Espectador

Recordó con los ojos cerrados que Mayo del 68 la encontró en la Universidad de París, mientras estudiaba bellas artes, y que entonces ilustraba los afiches de las proclamas de los estudiantes, “seamos realistas, hagamos lo imposible”. Ella pintaba por las noches y de día salía a manifestarse, o a veces sólo pintaba, encerrada, porque como extranjera, le decían, era posible que las autoridades la encarcelaran. Recordó las reuniones, las asambleas, la mística del movimiento, a los panaderos que les llevaban sándwiches, y afirmó que los 60 cambiaron al mundo, pese a los interesados contradictores que intentaron desprestigiar lo hecho para que nadie se atreviera a repetirlo, para que nadie nunca más fuera rebelde, y recalcó que la píldora anticonceptiva fue decisiva para la mujer y para la historia.

Habló de sus años como estudiante de artes en los Andes. De Marta Traba y de Beatriz González, y de un cine-club que creó allá e inauguró con películas del Oeste, westerns, y un ciclo sobre Humphrey Bogart. Comentó que su pasión por el cine se había iniciado desde niña, con dibujos como historietas que luego reflejaba en un proyector casero que habían construido su padre y sus hermanos, todos ingenieros. “Yo dibujaba y después pasábamos los dibujos rápido y se veía como una película”. Evocó una tarde de 1971, ya en Bogotá, cuando en una librería encontró un pequeño libro editado por La rosca, escrito por Ignacio Torres Giraldo, que llevaba por título María Cano, mujer rebelde. Se fascinó. Lo leyó sin pausas. Sintió a María Cano a su lado, y se sintió ella luchando sus luchas a favor de los trabajadores y fundando el Partido Socialista.

Pasaron 16 años de aquello. Ella se dedicó al cine, y arañando unos pesos realizó su primera película, Con su música a otra parte. Era la historia de una madre y una hija con sus conflictos y desencuentros. La madre era bolerista; la hija quería cantar baladas en inglés. “Era muy complicado, sobre todo porque yo era mujer. El drama consistía en convencer a todo el mundo de que yo sabía, de que podía. A los técnicos, a los actores, a todos”. En el afiche promocional aparecía su nombre, Camila Loboguerrero, como directora, abajo de los de Judy Henríquez y Nelly Moreno, las protagonistas. El afiche, la película, las reseñas en revistas y periódicos, fueron el testimonio de un hecho histórico, pues hasta ese momento ninguna mujer había dirigido un largometraje en Colombia. “Hoy hay muy pocas. Prefieren ser productoras, por ejemplo. Creo que les da miedo”.

Pasado el ruido de la música y demás, se volvió a encontrar aquel mismo libro de antes, pero con otro título: María Cano, apostolado revolucionario. Ella lo leyó de nuevo. Superó la tristeza que le había dejado la primera vez el final triste de aquella mujer a la que tanto y tantos habían amado, y comprendió que haría una película para explicarse ese final, entre tantas otras cosas. Viajó a Medellín y a Cali, habló con los familiares de la Cano y con los de Torres Giraldo, su amor. En 1990 estrenó el filme, protagonizado por María Eugenia Dávila y Frank Ramírez. Allí se veía a María Cano, de adolescente, escribiendo poemas eróticos, retocando fotografías y yendo a la biblioteca, donde se encontró con su primo, Tomás Uribe Márquez, quien acababa de regresar de Barcelona y de formar parte de los anarquistas.

Conversaron cientos de veces. Las ideas de uno fueron las ideas del otro. Conocieron a Torres Giraldo. Se unieron. Comenzaron a luchar por los trabajadores, con discursos, con panfletos, con miedo y con rabia, pero decididos. Ella iba a los barrios marginales de Medellín y de Cali, y hablaba y convencía a la gente de que tenía derechos. Camila Loboguerrero la rescató del olvido y a su manera, asumió sus luchas para seguir haciendo cine con la película Nochebuena, por ejemplo, pero también para luchar por los derechos de los cineastas desde la Dasc (Asociación de Directores Audiovisuales), promoviendo reuniones y congresos para que algún día perciban las regalías que les corresponden por la difusión de sus obras. Hizo de la historia, cine, y del cine una lucha.

 

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