El club de los suicidas

En el bar La Puerta del Sol se quedaron esperando que el golpe seco del cuerpo contra el piso regresara a la vida a Aristóbulo Mejía Jaramillo.

Hernán Herrera Robles

Era inútil moverlo de la silla en la que murió tras ingerir cianuro. Sus ojos aún calientes escondían la mirada agónica y ese cúmulo de conciencias que brotaron cuando las prostitutas encendieron la luz, en la cantina preferida por el Club de los Suicidas, entre los años 30 y 40 en el sur de Armenia, Quindío.

Nadie ocultó la cara de pánico. De madrugada, las luces mórbidas y baratas los llevaron a percatarse de que Aristóbulo nunca más iba a pararse, porque cumplía una cita en ese lugar extravagante que usaron exclusivamente para dar su visto bueno al demencial encuentro con la muerte.

Los de gran estrato, los de buena familia, no elegían un lugar desafiante y de poco gusto al que sólo iban los campesinos, los locos o los desvalidos.

Quizá por eso, para adelantarse a la vergüenza de tomar un veneno y acabar con su vida, soportó los dolores, la contracción de los músculos, la cortante despedida de su respiración, la ansiedad, las pulsaciones lentas y la agonía de último minuto.

77 años después, saber cómo cumplían el mandato del honor macabro sigue siendo un mar de conjeturas que se convirtió en leyenda.

Impensable pero real: como socios de un selecto grupo cumplían con las exigencias de ingreso antes de arrojarse a los brazos de la muerte, preferiblemente propinándose un tiro que les perforara el cráneo o llevando consigo una soga débil usada con cálculos precisos en los lugares oscuros del parque El Bosque en Armenia.

Nadie los buscó para que se sumaran a esta peligrosa condición. A los miembros del club no los obligaron a firmar un manifiesto con los ojos vendados.

Hombres de élite, nunca invisibles, aceptaron ser parte de un movimiento sin punto de partida, sin final. Idealizaron ser una especie de ídolos de la extravagancia.

“¿Jura usted y empeña su palabra de caballero y de hombre, sin protestar ni pedir prórroga en el plazo fijado, terminar con su vida cuando aparezca su nombre en el sorteo de rigor?”, les susurraban antes de estampar la firma, mucho antes de que su cara fuera publicada en un pequeño periódico local, para luchar contra el olvido de los ávidos lectores que aguardaban ver la foto de quien se quitó la vida, cualquier viernes, cualquier domingo.

Aristóbulo llegó al paroxismo amatorio, de tajo, con una soberbia que dejó ser un juego.

Y también lo hizo don Samuel Ángel. Así terminaron con su membresía varios hombres de la familia Castiblanco, uno de los cuales se despidió el 31 de diciembre de 1939, a las 11:30 p.m., con un “buenas noches, me voy de este mundo”. Luego fue su hermano; luego el presidente de una fábrica de cementos con sede en Apulo, Cundinamarca; después, hombres de incontables historias sobre las que los círculos sociales del Quindío prefirieron no dejar rastro.

Leyendas de hombres que apostaron, sin darse cuenta, en contra de sí mismos para cumplir el juramento del Club de los Suicidas, para que su ángel de la guarda los abandonara, por exceso de valentía o falta de cordura.

Fue cierto, todo fue absolutamente real. Existió el Club de los Suicidas.

Y como en El ruletista, de Mircea Cartarescu, en La Puerta del Sol se vieron personajes con brillantina, que lucieron pantalones de época y estrenaron un delicado olor a aceite y pólvora ante el perverso deseo de acabar con su vida, con el cerebro salpicado sobre sus vestidos.

Alguno de ellos, con el alma enferma, pudo haber cantado antes de su adiós:

Quiero confesarte

lo mucho que te quiero

lo mucho que te adoro

como se adora el sol.

En cambio no quisiera

saber que me aborreces,

quisiera una y mil veces

 

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