Entrevista

Geraldine Gutiérrez: “En ese entonces yo me llamaba Wilmar”

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Sexilio es uno de los cortometrajes que se presentan en el Ciclo Rosa de Cine, que culmina el 2 de noviembre. El corto de Ysaí Muñoz Bueno cuenta la historia de la indígena trans Geraldine Gutiérrez Piedrahita.

Las investigaciones de una alianza entre las organizaciones Colombia Diversa, Santamaría Fundación y Caribe Afirmativo dieron como resultado que en 2015, 110 personas de la comunidad LGBT fueron asesinadas por prejuicios hacia su identidad de género u orientación sexual, siendo ese el año de la cifra más alta desde 2012. De otro lado, según el Sistema de Información de Violencia (Sin Violencia) contra personas LGBT en Colombia, de Colombia Diversa, entre agosto de 1993 y julio de 2020 ocurrieron 1.892 hechos violentos contra población LGBT, dejando un total de 2.013 víctimas.

Esta realidad no es desierta en el interior de las comunidades indígenas en el país. En 2019, cerca de 50 indígenas transgénero huyeron de sus resguardos y se refugiaron en cafetales del municipio de Santuario (Risaralda). Allí se enfrentaron a las crisis propias del sector.

Ysaí Muñoz Bueno, del Resguardo Indígena de San Lorenzo Caldas, es el director de Sexilio, un cortometraje que muestra la situación de Geraldine Gutiérrez Piedrahíta. El corto está planteado como un viaje de regreso de la protagonista, en el que se devela por qué partió de su tierra de nacimiento.

En las primeras escenas vemos a Geraldine Gutiérrez observando Medellín desde su ventana. Luego va en una camioneta por zona rural hacia Chigorodó (Antioquia). Mira el paisaje, calla, su cuerpo se tambalea con el movimiento del carro. Al llegar a casa saluda a su madre y a su hermanito, pues a su padre ya lo había saludado en el camino. Suelta las maletas. Empieza a mirar fotografías de álbumes viejos. Le dice a su hermanito, mostrándole una foto del anuario escolar: “En ese entonces me llamaba Wílmar” y cambia el nombre que acompaña la foto. Enseguida, el niño se hace espectador de una conversación entre ambas. La madre cuenta que cuando su hija se fue a Medellín, unos años atrás, cada vez que volvía estaba más cambiada. Algunos en la comunidad no lo podían aceptar, otros no opinaban.

“No importa que la gente hable mal, no haga caso”, le escucha Geraldine a su madre y se abrazan entre lágrimas.

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Al preguntarle a Ysaí Muñoz por qué hace cine, responde, mirando hacia el pasado: “En un principio me gustaba mucho retratar, tomar fotografías. Me había comprado una camarita de rollo hace mucho tiempo. Alguna vez me invitaron a un evento de comunicación y derechos humanos y me pareció interesante, porque iba a profundidad de lo que son los medios y cómo se pueden visibilizar también cosas de los territorios, de las poblaciones vulnerables. Me interesa mucho lo que tiene que ver con los movimientos sociales, con la organización social, y me interesa evidenciar lo que pasa con los territorios, con las comunidades, en los barrios populares”.

¿Se enfrenta a algún dilema ético al contar historias como la de Geraldine Gutiérrez?

Es complejo. También soy indígena, también soy embera. Y siento que es un deber poner en evidencia esas problemáticas o esas dificultades que se viven cuando se piensa y se siente diferente. Evidenciar que existen estas realidades y que es necesario trabajarlas, porque no se puede desamparar a las personas por su identidad de género u orientación sexual.

Después de la escena en casa entre madre e hija vemos a Geraldine Gutiérrez hablándole a su comunidad. En el tablero escribe trans y dice: “Trans soy yo”. Lleva un vestido negro y unos tacones puntudos. Explica por qué quiere ser reconocida como indígena trans. Una señora se para y dice que el indígena como nace debe permanecer, y, en un indescifrable discurso, agrega que qué bueno que le respeten sus derechos, pero que ella le conoce como Wílmar y que así seguirá llamándose para ella.

¿A qué se enfrenta la población indígena trans en el interior de la comunidad y a qué se enfrenta por fuera de ella?

Cuando vemos la historia de los pueblos indígenas, ellos eran abiertos a estos temas, había prácticas homosexuales. Las personas de “doble espíritu”, como se les llama, eran aceptadas. La diversidad sexual siempre ha existido. Pero hoy, por la religión, son reacios a aceptar que existen otras formas de sentir y de expresarse. En Risaralda hay mujeres trans que han tenido que irse de su comunidad, muchas llegan a ciudades en donde también son vulnerables. Y son muchos los jóvenes que también se van de sus comunidades para vivir su orientación sexual, para poder amar. Eso es lo que queremos trabajar desde las comunidades y los territorios para que estos jóvenes no tengan que irse. Por ejemplo, Geraldine sigue hablando su idioma de origen. No queremos que eso se pierda porque tengan que irse a la ciudad, cuando podrían aportar mucho a las comunidades.

Sexilio muestra la lucha que adelanta Geraldine Gutiérrez por el reconocimiento de su identidad en la comunidad -la suya- de la que tuvo que exiliarse. Las narrativas, como el cine, permiten que, por ejemplo, su voz encuentre un espacio en el cual puede expresarse con dignidad y ser escuchada. En este sentido, siguiendo al filósofo Jacques Ranciere, lo estético es político en tanto diversas subjetividades encuentran un espacio para debatir y se logra la visibilidad que propone Muñoz en su apuesta por el cine.

Este cortometraje estaba programado para presentarse en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (Ficci) 2020. Ante la coyuntura que obligó la pandemia, Ysaí Muñoz denunció en Las 2 Orillas que la población indígena que había asistido al evento fue notificada para abandonar la ciudad de inmediato, a diferencia de otros invitados. Para esta entrevista, Muñoz expuso que por parte del Ficci hubo una disculpa en privado con una de sus compañeras indígenas, pero hasta la fecha no ha habido ninguna manifestación en público.

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