El conflicto desde los libros de J.M. Coetzee, de visita en Colombia

El autor sudafricano suele ser parco durante las entrevistas, pero a través de sus obras aborda la guerra y sus consecuencias. Una mirada distinta: a veces hay que aceptar el dolor y seguir.

J.M. Coetzee ha escrito obras como ‘Vida y época de Michael K.’, ‘Esperando a los bárbaros’ y ‘La infancia de Jesucristo’, la más reciente. / AFP

Algunos de los textos de J.M. Coetzee arrojan luces sobre la guerra, las verdades duras de la paz y, en general, sobre la naturaleza conflictiva de una especie que se ha dedicado a masacrarse. Sus métodos no son panfletarios, su literatura puede que denuncie, pero ante todo demuestra. Su técnica es sutil y su intención, quizá, es ser un retrato del tiempo y el lugar que le fue dado vivir: Sudáfrica antes y después del apartheid.

La lectura de sus obras tal vez no entrega lecciones, pero con seguridad deja entrever caminos, rutas hacia la comprensión, no hacia la solución. Lejos de los bandos, pero cerca de la política, la diversidad y hondura de sus personajes propone un diálogo entre opuestos: no son tratados acerca de la paz (aunque hay algo de esto), ni apologías a la guerra, pero sí documentos humanos. Lugar común, aunque no por eso menos cierto, algunos de sus libros les dan voz a los que no tienen voz y mediante este mecanismo su narrativa es una especie de resistencia a la violencia y el olvido.

Leer para reconocer. Para reconocernos.

 La guerra antes de la guerra

 Un mundo de sí y de no, de dos caminos y nada más, era el entorno de Coetzee en su infancia. Quién definía qué era cielo y qué era infierno era siempre un asunto de política. No había puntos intermedios, y si los había eran vistos con desconfianza o —dicho de otro modo— con moral: no se podía estar en dos bandos al tiempo: o se era judío o protestante o católico o —quizá— nada. Pero protestante y católico, protestante y nada, no. El verbo fue así en principio: aquí estaban los blancos y allá los negros y su combinación —ese punto medio, la conjugación de dos colores, que no dos razas— era motivo de castigo religioso y jurídico, social y económico. Un mundo dividido en dos: nada más, como cualquier guerra, guerra de dos extremos.

Escribe Coetzee en Infancia, cuando el niño decide ser católico: “Es difícil plantear el tema en casa porque su familia ‘no es’ nada. Naturalmente son sudafricanos, pero incluso ser sudafricano es un poco vergonzoso y por tanto no se habla de ello, puesto que no todo el que vive en Sudáfrica es sudafricano, o al menos no un sudafricano decente”. Aquí Coetzee ya no habla de una división religiosa o social, sino casi moral. Hay ciudadanos decentes, otros más son indecentes. Entre esos dos grupos debe hacerse —y criarse, sin remordimientos— la vida social. Y dice, al mismo tiempo, que su personaje no está ubicado en ningún lugar, en esa eterna senda del “no sé”. Justo el punto de incertidumbre que, en los primeros estadios de una guerra, suele despegar las pasiones de los bandos. Se debe ser, y si no se es, habrá que disparar.

En Vida y época de Michael K. le ocurre un fenómeno similar a su personaje principal. Hicham Adiouani, estudiante de la Universidad París 8 y candidato a un doctorado con una tesis sobre Coetzee, escribe al respecto: “La mera existencia de Michael es un peligro para el sistema porque no es blanco, ni negro, ni tampoco ambos. Su estatus es incierto y, por lo tanto, no puede ser clasificado en un sistema que está basado en lógicas binarias (…)”. Coetzee y Adiouani hablan aquí de una marcada tendencia a la división; también —y sobre todo— describen con certeza el origen de toda guerra: la necesidad de implicar a los ciudadanos, sean quienes sean, en grupos con una identificación precisa, inviolable, que les permite unirse en torno a un objetivo.

Continúa Coetzee en Infancia con esta escena: “Dos veces a la semana se repite la operación de separar la cizaña del buen grano. Se deja a los judíos y a los católicos con sus asuntos mientras los protestantes se reúnen para entonar himnos y escuchar sermones. Para vengarse de ello, y para vengarse de lo que los judíos le hicieron a Jesús, los chicos afrikáners, grandotes, brutales, apresan algunas veces a un judío o a un católico y le dan puñetazos en los bíceps, puñetazos rápidos y ensañados, o le pegan un rodillazo en la entrepierna”. La “cizaña” y el “buen grano”: lo que debe ser reducido y lo que debe sobrevivir.

Michael K. también viaja y prefiere moverse a través de ese territorio que se dice suyo, del que se dice parte. Su movimiento, en ese sentido —recuerda Adiouani—, resulta inquietante para el sistema. Un sistema, por lo general, es un dogma y el dogma es sinónimo de quietud. En ocasiones, de embalsamamiento; las ideas están enclaustradas pero, sobre todo, inmóviles, sometidas al látigo de la doctrina. No son ya ideas: se convierten en mandamientos. Una guerra no se puede permitir el atropello de la doctrina porque está basada en ella: en la sosegada idea de que el otro no es un nosotros, sino un extraño. El extraño inoperante, ineficaz y malo. El extranjero.

La guerra, se infiere de este texto, no es una explosión repentina: es la acumulación de detalles y actos preparatorios para el golpe final —y también inicial—. En principio, las ideas se convierten en mandatos y luego desaparecen, como suelen desaparecer las cosas que ya se vuelven costumbre. Es decir, desaparecen porque se integran hasta tal punto en la cabeza de los ciudadanos, en su forma de explorar el mundo, que ya no hay vuelta atrás: no sólo fueron plantadas, sino que crecieron y se extendieron arrebatadas por cada uno de los lugares de la vida. En Sudáfrica fue la separación de “razas”; en Colombia, la división en colores políticos. En Infancia, Coetzee presenta la historia de aquel niño casi de un modo alegórico. Todo cuanto ha sido plantado y se ha dejado crecer, tragará y engullirá. Y entonces vendrá el infierno.

La guerra después de la guerra

 En la guerra después de la guerra, la batalla sin nombre que se va peleando con los vecinos (aunque siempre fueron los vecinos, sólo que en camuflado y con insignias) un hombre halla paz (o algo que de pronto se le asemeja), asistiendo la muerte de perros abandonados. Brutalmente golpeado, su hija violada, la vida continúa a través de un oficio funerario para animales cargado de humanidad, si se quiere. No paz a través de la meditación o la observación de las llamas que se llevan todo en el refugio para animales. No hay budismo zen, ni fe a la mano para salvar el día entregándole las responsabilidades al aire.

Las capas del relato en Desgracia son profundas, las brechas que separan a los personajes, hondas y las heridas, muchas, pero todos continúan viviendo, sin lecciones palpables o grandes discursos, pero a través de las pequeñas acciones que hacen girar el mundo en una armonía improbable. Quizá esta es la historia de cómo la gente se redime a través de la desgracia. No, tal vez no sea redención, sino continuación. Sin la moraleja de quien recupera su honor o su rumbo, sino a través de la simple crudeza de aquel que sigue para enfrentarse con la luz dura de todos los días, con el fuego que se lleva a los perros y la idea constante de que, probablemente, todo irá para mal. ¿Paz? No parece, aunque sí hay algo de liberador en toda tragedia: un mundo emerge con el colapso de otro, el hundimiento de un sistema ofrece una costa vasta e inhóspita, de pronto ni libre ni pura, pero sí nueva. ¿Paz? Esa es la otra orilla.

Y esa orilla puede estar llena de horrores, no porque esté habitada por el otro bando, sino porque en ella también viven humanos. La hija violada parece comprender que una de las formas de seguir viviendo una vida que hasta el momento ha estado mediada por la explotación de los demás es sufrir el daño de éstos: no enemigos, incluso vecinos, incluso familiares de sus vecinos. Los otros. Nosotros. La forma más antigua de justicia habita en una tierra posterior a la revolución, en los jirones que han de llamarse el posconflicto, y esta es la simetría: unos males que se cobran con más males.

La imagen no es fácil y, quizá, tampoco justa, pero es lo que hay y sin eso las salidas son estrechas. Lo sabe el padre, que vive con el pavor reverencial de que todo, la golpiza, la violación, se vuelva a repetir. Y la hija de Desgracia también lo entiende, pero en medio del temor no denuncia el ataque a la Policía ni vende su casa en el campo y las cosas siguen, como si nada, aunque todo haya estallado en pedazos.

El miedo, tan humano como la imbecilidad y a veces una forma de imbecilidad, es la fibra que anuda el relato en Esperando a los bárbaros, un libro escrito en clave de alegoría en el que una sociedad se inyecta una alucinación colectiva que encarna en los bárbaros, una tribu de nómadas que más allá de las fronteras de la civilización es el mayor enemigo de todo lo que es bueno y sagrado en esta tierra y también el instrumento más efectivo de la política estatal, cuando el Estado es sinónimo del Terror.

Los bárbaros son tan ubicuos como el polvo, tan invisibles como el aire. Todo se justifica por ellos y contra ellos: ser como la oposición a un contrario. En esa dualidad necesaria habitan los políticos y los militares y los comerciantes y todas las especies y oficios cuya sustancia vital es el enemigo. ¿Qué pasa cuando el enemigo no existe?

En el vacío de causas sólo habitan las consecuencias. Entonces sólo quedan el miedo y el dolor, las celdas, las razones sin razón, el peso absoluto de una verdad forjada no en el fuego de la lógica, sino en el de la fe.

Contra esa fuerza omnipresente se enfrenta el viejo magistrado de un pueblo remoto del Imperio, así, sin nombre y en mayúsculas: el país que ha logrado sobrevivir tan sólo por su constante lucha contra los bárbaros. Claro, el anciano pierde esta pelea. Sufre y se abandona a las sensaciones de un cuerpo maltratado en un calabozo mísero y oscuro cuando no puede hablar más, cuando simplemente no quiere. El magistrado, recluido en el profundo silencio de su celda por la noche, cree oír voces. Piensa que son los fantasmas de la gente que también ha sufrido en ese espacio habitado por una soledad lacerante. Puede que no se equivoque. “Yo también, si vivo lo bastante en esta celda (…) me contagiaré y me convertiré en un ser que no cree en nada”.

No se trata de religión, sino de una obediencia inducida por el contacto constante contra el aislamiento de toda forma y esperanza de vida. “El hombre de hoy cree que no hay nada en él, así que acepta cualquier cosa, aunque sepa que es mala, para poder sentirse en comunión con los otros, para no estar solo”, escribió Czeslaw Milosz. En esa carencia común, los bárbaros lo son todo y el otro, la prueba viva de la diferencia, debe ser borrado por el bien del sistema.

A la cabeza de aquel Imperio que llega para evitar el caos hay un militar, un profesional de la violencia con fe en su causa, que ha de retirarse cuando los bárbaros desaparezcan en un desierto más allá de las fronteras que tal vez fueron impuestas en guerras que nadie recuerda.

 

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